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Cuestiones de América

 

Entre niños y piedras

María de Lourdes Martínez González *

 

Susuapan, Michoacán.— En la zona desértica de este municipio, las mujeres se encuentran como las tierras: semiabandonadas por los hombres que se van a trabajar a Estados Unidos.

A diferencia del terruño (que es piedra sobre piedra), las hembras hacen gala de su fertilidad: procrean entre 5 y 10 hijos. La tierra, en cambio, sólo produce maíz en la escasa temporada de lluvias y la planta es enana por falta de agua. Es poco el alimento que da.

Por esta razón los hombres emigran. Dejan a sus mujeres a cargo de la casa, de la parcela y —cuando lo tienen— del ganado. Se van por uno o dos años. Vuelven, esporádicamente, a cultivar y a crear descendencia.

La cabecera municipal de Susuapan es la puerta a un desierto de ecos rulfianos, a un territorio en el que sólo se ve tierra seca, piedras, y la sierra cubierta de ramas y arbustos espinados sin hojas, a temperaturas de hasta 40 grados.

En este mes se escucha, sin embargo, un ruido esperanzador de chicharras —insectos que zumban igual que un cable de alta tensión— y que los lugareños aseguran que llaman al agua... pero no llueve ni hay nubes en el firmamento. Únicamente se forma una bruma y el calor es intenso hasta las 8 de la noche, hora en que todavía hay luz del día. En la zona del desierto de este municipio hay nueve comunidades que se ubican entre la serranía a lo largo de un camino de 100 kilómetros, en el que sólo pueden andar camionetas a una velocidad de 20 kilómetros por hora. El denominador común es el clima seco y la falta de agua. Dicen que por aquí pasó el independentista Vicente Guerrero y le dio el nombre de Susuapan, que quiere decir “lugar de alacranes”, pero nadie sabe por qué sus antepasados se asentaron en un sitio tan hostil para la vida humana. En rancherías como El Tremecino los pozos ya no dan agua y el río queda a 10 kilómetros de distancia.

Esperando al marido

En el Tremecino el 25 % de las madres de familia se quedaron solas con sus hijos en espera del marido que podría regresar en uno, dos o más años, si bien les va. Mientras tanto la mayoría depende del gasto que les mandan del norte en cantidades que oscilan entre 100 y 600 dólares mensuales.

También se dan casos, muy pocos, de mujeres que se quedan en total abandono y que por lo tanto deben sortearse la vida trabajando como hombre y afrontando los problemas como jefas de la casa.

Según un censo que realizó en febrero pasado la presidencia local del DIF en coordinación con los médicos de salubridad, para el reparto de despensas, del total de 180 madres de familia, 45 están solas por el fenómeno migratorio y, de ellas tres quedaron en total desamparo por la irresponsabilidad del padre de familia que encontró un nuevo amor o profundizó su alcoholismo en el otro lado. Teresa Claudio conoció a su marido hace 16 años en la Ciudad de México donde ambos trabajaban en el servicio doméstico. Él es de Oaxaca, por amor aceptó ir a vivir con su pareja en el desierto. Cuando su primer hijo ya había nacido (hacia 1989), él se fue por primera vez al norte a trabajar de cocinero y desde entonces “tengo que ser padre y madre al mismo tiempo”. Ahora ya tienen 4 hijos más.

Ella se considera afortunada porque su marido es muy bueno, responsable y le dice que vale tanto como él. Le manda 300 dólares a la quincena, con lo que “hemos visto el progreso, las casas antes eran de adobe, de carrizo y de palma, ahora tenemos comodidades, comemos mejor, mis hijos no están descalzos y mi hijo va al CEBETA”, aunque la parcela de su propiedad está abandonada.

Para llegar a la comunidad más cercana del desierto de Susuapan, El Tremecino, hay que transitar por un cordillera despoblada de 11 kilómetros lineales, en los que ni siquiera se dan los cactus, puros huizaches pelones, como dicen por acá.

La primera vista de la comunidad refleja una pobreza extraña: las casas son de concreto y algunas son construcciones modernas, con antena parabólica. Muchos tienen camionetas importadas —en buen estado pero de modelos pasados— aunque todo eso se lo deben a los dólares que ganan los maridos e hijos que tienen trabajo en Tucson y Chicago, como lavaplatos, cocineros o jornaleros. Los caballos para el transporte casi se han extinguido. Pese a los progresos aparentes, sus habitantes no parecen muy bien alimentados, la educación rara vez supera el nivel secundaria, los jóvenes se casan o juntan con sus parejas desde los 14 años, los programas de planificación familiar han tenido nulo impacto, el lenguaje es pobre, la cultura sobre sus orígenes no existe... “Aquí nos tocó... Como dicen, a donde vamos que más valgamos”. El alcoholismo en los hombres que se mantienen en la región es marcado. La primera casa de la comunidad es de alguien que nunca se ha ido a Estados Unidos, está hecha con adobe y se ve casi derruida. La habitan un viejo de cabeza cana con sus siete hijos —todos menores de edad, algunos descalzos y sin calzones— y su joven mujer, que casi no habla, a los que mantiene con una tiendita que les da para sobrevivir.

Al recordar a esta familia de su pueblo, Teresa Claudio piensa que por eso está mejor sola, porque si tuviera a su marido en casa no habría manera de cubrir las necesidades de ella y de su familia, pues no hay agua, la que utilizan llega cada tercer día y la traen por bombeo desde un río que está a tres horas de camino. Para la siembra ni siquiera es suficiente la lluvia. Esa es la misma realidad de Cecilia, de Mariana, de Raquel, de Flora, de Micaela, de Epifania...

A Rosa Claudio le tocó vivir la historia del abandono de su esposo. Tenía 4 hijos cuando su marido emigró a Tucson. Esperaba que le mandara un gasto que nunca llegó, porque el hombre se dedicó a la borrachera y encontró otra mujer. Entonces se alquiló como peona (jornalera). Cada martes, jueves y sábado se contrataba por 70 pesos al día en la cosecha de guayaba, en los sembradíos que hay 20 kilómetros adelante hacia la zona menos árida, donde han podido llevar agua para riego.

Con el tiempo el mayor de sus hijos de 14 años se fue a Estados Unidos, igual que sus dos hijas. Rosa se fue quedando sola y finalmente se enamoró de otro hombre. Cuando el marido que la había abandonado, siete años antes, se enteró, porque sus amigos le decían: “Ya no te podemos decir compadre, porque mi comadre ya se buscó a otro”, regresó a reclamarle. “Me golpeó porque dijo que yo lo había puesto en la vergüenza de ya no tener compadres”. Ahora los hijos que emigraron la mantienen.

Maximiliano Espinoza Solórzano, hijo de la ex presidenta municipal Margarita Solórzano, a quien acompañó en toda su administración, explicó que esa es la variante contemporánea de la migración en Susupuato. Ya no se van solamente los maridos. Ahora los hijos en cuanto cumplen 14 ó 15 años abandonan la escuela y salen al norte instigados por los padres.

La deserción escolar es tan alta que en las cinco telesecundarias que hay en la región están inscritos no más de 100 alumnos, no obstante que la población juvenil es numerosa.

Recientemente también se empiezan a ir al norte las mujeres. Según los datos de Maximiliano Espinoza, de cada 10 migrantes tres son mujeres, “porque a veces no hay agua ni para bañarse, menos para sembrar o para los animales”. Lo paradójico es que a 60 kilómetros hay una presa que fue de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro y ahora es administrada por el Plan Cutzamala... El agua no es para ellos, es para la Ciudad de México. Aunque en los guayabales sí se la roban desde hace cinco años.

En el corte de guayaba se emplean principalmente mujeres, abandonadas, solas o solteras, que se ganan 70 pesos trabajando de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Este producto ha sido un alivio desde que a alguien se le ocurrió tomar clandestinamente el agua y sembrar los arbustos. Ahora hay guayabales en la zona menos adversa de Susupuato. Aunque los acaparadores pagan sólo 2 pesos por kilo del fruto y lo revenden en la central de abastos de México a 8 ó 10 pesos, es una alternativa de trabajo para estas mujeres, algunas de las cuales van a trabajar desde el desierto.

En el Salitre y El Naranjo

Adelante de El Tremecino, por el mismo camino de terracería y en camioneta, se encuentran las comunidades de El Salitre y El Naranjo. Son dos oasis, en donde se asentaron estas rancherías que cuentan con algunos árboles frondosos. Fuera de ellas el desierto es el mismo y más caluroso, salvo que se pueden vislumbrar algunos cactus, lagartijas y un poco de ganado.

En El Salitre, el índice de mujeres a cargo de sus hijos por migración del marido aumenta al 62 por ciento de las 45 familias que componen el poblado y que igualmente se reproducen por más de 5. Aquí hay 25 madres solas, de las cuales tres están abandonadas.

Patricia Torres, coordinadora del DIF en Susuapan, explicó que incluso para los enviados del gobierno que levantaron el censo fue muy difícil obtener datos fidedignos, porque las habitantes de estas rancherías piensan que si dicen la verdad no van a recibir despensas gratuitas. Pero advirtió que en estas comunidades las mujeres olvidadas por los hombres tienen el cobijo de sus padres y no trabajan como jornaleras por un sueldo, sino en los quehaceres del rancho, recogen leña, dan de comer a las vacas, ayudan a trabajar la tierra.

Herminda es una de ellas. A los 14 años se embarazó, dejó la secundaria y ahora carga en brazos a un niño de un año. Ella cuenta que su marido de 17 años de edad se fue a Chicago. A ella la dejó encargada con su tía, pero no recibe dinero desde hace un año. “Dicen que ya tiene a otra.”

En El Naranjo el censo todavía no se levanta, pero está señalada como una de las comunidades con mayor número de madres solas por migración de sus maridos. Aquí el progreso no se mide por la apariencia de las casas ni de las camionetas, es más, ni siquiera se ven autos por el camino ni en las casas y muchas personas tampoco conocen más allá de su comunidad porque un viaje a la cabecera municipal puede costarles hasta mil pesos.

Los dólares de los migrantes se invierten en ganado, en la producción de la tierra para obtener rastrojo y hay tendajones donde pueden comprar lo indispensable. Los hombres que están en Estados Unidos se mantienen pendientes de sus hogares, no hay mujeres abandonadas, aunque sí pasan periodos largos de soledad con sus hijos. Teódula Pérez Aguilar espera desde hace 2 años el regreso del hombre. Mientras tanto, con los 300 dólares que él envía cada trimestre, ella ha construído una casa de concreto con techo de asbesto.

Las palabras le salen con dificultad. Desconoce en qué trabaja su esposo, cuánto gana y cuándo regresará.

—¿No le ha preguntado?

—No y cuando le pregunto él me responde que para qué quiero saber. Yo aquí también trabajo, como si fuera hombre, cuido el ganado, preparo la tierra, siembro... Todo lo hacemos aquí las mujeres cuando nuestros esposos están fuera.

* Bucareli 8, El Universal, México, 6 de mayo de 2002.

 

 

Cuestiones de América Nº 9, Junio de 2002

 

 

 

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