Desafíos del
Proceso de Paz
Los Nuevos Pacifistas
Fernando
Estrada Gallego *
Cuando la guerra parece exclusivamente bélica, alcanza su máxima
intensidad política. Y cuando la política parece moderarla y ejercer todo su poder,
la basa política no es más importante que la batalla trucada que suscita.
Clausewitz
En uno de los más célebres escritos de Martin Luther King, Let Justice
Roll Down, sorprende encontrar como epílogo el siguiente texto: “Para tener
buenos soldados, una nación debe estar siempre en guerra”.
La cita escrita por el líder del movimiento de los derechos civiles y
pastor bautista, corresponde a Frederick Douglas, historiador de la Guerra
Civil Estadounidense. La madurez del movimiento de King había crecido con una
fuerza arrolladora entre 1963 y 1964. Las marchas de los negros y sus
manifestaciones tenían una acogida inigualable. Su organización, sus
estrategias pacifistas y sus discursos, ejercían notable influencia en el
propio corazón del pueblo norteamericano. El imperativo más sobresaliente, de
acuerdo con Luther King, era continuar la dinámica del cambio logrado durante
esos dos últimos años. La analogía del buen soldado resultaba entonces
pertinente para el predicador de Montgomery, estaba destacando la tenacidad y
el valor del negro.
Con notables excepciones, los movimientos pacifistas del tipo Mahatma
Gandhi o Luther King desaparecieron en las décadas siguientes. Durante el
comienzo de milenio, sin embargo, los movimientos pacifistas parecen reestablecer
su posición en condiciones de conflictos internos o guerras internacionales. En
el caso de las guerras civiles, o las guerras contra la sociedad civil
contemporáneas, las tareas del pacifismo incluyen la protección de campos de
refugiados, territorios de desplazamientos masivos, facilitación de
conversaciones entre bandos enemigos, intermediación para liberación de
secuestrados, etcétera. En países con guerras irregulares como Colombia, el
papel de los pacificadores comprende grandes riesgos y dificultades. Claro,
muchas diferencias van desde las circunstancias propias de la causa defendida
por King hasta nuestros problemas, pero podemos ensayar su recuerdo con estas
notas.
Hace tan sólo unos días la preocupación de muchos colombianos era cómo
prevenir una guerra de aniquilamiento total. La mediación de James Lemoyne,
representante del secretario de Naciones Unidas, junto con la diligente labor
de los embajadores amigos del proceso de paz, aplazó el riesgo mencionado. El
forcejeo con las Farc durante estas últimas semanas dieron paso a un cierto
equilibrio de tipo político. Pero vamos por partes.
Positivismo
de la paz
Después
del principio de acuerdo con las Farc, de la prórroga de la zona de distensión
y la consignación de un cronograma para avanzar sobre acuerdos sustantivos del
proceso de paz, la sensación es la de haber pasado de una guerra retórica a una
guerra de observación. Es lo nuevo. No se ha logrado la paz, pero nos hemos
alejado de daños irreparables. Una guerra de observación que convierte las
estrategias en el factor clave del proceso de paz. Ahora los resultados
concretos dependerán de la fuerza política que tomen las negociaciones.
Dos aspectos entrelazados han resultado críticos para dar con estos
resultados. El primero es la conciencia de una mayor destrucción sin los
diálogos. La dotación de mejores y más contundentes armas, de mayor logística
militar, tanto del ejército como la insurgencia, condicionaba males graves y
específicos a la población civil. El balance de la destrucción que le ha
causado la guerra al país resulta incomparable. Cualquier acuerdo en
condiciones como las que hemos tenido durante años, resulta siendo una ventaja.
Las esferas de la persuasión dialogada permiten, al menos, mantener algo de la
legitimidad y el orden que requiere la vida en común. No así para quienes han
oficiado como sirenas de la guerra. Estos imaginaron una lucha abierta y total,
sin concesiones. Con el apoyo de los recursos del Plan Colombia veríamos por
fin operaciones de asalto contra todos los frentes de la insurgencia. Un
Apocalipsis. Un soldado de la patria viajando hacia la zona del despeje, soñaba
que ingresando al Caguán obtendría como trofeo la toalla de Tirofijo. Nada más
iluso. En la guerra real contamos por miles los colombianos que han muerto,
miles los colombianos desplazados y miles quienes apenas sobreviven.
El segundo aspecto relevante es la globalización de las negociaciones de
paz. Es evidente, ahora, la fuerza política de los voceros internacionales y su
contribución efectiva para un ordenamiento y regulación de los diálogos. Un
problema central, más bien de tipo teórico, será cómo incidirán en la
formulación pragmática de los acuerdos sustantivos. Es cierto que tanto la
guerrilla como el gobierno han ofrecido resultados anacrónicos frente a los
problemas de mayor peso durante estos tres años. Estiman que, sin un tercer
actor, el proceso estaría muerto. Otra mirada puede, sin embargo, fomentar el
escepticismo. La participación internacional será débil en cualquier caso. La insurgencia
ganará tiempo, el Estado también, con lo cual lo único que se obtendría sería
una trasformación en las modalidades del conflicto. Creo por mi parte, que los
cambios en el proceso estarán limitados por la suma de aquello que Chucho
Bejarano llamaba “hechos de paz”, junto con los cambios que se sigan dando al
interior de las fuerzas armadas y la dinámica de la confrontación en los meses
que siguen.
Militarismo
En
las nuevas condiciones lo que preocupa es el desbordamiento de la dimensión
militar. Nos referimos aquí a los excesivos niveles de gasto que el gobierno
siga destinando al ejército, el fin de los recursos del Plan Colombia y la
participación sibilina de los Estados Unidos. Las Farc no suspenderán
entretanto su ofensiva contra los municipios, los ataques a la infraestructura
económica y la avanzada de sus frentes de guerra. Expresado en el lenguaje
clásico del general Clausewitz, los contendores no reducirán sus esfuerzos por
mantener a raya al enemigo mediante el empleo de las armas. Con lo que las
tropas del ejército y los cuadros insurgentes intentarán mantener el supuesto
equilibrio de poder (lo que para la población civil podría ser un equilibrio de
terror).
En el escenario de las nuevas guerras (Mary Kaldor) resulta fundamental
distinguir los grupos en armas que han surgido en el mundo de la post-guerra
fría, sólo algunos de estos parecen corresponder al militarismo tradicional,
ejércitos regulares bajo control y dirección estatal e interestatal. Se pueden
identificar cuatro tipos distintos de fuerzas irregulares, a la manera de los
tipos ideales weberianos. Las acciones de estos grupos en armas responden a muy
diversos factores históricos, a diferentes motivos de lucha y a distintos
ideales de sociedad. En nuestro caso, aunque con diferenciados intereses, se
podría notar cómo ha ido tomando fuerza un solapamiento entre estas fuerzas
irregulares. La clave es poder analizar esquemáticamente aquello que está
sucediendo en el terreno del conflicto para ofrecer alternativas a fin de poder
controlar o limitar los instrumentos de la guerra. Se requiere también darle
más contundencia a los esfuerzos de la sociedad civil, los nuevos
pacificadores, llevando a cabo un renovado programa de participación ciudadana
con un poder más decisorio en la mesa de negociaciones.
Otra
vez Clausewitz
Una
derrota militar del enemigo sigue siendo el sueño para acabar con la guerra e
imponer nuevas condiciones políticas. Sueño que se vuelve pesadilla en la vida real.
Con todo, el manejo de estas posibilidades acusa la generación de mayores
daños, más muertos y menos claridad de lograr una salida negociada. La vía
militarista responde, además, a una dinámica de argumentos y contraargumentos,
a un clima favorable para cada una de las partes, a estratagemas en el manejo
de la opinión. Se adopta una actitud extrema, una ideología más radical,
maniquea. Se promueve un patriotismo rococó. En esta fase los grupos en armas
entran en alianzas definitivamente ilegales, verdaderos gendarmes de la guerra
que desarrollarán las tareas sucias, matones, incremento de los grupos
paramilitares.
En la otra orilla, el ejército regular vigilará por el máximo
aprovechamiento de una opinión pública favorable, el deterioro de imagen del contrincante,
sus logros en el campo de batalla. Serán argumentos para reclamar un aumento en
el gasto militar. El deterioro de las negociaciones y la creciente desconfianza
del común de los ciudadanos en el proceso, contribuirá a presionar una
reevaluación sobre la importancia relativa de favorecer una intervención más
directa de los Estados Unidos. La onda de expansión militar puede crecer en la
medida en que el conflicto sobrepase los intereses de países vecinos. Lo
cierto, desde la ayuda concedida a través del Plan Colombia, los gobiernos de
la región han dispuesto una mayor vigilancia fronteriza. Por no mencionar con
detalle todos los ingredientes que tiene en este escenario de conflictos, el
contrabando de drogas, armas, etcétera.
El tipo de guerra que veremos durante esta fase de la contienda
militarista, será una guerra intra e interestatal, limitada por fuerzas
irregulares contrainsurgentes. Una guerra que responderá al modelo clásico
Clausewitziano. Habrá interés de muchos oficiales y suboficiales en una
avanzada contrainsurgente para restarle fuerza y poder a las Farc. En sentido
contrario, las Farc seguirán arriesgando o apostando la alternativa de ganar
militarmente, sometiendo al gobierno y a las instituciones a unos costos muy
altos. En ambos casos, las tácticas militares arrojarán a cientos de
colombianos al éxodo del desplazamiento. La operación “limpieza” entrará en
auge. Precisamente el impacto de la guerra en la población civil, será uno de
los efectos, debido a la creciente destructitividad del tipo de armas que se
implemente. Con la consecuente dificultad de superar posiciones defensivas. El
incremento de una militarización del conflicto colombiano generará nuevos
ciclos de violencia cada vez más irreversibles. En toda guerra, vencer definitivamente
a un enemigo armado resulta casi imposible.
Lo que va a imperar estratégicamente no será el dominio territorial,
sino el poder de los medios políticos, habrá presión armada y acciones
violentas con tal propósito. Para quienes aún creen en una victoria militar
definitiva sobre el enemigo, un mayor incremento en el gasto de defensa será
una prioridad inaplazable. La consecuencia: un mayor involucramiento de menores
y jóvenes adolescentes en la guerra.
Los
nuevos pacifistas
Durante
este tiempo se ha logrado detener un movimiento de extremos, de polarización
militar entre las Farc y el ejército. Es posible estimar un relativo
equilibrio, pero sin cese del fuego y hostilidades. Mantenemos el fragor de la
guerra con calendario acordado para lograr cambios de fondo. Pero no más. En la
práctica, claro, contar el número de combatientes en cada bando, no parece
relevante para hablar de equilibrio, es probable que una sola acción logre
causar un daño total en el enemigo. Con todo, medir supuesto equilibrio de
poder se refiere a la noción de una guerra ideal no ganable. Quienes siempre la
llevan perdida son los ciudadanos comunes, la población civil. El sufrimiento
de personas no directamente involucradas con las partes. Este es el eslabón más
débil en la cadena de violencias que genera la guerra y el desafío más
contundente para las tareas de los nuevos pacificadores. Parte de la
responsabilidad de la nueva sociedad civil, en esta perspectiva, tiene que
estar directamente relacionada con los modos de controlar la escalada del
conflicto. Una demanda sobre el cese al fuego y hostilidades, puede ser un
logro de inmensa envergadura.
Los nuevos pacifistas deben tomar en serio una responsabilidad
ineludible, se trata de lograr un acercamiento humanitario entre las partes,
que proscriba el empleo de la violencia y reestructure la legitimidad, es
decir, que fortalezca un Estado de Derecho para todos. Que se proscriban
también las minas quibrapatas que causan un daño indistinto a combatientes y
civiles. La consecución de acuerdos de paz concretos debería ir paralela a la
entrada en vigor del Derecho Internacional Humanitario, con un equipo entrenado
para su implementación.
En 1965, Martin Luther King revelaba el descubrimiento de una fuerza
superior a las atrocidades y la violencia. Refiriéndose a los años de
sufrimiento y paciencia de los negros estadounidenses, escribió: “Cada logro
nuestro, ha sido la culminación de largos años de dolor y agonía. El nuevo voto
del negro nos ilustra mejor este punto. Silenciosamente, sin el estruendo de
las trompetas, sin ejércitos marchando para excitar el espíritu, miles de
negros pacientes y perseverantes trabajaron día y noche, agregando uno y otro
nombre en los libros de registro. Finalmente, el 7 de noviembre, en una
confrontación electoral decisiva para su existencia, los negros desplegaron
todo el poder que habían acumulado durante mucho tiempo. Al día siguiente cada
analista político supo que un electorado maduro y permanente de negros había
surgido. Una fuerza política poderosamente unificada había nacido”.
En Colombia un acercamiento humanitario del conflicto armado, por
supuesto, tendrá que hacer parte de un proyecto político más amplio. En una
guerra en la que se ha demostrado la imposibilidad de una victoria militar
absoluta, la alternativa política es extraordinariamente fundamental. Un modelo
político alternativo, basado en la concepción de una justicia social global,
será tal vez la única manera de renovar un contrato social y político
desgastado.
Los nuevos pacifistas comparten con Luther King una increíble utopía.
Por desgracia, para el caso colombiano, el acercamiento humanitario será visto
retrospectivamente como una breve expresión de buena voluntad que las partes en
contienda concederán una vez logren ventajas en el terreno de la guerra.
Estamos al borde de un experimento de acuerdos definitivos, con fechas, ojalá
sin graves sobresaltos durante los meses que siguen. Tarde o temprano, la
imposibilidad de ganar la guerra se hará evidente, razón por la cual tendremos que
mantener un acercamiento humanitario siempre vigente. Si no se resuelve por fin
el conflicto armado, al menos habremos ofrecido alguna esperanza a quienes se
encuentran en medio del abismo.
* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos Escuela de
Filosofía, UIS, Bucaramanga. Colombia Analítica,
22 de enero de 2002.
Cuestiones de América
Nº 7, Noviembre de 2001
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