La Presencia Indígena en Guadalajara

                                             Los Vendedores de la Plaza Tapatía 1                 

Regina Martínez Casas

Programa de Doctorado en Ciencias Antropológicas

Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

 

Esos del gobierno no quieren que vendamos, no quieren que pidamos, no quieren que ni nos veamos...

Romualdo, indígena otomí.

 

1. Introducción

Los indígenas han sido parte de Guadalajara desde su fundación en el siglo XVI e incluso han contribuído a la lógica de la organización espacial de la ciudad desde entonces. Sin embargo, actualmente la segunda ciudad del país se  ve a sí misma como una ciudad mestiza en la cual los indígenas son solamente parte de su pasado glorioso, de la misma manera como en gran parte del discurso nacional se plantea algo semejante. El presente trabajo busca considerar algunos aspectos de la presencia de indígenas de reciente migración en la ciudad quienes han encontrado como medio de subsistencia la venta de artesanías en la Plaza Tapatía, frente al Hospicio Cabañas, o bien se desempeñan como vendedores ambulantes en otros sitios de esta ciudad. Así mismo, busca dar cuenta del tipo de relaciones que han establecido con las autoridades estatales y municipales con las cuales se ven obligados a negociar.

El tema indígena no es novedad, al contrario, cada día se vuelve más y más recurrente no sólo en las discusiones de los científicos sociales, sino, también en los medios masivos de comunicación y hasta en las conversaciones casuales. Chiapas trajo al primer plano nacional las diversas problemáticas involucradas en la tortuosa relación de las etnias con la sociedad nacional.  Sin embargo, los indígenas no se encuentran circunscritos a las comunidades rurales tradicionales –muchas de ellas descritas por la antropología–ahora están por todo el país y viven en las grandes ciudades como vecinos nuestros.  El XI Censo realizado por el INEGI en 1990 reporta que el 8 por ciento de la población hablante de alguna lengua indígena se ubica en las áreas urbanas del Distrito Federal y el Estado de México. En Jalisco, la mitad de la población indígena del estado 2, reside en el área metropolitana de Guadalajara.

Es muy probable que las cifras sólo registren a una fracción de los indígenas urbanos, ya que es frecuente que –sobre todo los hombres– no reporten ser hablantes de alguna lengua diferente al español, y éste es el único criterio del INEGI para determinar la afiliación étnica.  Pero aún si se tomaran en cuenta a quienes no mencionaron hablar una lengua indígena, las cifras no dirían gran cosa. Unos cuantos millones de mexicanos representan un pequeño porcentaje del total nacional y, considerando únicamente los números, resulta obvio el porqué son desatendidos en el discurso oficial. En Guadalajara la casi total ausencia de investigaciones sobre migración indígena a la ciudad 3 no es más que un reflejo de la calidad invisible de esta población en una urbe que se concibe a sí misma como “criolla, decente y católica” 4.

La presencia indígena en las ciudades es una realidad de la que conocemos poco. La mayor parte de los estudios sobre este fenómeno han abordado la problemática desde una perspectiva de filiación por paisanazgo (ver Besserer, 1997; Mora, 1994; Hirabashi, 1984). Sin embargo, la problemática cultural y lingüística a la que se enfrenta la migración indígena es todavía poco comprendida por las Ciencias Sociales. La contradicción que significa para la sociedad nacional –mestiza por definición– la coexistencia con la cultura indígena y viceversa, es un fértil campo de investigación para la antropología. Resulta contradictorio pugnar por nuevas condiciones legales para las comunidades indígenas en México, cuando poco sabemos de los procesos sociales que están presentes cuando se presentan fenómenos de conflicto cultural y de discriminación en quienes  mudan su lugar de residencia. Conocer la real situación de un importante porcentaje de los miembros de las diversas etnias en nuestro país es una buena manera de darles voz a quienes han sido tradicionalmente ignorados por el Estado y la sociedad no-indígena. México fué el segundo país del mundo en incluir en su Constitución las conclusiones de la Resolución 169 de la OIT sobre derechos y cultura indígenas, en la cual se les otorga a los grupos étnicos la posibilidad de educar a sus hijos en su lengua y con los valores y creencias de su propia cultura. Pero ¿cómo instrumentar estos programas si ignoramos la manera en que los grupos indígenas se organizan actualmente? La historia de los continuos des encuentros entre la sociedad mestiza y la indígena, con su fuerte carga de discriminación de la primera hacia la segunda  –donde el caso del Chiapas es sólo una muestra– es la mejor evidencia al respecto.

2. Información estadística

Según el XI Censo General de Población y Vivienda realizado en 1990, el estado de Jalisco tiene una población hablante de lengua indígena que corresponde al 0.5% de su población,  ubicándose de esta manera como una de las entidades federativas con menor porcentaje, ya que la media nacional es de 7.5%. La mitad  de la población indígena se encuentra en los municipios de Mezquitic y Bolaños y es hablante de huichol, mientras que el resto se localiza en los municipios conurbados de la Zona Metropolitana de Guadalajara y es hablante de nahuatl, mixteco, purépecha y otomí. De esta población no huichola, el 70% no nació en Jalisco y su tasa de crecimiento es superior al 10% anual, muy por encima del 2.6% de crecimiento de la población indígena a nivel nacional 5.

El ingreso promedio de la población indígena del estado corresponde a menos de dos salarios mínimos por familia y entre los grupos que habitan en la Ciudad de Guadalajara, el promedio de ingreso es todavía mas bajo que entre los campesinos de la sierra huichola. Sin embargo, el municipio jaliciense con un mayor porcentaje de viviendas particulares con habitantes indígenas es el municipio de Guadalajara (24.4%), seguido de Zapopan (13.8%) y Tlaquepaque (7.1%), lo que indica que éstos municipios están dotados de mayor cantidad de servicios que los municipios serranos, ya que las cifras mencionadas se mantienen en los rubros de electrificación, agua potable y servicios sanitarios.

Tabla 1

3. La ciudad y sus indígenas: un poco de historia.

En otro orden de ideas, la Ciudad de Guadalajara es uno de los destinos preferidos de la migración, no sólo nacional, sino extranjera 6. Pero, tradicionalmente, como ya antes lo dijimos, Guadalajara se ha concebido a sí misma, como un universo de criollos católicos y de buena posición económica (Avila Palafox, 1993) nacidos en la propia ciudad. El estereotipo de la belleza tapatía de grandes ojos verdes, piel blanca y cabello oscuro, largo y abundante le ha dado la vuelta al mundo al son del “Jarabe Tapatío”.

La fundación (por cuarta ocasión) de la ciudad en el Valle de Atemajac, a orillas del río de San Juan de Dios, se hizo cuidando, desde sus inicios, los criterios de inclusión de sus habitantes. Así Avila Palafox (ibid:27) dice al respecto:

Me parece que las sesenta y tres familias españolas que se instalaron a orillas del río San Juan, concibieron su ciudad como entidad cerrada, como la “Ciudad de Dios” de San Agustín, para evitar la entrada de impurezas externas. En aquella ciudad “inmaculada” no se admitían formalmente ni a los indios ni a los negros....Campechana y “cueronamente” apareció en la ciudad inmaculada, fundada por los españoles, un mestizaje indiscutible pero irreconocido, que no afectó –quizá se pensó– la condición de “pureza” y “tranquilidad paradisíaca” de la hoy “ciudad amable”. Creo que esta idea del aislamiento paradisiaco y de pureza inmaculada en la “Guadalajara-Ciudad-de-Dios”, se instaló en el imaginario de sus habitantes –fundamentalmente entre sus élites– constituyéndose en uno de sus distintivos culturales más sólidos e inconfesados, sobre todo porque se halla en el ámbito de la imaginería. Pienso también que en ese mismo  terreno del imaginario social se arraigó otra idea que ha escamoteado al tiempo y llega hasta nuestros días: como los habitantes de esta ciudad viven imaginariamente cercados por las murallas de una “ciudad divina”, lo que sucede extra-muros no les interesa en absoluto.

Quizá por eso un marcador como “La Calzada”, una avenida que divide a la ciudad de oriente a poniente, permite distinguir cual es la zona de la ciudad digna de ser habitada por los “verdaderos tapatíos” (De la Torre, 1998) 7. Guadalajara no solamente niega su pasado indígena,  sino que ha excluído toda posibilidad de su presencia en sus calles 8. Es legendario el desprecio de los tapatíos por quienes migran de la Ciudad de México a su ciudad, entre otros argumentos, por el color moreno de piel y sus “pelos parados”.

Según Anderson (1983) Guadalajara siempre ha sido una ciudad de migrantes con fuerte presencia indígena. Los tradicionales barrios de Analco, Mexicaltzingo y Mezquitán eran fundamentalmente indígenas, pero había también población de “castas” en el centro de la ciudad en el primer distrito. En el censo de 1821 casi el 38% de los Jefes de Unidad Doméstica fueron registrados como indígenas, tanto nacidos en la ciudad, como migrantes 9. Actualmente, según de la Peña (1998), en las afueras de la ciudad sobrevive una identidad indígena latente que  se pone de manifiesto –entre otras celebraciones– en la fiesta de “los Tastoanes”, en donde, en una especie de carnaval, se pueden manifestar las raíces culturales de la región al conmemorar la batalla de los cazcanes 10. Así pues, la presencia indígena y de migrantes ha sido una constante en la historia de la ciudad, lo que hace todavía más sorprendente la resistencia de una parte de la población a reconocer dichos fenómenos en los albores del siglo XXI.

Actualmente la zona metropolitana de Guadalajara  es –como pocos espacios geográficos del país– concentradora de población, actividades políticas, administrativas, económicas y sociales, en la medida que atrae capitales y población de una amplia zona del occidente y de otras regiones de la república y de fuera de nuestras fronteras nacionales 11. Se ha hablado y escrito sobre “el éxodo rural en el occidente de México”; por ejemplo, Arroyo, Winnie y Velázquez (1986) detectan tal movimiento en varias encuestas relativas a migrantes residentes en ciudades como Guadalajara y en otras ciudades menores de Jalisco. La atracción migratoria de Guadalajara se ha debido a su rápido desarrollo industrial, comercial y de servicios, lo cual ha permitido también un fuerte crecimiento de las actividades informales en la llamada economía subterránea o paralela, en donde migrantes y no migrantes crean empresas, para emplearse  ellos mismos y, posteriormente, dar empleos a sus amistades, parientes o prole, quienes coadyuvarán a mantener una vida urbana  mejor que en sus lugares de origen (Arroyo,1986).

Ahora bien, la migración indígena presenta particularidades en cuanto a su organización social que la hacen peculiar aún dentro de una ciudad que –aunque lo niegue– tiene una vocación de receptora de migración. A continuación, presentaré dos casos de organizaciones –no recocidamente formales– de vendedores indígenas que han creado sus propios nichos comerciales y han establecido formas variadas de negociación con las diferentes instancias gubernamentales con las que tienen interacción: Se trata de los artesanos y los vendedores de frituras.

4. Los artesanos de la Plaza Tapatía

Los diferentes grupos indígenas que habitan en la ciudad de Guadalajara han establecido patrones ocupacionales más o menos diferenciados. Eso no quiere decir que necesariamente el pertenecer a alguna etnia condicione alguna ocupación específica,  sin embargo, se pueden establecer ciertas tendencias asociadas además a las redes de migrantes de cada grupo.

Entre los nahuas, encontramos que aquellos provenientes del estado de Hidalgo se ocupan primordialmente en esa parte del sector de servicios en la que no se les proporciona el acceso a los sistemas de seguridad social. Las mujeres son empleadas domésticas en las colonias residenciales del sur y el poniente de la ciudad y los hombres  trabajan como peones en la industria de la construcción. Los nahuas de Guerrero se  dedican más a la venta ambulante tanto de artesanías, como –sobre todo– de  mercancía “de ocasión” en los cruceros de las avenidas más céntricas.

Los purépechas provenientes de Michoacán trabajan en la elaboración y comercialización de muebles de pino que llevan de puerta en puerta o en algunas glorietas de zonas residenciales, así como en los tianguis. Los zapotecos suelen tener un nivel de escolaridad tal que les permite emplearse como dependientes en comercios pequeños y como burócratas en puestos de poca responsabilidad. Los mixtecos  se ven obligados a manejar un espectro más amplio de posibilidades laborales tanto en la industria de la construcción como en otros sectores, igualmente eventuales, como maquilas no especializadas y el comercio en la vía pública, pues poseen los niveles de analfabetismo más alto de todos los migrantes hablantes de lenguas indígenas en Jalisco.

Los huicholes mantienen un patrón de migración muy estacional y frecuentemente migran únicamente los jefes de familia para comercializar artesanías durante la temporada del año en la que su permanencia en las zonas de cultivo no es necesaria. Por último, los otomíes provenientes de Querétaro se dedican a la fabricación y comercialización ambulante de frituras y en menor medida a la elaboración y venta de artesanías.

Como se aprecia, varios de estos grupos étnicos elaboran y comercializan artesanías y el centro histórico de la ciudad ha sido desde al menos hace 10 años un lugar elegido para sus ventas por su importante afluencia de turismo local, nacional y extranjero. Hace al menos 8 años se instalaron los primeros puestos de venta de artesanías en el Callejón del Diablo, una cuadra detrás del teatro Degollado. Los primeros artesanos fueron huicholes y otomíes de Querétaro. Establecieron una cooperativa 12 que presentó un frente común ante las autoridades municipales de mercados y obtuvieron los primeros permisos verbales para vender, siempre y cuando no utilizaran estructuras permanentes para la construcción de los puestos. El liderazgo fué asumido por un grupo de huicholes bajo el argumento que el municipio los prefería por ser ellos originarios de la propia entidad y no “venidos” de otros estados.

Cuadro 1

Con el tiempo, la cooperativa empezó a comercializar productos no elaborados por ellos mismos  e inició así mismo el cobro de cuotas para el derecho de venta. Se podía elegir entre un pago diario de $ 10.00 o la venta de $ 250.00 semanales de mercancía propiedad de la cooperativa. Esto dió lugar a que algunos de los miembros de la cooperativa decidieran establecerse por su cuenta. Con la asesoría de una Asociación Civil de otomíes radicados en el Distrito Federal, la Asociación Nacional de Artesanos Urbanos de la República Mexicana, se organizaron para solicitar los permisos de venta.  Así, la Asociación antes mencionada les proporcionó  un reglamento y les ayudó a realizar gestiones ante las autoridades de mercados del municipio de Guadalajara hace 7 años 13.

Las condiciones para ser miembro de la Asociación es la de comercializar únicamente mercancía elaborada por los propios artesanos y preferentemente, en el propio sitio de venta. Manejan cuotas mensuales para un fondo que denominan “solidario” para ayudarse en caso de enfermedad, accidente o robo de su mercancía. Para el goce de este beneficio se requiere ser  miembro activo de la Asociación. Actualmente cuentan con un padrón de 75 miembros de los cuales la mitad asiste regularmente a colocar su puesto de venta en la parte sur de la Plaza Tapatía conocida como Los Murales.

La asistencia a los puestos obedece a una dinámica de rotación que responde, entre otras variables, a los patrones migratorios diferenciados y a la incorporación de nuevos miembros de las familias a la actividad de elaboración y venta de artesanías. Actualmente los líderes, que se denominan a sí mismo “comisionados” son un otomí del grupo original, desertor de los vendedores del Callejón del Diablo y un huichol que sólo tiene un par de años en la ciudad y en la Asociación. De los 75 miembros de esta última, el 80% son indígenas, pero quienes suelen ser más constantes para colocar sus puestos son artesanos no-indígenas, casi todos originarios de Guadalajara. En la Asociación actualmente hay miembros de los grupos nahuatl, mixteco, otomí, huichol, mazahua y tzeltal. Estas dos últimas etnias de muy reciente incorporación.

Del grupo que se estableció originalmente en el Callejón del Diablo, actualmente existen cuatro puntos de venta: Colón, Escuela de Música, Callejón del Diablo y la mitad norte de la zona de Los Murales en la Plaza Tapatía. Ultimamente consiguieron permiso de las autoridades municipales para ubicar, para la venta,  estructuras de madera parecidas a carritos y han aumentado la mercancía expendida, comercializando una gran cantidad de textiles provenientes de Chiapas y Guatemala.  Ahora, este grupo se concibe a sí mismo más como de comerciantes que como de artesanos, mientras que en la mitad sur de Los Murales se mantiene el requisito de ser fabricantes de su propia mercancía.

La vida cotidiana de estos artesanos en la Plaza Tapatía incluye no sólo su actividad comercial, sino toda una compleja gama de actividades de socialización. Por lo menos la mitad de los artesanos son madres de familia y/o familias enteras que coordinan sus labores de fabricación y venta de sus artesanías. A los más pequeñitos se les permite jugar alrededor de los puestos y es frecuente ver grandes grupos multiétnicos de niños menores de 8 años con alguna niña mayorcita encargada de todo el grupo. A partir de los siete u ocho años, tanto niños como niñas empiezan a colaborar con la elaboración y venta de las mercancías. Incluso la mayor parte de los niños asiste por la tarde a una escuela cercana a la Plaza Tapatía con la finalidad de ayudar a sus padres durante la mañana, aunque en no pocos casos, la escuela pasa a segundo término, pues es prioritario que cooperen con toda la familia para garantizar el sustento.

Es importante mencionar que este patrón de socialización laboral es exclusivo de la población indígena, ya que el resto de los artesanos trabajan solos o cuando mucho en pareja. En cambio, entre los nahuas, huicholes y otomíes es frecuente que un mismo puesto sea atendido hasta por seis parientes. Además, varios de los puestos son atendidos por personas emparentadas entre sí como cuñados o suegra y yerno. Incluso, varios de los matrimonios recientes de estos artesanos se han generado a partir de las relaciones que se establecen entre ellos, aunque es importante mencionar que dichos matrimonios suelen mantenerse dentro de las márgenes de cada grupo étnico.

Cada uno de los colectivos ha establecido estrategias de control social para normar su buen funcionamiento. El colectivo del Callejón del Diablo castiga con multas o con prohibiciones de venta  a los faltistas o a quienes no cubren la cuota acordada. Tiene reuniones quincenales en las que se comisiona a diferentes personas para la supervisión de los precios, la limpieza de los lugares de venta y la asistencia. Los artesanos de la Asociación que vende en Los Murales mantiene un patrón de reuniones de menor periodicidad, pero una mayor comunicación entre sus miembros por estar todos concentrados en la misma zona de venta. Entre ellos son siempre los dos “comisionados” quienes supervisan el cumplimiento del reglamento y la cordial convivencia, así como el trato honrado a los clientes. Es motivo de suspensión temporal o definitiva del grupo el engañar a algún comprador o entrar en conflicto con los compañeros artesanos o sus familias.

La diferencia entre nosotros (de la Asociación) y los del callejón es que aquí semos más libres y auténticos. Semos artesanos de veras. Los otros son negociantes nomás, como comerciantes. Pero estamos todos metidos en esto y nunca sabemos que será después. Yo le digo al compañero que busquemos en otro lado, pero él dice que aquí estamos bien mientras los de Mercados nos dejen. No le hace que no tengamos papeles. Lo malo es que prefieren a los otros y nosotros somos los artesanos auténticos.

Olegario, artesano huichol

En general ambos grupos mencionan tener relaciones armoniosas tanto con los inspectores como con la policía y procuran evitar incidentes con los representantes del ayuntamiento que los supervisan. Dicen que no es frecuente que les obliguen a hacer algún pago, salvo en las Fiestas Patrias y en la conmemoración de la Virgen de Zapopan cuando les autorizan la venta en la Plaza de la Liberación siempre y cuando cubran el costo de permisos provisionales. Sin embargo es importante mencionar que, actualmente con las autoridades de origen panista los permisos los negocian a título individual y ya no de manera colectiva lo que les ha dado una mayor representatividad a la Asociación que al colectivo de la cooperativa que mantiene un sistema de organización lidereado por un miembro del PRI.

5 Otra forma de organización indígena: el caso de “los huicholitos”

Ahí en San Pedro (Tlaquepaque) y duró mucho casi duramos mucho en vender allá y luego nos venimos pa'cá (a la Plaza Tapatía) pero también era igual si te alcanzaban te quitaban la canasta, te quitaban tus canastas. Vendíamos papas también, si te alcanzaban si lo, si lo (a)marrabas tu canasta con el rebozo, venían y te lo mochaban si no te fijabas o si te lo amarrabas con cadena también traían sus pinzas, te los cortaban. Si no, agarraban petroleo y le echaban a todas las papas, te los quitaban y les echaban y pus ya no servían de vender.

Rosa 14

La aparente buena relación de los artesanos indígenas de la Plaza Tapatía con las autoridades municipales no es permanente, ni se puede extrapolar a otros grupos de vendedores ambulantes. En general, la mayor parte de ellos expresan haber tenido continuos conflictos tanto con inspectores como con la policía por dedicarse a actividades del llamado “sector informal” de la economía. Sin embargo, la escasa escolaridad de la población indígena –más de 30% no sabe leer ni escribir– 15 hace que sea difícil su incorporación laboral. Incluso, sin pretender entrar en análisis económicos, es bien sabida la tendencia de los indígenas migrantes a permanecer en la llamada economía de subsistencia (Bastos, 1998; Arizpe, 1976).

Entre la población de la ciudad –sobre todo la consumidora de frituras en la calle– se conoce como “huicholitos” a los indígenas que venden papas fritas con limón y salsa picante en los parques, los tianguis y afuera de las escuelas y deportivos por todo Guadalajara.  En realidad son otomíes de Querétaro que desde hace más de veinte años manejan ese sector del comercio ambulante en la ciudad. La mayor parte de ellos vive en la zona más alta del cerro del Cuatro en un terreno con pocos servicios. Así como los artesanos tienen redes familiares que les permiten la manufactura y venta de artesanías, los “huicholitos” tienen toda una red de familias que elaboran y venden primordialmente papas fritas, pero también otras frituras y semillas como cacahuates y pepitas de calabaza que llevan en grandes canastas. La fabricación la llevan a cabo en casa básicamente las mujeres y la venta la hacen por igual hombres, mujeres y sobre todo niños. Algunas de estas familias tienen carritos y otras –las menos– manejan algunas camioneta, que les permite ubicar a los distintos parientes en sus puestos o zonas, ya bastante fijas, de venta.

En este caso el cálculo de vendedores es mucho más difícil que en el ejemplo de la Plaza Tapatía. Estos otomíes dicen ser unas ochenta familias que viven en el Cerro del Cuatro y por menos otras tantas entre El Retiro y Las Juntas, pero la población suele ser de carácter flotante pues el ir y venir entre Guadalajara y el Municipio de Amealco en Querétaro es continuo y no tienen ninguna organización formal que los agrupe. Sin embargo, los vínculos comunitarios, familiares y religiosos son permanentes y la organización que conservan para las fiestas patronales en Querétaro y para su peregrinación anual a Atotonilco, Guanajuato, les permite estar siempre comunicados, independientemente de su lugar de residencia y de sus patrones migratorios.

6. Conclusiones

El hecho de que cada uno de los grupos reseñados tenga cierta tendencia a especializarse en actividades comerciales diferenciadas les permite mantener el patrón de organización familiar y social propio de los indígenas campesinos. Esta particular conformación social a la que algunos autores han denominado holista (Dumont, 1969; Martínez Casas, 1998) se caracteriza por una especie de desdibujamiento de los individuos particulares para integrarse en grupos jerarquizados en donde la pertenencia al grupo da la razón de ser. Tanto en el caso de los campesinos cuando migran a las ciudades como en el de los indígenas, unos y otros tienden a mantenerse agrupados como una forma de sobrevivencia que les ha resultado efectiva desde siempre. De la Peña (1993) plantea que la sociedad mexicana presenta fuertes rasgos de holismo (que este autor llama corporativismo),  en buena medida debido a la herencia prehispánica que ha permeado la conformación cultural de la nación. La cohesionada –aunque escasamente formalizada– organización de los vendedores indígenas es un buen ejemplo de las estrategias holistas.

En el caso de los otomíes, todos los miembros de la familia que comparten el mismo techo (casi siempre se trata de familias extensas de tendencia patrilocal) deben colaborar en el negocio familiar. Es mal visto que alguno de los miembros decida probar suerte solo y es una causa frecuente de ruptura con la familia la tentación de algún individuo por sobresalir aisladamente. Estas familias mantienen muchos de los rasgos culturales propios de su lugar de origen, los cuales se refuncionalizan para mejor adaptarse al medio urbano. Empero, uno de los componentes que persisten de manera más notable es la tendencia endogámica y patrilocal de la organización de los grupos familiares semejante a la de su comunidad 16.  La decisión de trabajar la familia como una unidad de vendedores, más que una opción es una condición para  mantener el grupo familiar en el cual quedan incluídos hasta los miembros más jóvenes, quienes pudiera pensarse que por el hecho de haber nacido en la ciudad tenderían a asimilar las tendencias individualistas prevalentes y de ese modo intentar buscar un trabajo fuera de la organización familiar.

Es interesante encontrar que nahuas de Hidalgo, zapotecos y mixtecos no constituyan esas unidades de venta, sino más bien intenten ocuparse como empleados. Lo anterior no quiere decir que rompan con las tradiciones de su comunidad y que sean más individualistas. Permanecen unidos como grupo y en redes de ayuda familiar. Por ese motivo conservan su idioma y no lo pierden a pesar de la presión ejercida por la asimetría lingüística existente en México, en donde el predominio del español se halla establecido por políticas gubernamentales y como una imposición presente desde los tiempos de la conquista.  En todo caso, hace falta un examen más cercano de las modificaciones de los modos de vida de estas etnias después de su migración a la ciudad.

En un primer acercamiento, hemos encontrado, mediante el análisis de las pautas de crianza de las madres nahuas migrantes, comparadas con las madres otomíes asentadas en Guadalajara y con las madres mestizas de esta misma ciudad, que las formas de tratar a los hijos se diferencian en dos polos, por un lado, las madres otomíes muestran patrones de crianza sumamente permisivos pues consideran que el desarrollo de los niños tiene lugar a partir de la inserción social de los niños en las actividades cotidianas de la familia desde etapas muy tempranas de la vida, mientras que en el otro polo se encuentran las madres mestizas, las cuales ejercen una autoridad más bien rígida al verse guiadas por la suposición de que los niños necesitan ser conducidos hacia metas prefijadas por la sociedad y entre ellas se encuentran, obviamente, las de definir su individualidad. Las madres nahuas por su lado están en un lugar intermedio entre esos dos polos. ¿Han asimilado un número mayor de valores occidentales por su contacto cercano, en tanto empleadas domésticas, con las expectativas de su patronas?. o ¿muestran más bien rasgos de las formas de educación prehispánica propias de los aztecas en donde una rigurosa disciplina era la norma educativa prevalente?

Si la tasa de crecimiento registrada por la población indígena en el estado de Jalisco se mantiene semejante a la observada en los últimos treinta años, poblaciones como la mixteca, la nahuatl y la otomí son ahora los grupos de crecimiento más dinámico y se asientan básicamente en la zona metropolitana de la capital del estado. Salvo algunos programas de asistencia en la ciudad, específicamente orientados a la atención de la migración temporal huichola, es casi nula la atención que se les presta a este grupo de población. La Universidad de Guadalajara cuenta con una oficina de atención a indígenas en el Hospital Civil Nuevo, sin embargo, de la información que recogí de las diferentes personas de distintas etnias a las que entrevisté, sólo los huicholes conocían y hacían uso de este servicio médico 17.

Instancias como el Instituto Nacional Indigenista en su delegación Jalisco o el DIF, no cuentan con programas específicos para la atención de población indígena en la ciudad, a pesar de que, como se mencionó en la introducción, la tendencia actual es que al menos la mitad de los hablantes de lenguas indígenas del estado habiten en Guadalajara. Incluso en las escuelas a las que asisten niños indígenas en la ciudad, frecuentemente se ignora su origen étnico y lingüístico, motivo que dificulta notablemente su adecuada inserción al medio educativo.

El hecho de que existan diferentes formas de organización que agrupen a la población indígena –la multiétnica de la Plaza Tapatía frente a la  de los vendedores de papitas, formada por una sola etnia– obliga a hacer un conjunto de reflexiones acerca de los distintos determinantes que los llevaron a seguir diferentes modos de organización, todos ellos, a fin de cuentas, unidos bajo el hilo conductor de su tradición holista.  Sus diferentes capacidades de gestión ante las autoridades que, hasta el momento, han sido ignoradas por las distintas instituciones ¿representan formas de defensa en donde se aprovechan los lazos de quienes sufren igual tipo de marginación, de choques culturales y de rechazo? o ¿son facilitadas por sentimientos de autoidentificación de un ser indígena que no encuentra todavía claras definiciones, tal vez sólo las de emplear una lengua diferente al español? o ¿están determinadas por influencias externas a los grupos mismos, como serían las de valerse de intermediarios, sujetos de su propia etnia que han adquirido a través de la educación formal conceptualizaciones de la cultura occidental dominante, las cuales intentan asimilar o bien refuncionalizar?.

Todas esas preguntas nos llevan a que nos percatemos de que en realidad se conoce muy  poco sobre la presencia indígena en Guadalajara, lo cual, además, hace difícil la instrumentación de programas de apoyo que permitan mejorar  las condiciones de vida de grupos que no han podido entrar en la composición pluricultural de nuestro país a pesar de que paradójicamente, la Constitución de la República así lo establece de manera formal, mientras que  las visiones ideológicas en vigor niegan la realidad multiétnica y las tradiciones culturales distintas a la occidental, acaso sólo aceptando parches de folklore en nuestras costumbres, con un rechazo concomitante de la realidad cotidiana de la discriminación y de un racismo soterrado que se emboza en el concepto prevalente de que somos una sociedad mestiza.

En general, los estudios etnográficos sobre la migración indígena urbana nos hacen ver que la peculiar forma de organización de los grupos étnicos es importada y refuncionalizada al migrar a las ciudades (ver Hirabayashi, 1981; Mora, 1994; Lestage, 1998) pero en esta refuncionalización las relaciones que tradicionalmente han mantenido con las instituciones requieren de una renegociación intensiva. Las instancias gubernamentales suelen tratar únicamente con algunos de los líderes indígenas, que no siempre representan los intereses y valores de la cultura de la que provienen 18. En la ciudad, este tipo de representación es todavía más complejo. Existe una fuerte tendencia de la sociedad urbana a ignorar la presencia indígena, lo que “invisibiliza” a estos migrantes. Salvo en aquellos casos en los que se mantiene el uso de cierta ropa que les caracteriza 19, son pocos los marcadores evidentes de su origen étnico y esta invisibilización es también una forma de mecanismo de defensa al que recurren los propios indígenas para evitar la discrimación de la que suelen ser objeto.

Semos como invisibles. Cuando pasa la gente ni nos miran y se ríen de nuestras ropas y de que como hablamos que ni nos entienden. Si hablamos el Tomí nos miran nomás, ni nos preguntan de’onde vinimos...El ciudad es muy grande y no sabemos los números de los camiones y tomamos en veces cuatro y cinco para llegar a donde vamos pero nadie nos  (a)yuda (en ) el camino .

Marcelina  

Resulta paradójico que mientras se genera un importante discurso sobre el futuro de las etnias en nuestro país y en estados como Jalisco se discute una iniciativa de ley sobre derechos y cultura indígena, se ignore la tendencia de este sector de la sociedad a dejar sus comunidades rumbo a las ciudades de origen en la búsqueda de mejores condiciones de vida 20. Si la población indígena de Guadalajara es la de crecimiento más dinámico en el estado, algo se debe hacer para incorporar esa nueva condición a las propuestas legislativas que de cualquier manera les afectarán. Eso implica, en primera instancia, el conocimiento de las condiciones en las que viven, se socializan y trabajan y en segundo término, un replanteamiento de las interacciones que mantienen los diferentes sectores de la sociedad con sus vecinos indígenas en la conciencia de que las sociedades modernas se caracterizan más por su complejidad que por su aparente homogeneidad (Hannerz, 1992). Las diferentes instituciones bien podrían dar un primer paso.

El primer artículo de la citada iniciativa de ley sobre derechos de los pueblos indígenas del Estado de Jalisco 21  plantea como finalidad garantizar a los pueblos indígenas asentados en el territorio del Estado de Jalisco el reconocimiento y respeto de la organización social, política, económica y cultural, sin embargo, en su introducción aclara que está diseñada para atender a las poblaciones nahuas y Wiraritari (huichola) y jamás se menciona a otros grupos étnicos asentados en la entidad. Así mismo es notorio que quienes encabezan la discusión de esta propuesta pertenezcan a la oposición dentro del congreso estatal (PVEM y PRD), lo que da la impresión de que el partido en el poder no se se encuentra realmente interesado en la discusión de este tema.

Han existido algunos intentos de organizaciones cercanas a los partidos políticos por capitalizar la tendencia corporativa de los grupos indígenas con fines electorales. La colonia indígena en Las Juntas es un ejemplo del interés que en algún momento presentó el PRI –a través, en los ochenta, del DIF municipal– por formar un núcleo de población migrante hablante de alguna lengua indígena en el municipio de Tlaquepaque; sin embargo la poca respuesta de estas comunidades para organizarse políticamente pudo haber contribuído a la discontinuidad de dicho proyecto. Actualmente la falta de conocimiento de la realidad económica, cultural y social de la migración indígena a la zona metropolitana de Guadalajara y el desinterés de las instituciones en el gobierno son las probables causantes de la ausencia de programas que atiendan a una población creciente, con múltiples carencias  pero invisibilizada.

Notas

[1] Esta investigación se realiza dentro del Proyecto “Políticas Sociales hacia los Indígenas en México (1948-2000): Actores, mediaciones e identidades” con sede en CIESAS-Occidente. Av. España 1359, Col. Moderna. Guadalajara, Jal. tel. (3)810-79-42. e-mail: reginamc@cencar.udg.mx

2 La Población hablantes de Lengua Indígena de México. XI Censo General de Población y Vivienda, 1990.

3 En la bibliografía sólo existe un trabajo sobre la reconformación de las lenguas en Jalisco, realizado a principio de los años noventa por Rosa Yáñez y un grupo de estudiantes de la Universidad de Guadalajara.  A la fecha, los datos muestran que en Jalisco existe casi el mismo número de hablantes de otras lenguas indígenas que de huichol, la etnia nativa del estado.

4 Avila Plafox, Ricardo (1993) Elites, región e identidad en el occidente de México. En Ricardo Avila Palafox y Tomás Calvo Buezas (comps.) Identidades, Naciones y Regiones. Universidad de Guadalajara, Universidad Complutense de Madrid.

5 Resulta importante mencionar que la población de origen nahuatl del Sur de Jalisco ya no es hablante de esa lengua, por lo que no aprece contabilizada en el IX Censo General de 1990.

6  XI Censo de Población y Vivienda. Estado de Jalisco.  INEGI.1990.

7 Es notable que las familias otomíes con quienes he trabajado no se mueven “de este lado de la calzada” a pesar de que viven y trabajan a escasos metros de esta frontera imagirnaria.

8 Después de una prolongada búsqueda bibliográfica, la única referencia a la presencia indígena en el tiempo presente en la ciudad, la encontré en una cuantas notas periodísticas de finales de 1997 y principios de 1998 y en el trabajo sobre la reconformación de las lenguas indígenas en el occidente de México de Rosa Yañez (1992), quien plantea que el huichol y el nahuatl dejaron de ser las únicas lenguas indígenas de Jalisco debido a  la importante migración indígena de los años 70 a la fecha.

9 Aunque como dato curioso sólo el 10% de los matrimonios se registraron como interraciales, lo que pone de manifiesto la tendencia de los tapatíos a no mezclarse socialmente.

10 El aparente origen de esta festividad es la conmemoración de la intervención milagrosa del apostol Santiago en varias de las batallas de la Guerra del Miztón donde los españoles lograron vencer la rebelión de los indios cazcanes (De la Peña, 1998:85).

11 Ya en el siglo XIX, Anderson (1983:123-124) registra a la ciudad como un importante foco de actividades comerciales y manufactureras, además de que tenía el control religioso y administrativo de todo el centro occidente de México.

12 Cooperativa es utilizado por ellos par designar al conjunto de vendedores que trabajan bajo las instrucciones del lider de Callejón del Diablo, más que a una forma peculiar de organización.

13 Básicamente se trató de la obtención verbal de licencias para la venta de artesanías en la vía pública.

14 La transcripción de los testimonios de los migrantes indígenas se realizó procurando respetar las particularidades de su léxico y sintaxis, salvo en aquellos casos en los que se volvían ininteligibles. Cuando eso sucedió,  se añadieron, entre paréntesis, segmentos dirigidos a faciltar la comprensión.

15 Según cifras de 1990 del INEGI. XI Perfil Sociodemográfico de los hablantes de Lenguas Indígenas de Jalisco.

16 Una caracterización más o menos amplia de la resignificación cultural de los otomíes en Guadalajara fué motivo de mi propia tesis de maestría (Martínez Casas, 1998).

17 Incluso es important mecionar que la Unidad de Apoyo a las Comunidades Indígenas de la Universidad de Guadalajara que asesoró de manera intensiva la redacción de la Iniciativa de Ley sobre derechos de los Pueblos Indígenas de Jalisco, únicamente consideró a las comunidades nahuas y wixaritari nativas de la entidad y no cuenta con programas específicos para la población indígena migrante.

18 Caso notable son las nuevas autoridades municipales de Jalisco de estracción panista que negocian sólo con individuos y no con grupos corporativizados. Sin embargo la inercia es fuerte y como mencioné anteriormente, una buena cantidad de los artesanos del Centro Histórico siguen funcionado a aprtir de las indicaciones de uno de sus líderes.

19 El uso de trajes étnicos responde muchas veces a presiones comerciales. Es frecuente que los disitintos vendedores del Centro de la Ciudad se cambien a su ropa identificadoa al llegar a sus puestos de venta y vuelvan a cambiarse para tomar el transporte colectivo.

20 En constraste en la Ciudad de México, la s organizaciones de migrantes indígenas están ocupando nuevos espacios como gestoras de facilidades para la vivienda y para la elboración y comercialización de artesanías. El pasado 17 de agosto (La Jornada, 18 de agosto de 1999) el Jefe de Gobierno de la Ciudad (de extración perredista) otorgó 75 créditos a igual número de grupos de artesanos que laboran en la zona céntrica  del Distrito Federal.

21 Elaborada por la Comisión de Asuntos indígenas de la LV Legislatura del Estado de Jalisco para una supuesta discusión estatal programada para junio de 1999.

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Cuestiones de América Nº 4, Abril de 2001

 

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