Determinantes Culturales
de la Pobreza
Intervenciones Posibles
en Orden al Cambio Cultural Modernizador
Mikel
de Viana
Borradores de Trabajo del Proyecto
La Pobreza en Venezuela. Causas y Posibles
Soluciones
No.
10 - Diciembre 1998
En
1996, un grupo de personas convocadas por la Asociación de Universidades
Jesuíticas de América Latina (AUSJAL) se reunión en Caracas para discutir un
proyecto embrionario de investigación sobre la pobreza en el subdesarrollo con
una perspectiva Latinoamérica. A raíz de esa discusión el Instituto de
Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello
presentó un proyecto de investigación para el caso venezolano.
Este
proyecto se planteo como un conjunto de investigaciones parciales cuyo objetivo
general es la identificación de los obstáculos (o causas) que impiden que los
grupos sociales que calificarían como pobres dejen de serlo. Las causas u obstáculos
para la superación de la pobreza se enmarcan en lo que el proyecto de
investigación delimita como:
·Determinantes
Socio-culurales
·Determinantes
Económicos y, los
·Determinantes
Político-Institucionales
Cada
uno de estos determinantes de la pobreza corresponden a una diferenciación
analítica del problema y se enmarca en lo que son los campos o disciplinas para
el estudio de la sociedad, las cuales, para los efectos del estudio propuesto,
representan investigaciones parciales del proyecto global de carácter
multidisciplinario .
La
aspiración es que el encuentro de los distintos abordajes del problema permita
la construcción de una perspectiva global sobre la pobreza en Venezuela, la
cual se alimente de los resultados que vallan arrogando las distintas
investigaciones parciales y su lectura permanente a partir de la confrontación
con teorías agregadas sobre el tema de la pobreza.
Este
esfuerzo de largo plazo, residenciado en la UCAB a través de su Instituto de
Investigaciones Económicas y Sociales, sólo ha sido posible gracias al auspicio
de la Asociación Civil para la Superación de la Pobreza y el Subdesarrollo,
organización que nuclea a un conjunto de empresas y personas, las cuales además
de ser el soporte financiero al proyecto, velan por que los estudios tengan
aplicación práctica y sean fuente de inspiración para las acciones públicas del
Estado y la sociedad civil venezolana.
Mikel
de Viana es venezolano, sociólogo, Ms. en Filosofía, Teólogo Moralista de la
Pontificia Universidad Gregoriana (Roma-Italia). Es profesor de en la
Universidad Católica Andrés Bello y asesor de varios organismos públicos y
privados. En el marco del Proyecto “La Pobreza en Venezuela, Causas y Posibles
Soluciones” es el encargado de coordinar el área cultural del estudio.
Contenido............................................................................. 1
1.Introducción...................................................................... 4
1. La cultura........................................................................ 4
1.1. Creencias........................................................................ 5
1.2. Las estructuras
valorativas..................................................... 6
1.3. Las normas...................................................................... 7
2. Modernidad y
pre-modernidad en Venezuela............................... 7
2.1. Los reiterados intentos de implantación de la
modernidad................. 7
2.2. El Estado como inductor o implantador de
modernidad.................... 7
2.3. El familismo amoral
criollo..................................................... 8
2.3.1. La regla
preferencial de..................................................... 8
actuación............................................................................. 8
2.3.2. Familismo amoral y círculos primarios de
pertenencia.................... 8
2.3.3. La difusión del familismo amoral: hipótesis descriptivas................. 9
3. Hallazgos
empíricos............................................................ 12
3.1. Los Perfiles de
Creencias y Valores.......................................... 12
3.2. Tipologías
Culturales y Ambitos Axiológicos................................. 17
4. Marco general para las intervenciones
posibles en orden al cambio cultural modernizador 18
4.1. Objetivo general.............................................................. 18
4.2. Objetivos
relacionados con el sistema de creencias......................... 18
4.3. Objetivos
relacionados con las estructuras valorativas:..................... 18
modos de evaluación o............................................................. 18
preferencias valorativas............................................................ 18
4.4. Caracterización del proceso de cambio
cultural............................ 19
5. Intervenciones posibles en orden al cambio
cultural modernizador.... 19
5.1. La familia...................................................................... 19
5.2. El Estado....................................................................... 20
5.2.1. La Reforma del
Estado..................................................... 21
5.2.2. Líneas maestras de la Reforma del Estado............................... 21
5.2.3. Reforma del Estado y modernización de la
sociedad venezolana....... 21
5.3. La escuela..................................................................... 22
5.4. Las asociaciones voluntarias de ciudadanos................................. 23
5.5. El trabajo..................................................................... 23
El presente informe recoge las recomendaciones acerca de intervenciones
posibles en orden al cambio cultural modernizador que se presentan se
desprenden del análisis preliminar de los datos obtenidos de la encuesta acerca
de «Los determinantes culturales y pobreza» (Para una descripción de los
aspectos técnicos de la encuesta y el correspondiente trabajo de campo, puede
consultarse el Documento Nº 12 de la presente colección). La mencionada encuesta aporta la base
empírica a uno de los tres módulos que integran el estudio «La pobreza en el subdesarrollo. Un estudio interdisciplinario de
aproximación a las causas y posibles soluciones al problema de la pobreza en
Venezuela», en curso de realización por el Instituto de Investigaciones
Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello.
La pertinencia y justificación de una investigación acerca de
los determinantes culturales de la pobreza vienen dadas por los siguientes
motivos:
a. Circula una amplia
anecdótica acerca de las relaciones entre la cultura venezolana «tradicional»
o «popular» y la pobreza. Esa
anecdótica supone que la sociedad venezolana no llega a ser próspera y
productiva por la presencia de elementos culturales (valores, normas, conductas
más o menos institucionalizadas) que bloquean conductas individuales y modos
de agregación propios de una sociedad productiva.
A pesar de la abundante anecdótica, hay un apreciable vacío de
estudios con base empírica que verifiquen el supuesto, caractericen los
supuestos elementos culturales bloqueadores y eventualmente aporten pistas de
intervención.
b. La cultura es la
gran matriz de los hechos sociales. El
modo de enfrentar el mundo de la vida por parte de los individuos, grupos,
organizaciones y colectividades cristaliza en la cultura, sus valores, sus
normas, sus criterios de orientación de las opciones, sus instituciones,
etc. El modo en que una colectividad
resuelve el problema de la producción de su vida material —y, consecuentemente,
es pobre o próspera y productiva— es uno de los contenidos básicos de la
cultura. Preguntarse por la pobreza de
una sociedad y sus causas es necesariamente preguntarse por su cultura.
c. Las hipótesis del
estudio que se ha propuesto se plantean sobre el horizonte de la noción de
productividad: la superación de la
pobreza no es función simple del crecimiento económico, sino que está en
relación con un elemento más complejo, la productividad. El hecho es que el incremento de la productividad
es el modo más seguro y permanente para superar la pobreza de una
colectividad.
La noción de productividad es de difícil definición; son múltiples los enfoques posibles
(elementalmente, productividad como "resultados de la Producción";
como sinónimo de "productivo" o eficiente relativamente; como "producción por hora/hombre"; como "aumento de las ganancias o márgenes
de beneficio"; etc.). Sin embargo, parece claro que en sus
términos más generales establece la relación entre los insumos de la
producción y sus productos (formalmente, productividad = producto/insumos); pero a pesar de la aparente claridad de
la formulación, no está libre de dificultades porque tanto el numerador
como el denominador pueden representar diversos contenidos y niveles
de complejidad, y ser expresados de modo diverso.
En cualquier caso, la clave de la productividad está en
que el trabajo productivo se realice de modo «inteligente». La productividad se incrementa cuando
la aplicación de todos los recursos empleados en la producción
material, recursos humanos, materias y capital, mejora suficientemente
como para aumentar de modo sostenido la relación de productos por insumos.
Suponemos que el elemento decisivo de la relación es el recurso
humano, del que depende la «inteligencia» del proceso. El papel de factor humano está directamente
afectado por los elementos culturales.
Parece relevante el estudio de la relación entre los elementos culturales
y la intervención del factor humano en el proceso de producción en la
perspectiva de la productividad.
El módulo «Factores culturales y pobreza» parte de la hipótesis
según la cual, las creencias y los modos de evaluación o preferencias
valorativas propios de la cultura dominante de la sociedad venezolana afectan
las disposiciones y capacidades de los individuos para el éxito económico,
para la producción y la productividad, constituyéndose en factor
interviniente en la causación del complejo problema de la pobreza de la mayor
parte de la sociedad.
Por sí solos, los factores culturales no son necesariamente
decisivos de las condiciones concretas de vida en una colectividad. Los factores culturales son un componente
más del complejo sistema de factores causales y condicionales de las condiciones
de vida. Los factores culturales se
insertan en el sistema de factores causales y condicionan en términos motivacionales
la acción de modo que, a mediano y largo plazo, seguramente incentivan determinadas
conductas y desestimulan otras.
La cultura es la herencia social del hombre y el mapa de la
realidad compartido por una colectividad.
En ese mapa se representa el mundo, el yo y la colectividad.
Al afirmar su carácter de «herencia», lo que se dice es que la
cultura no es «natural», es decir, no forma parte del patrimonio
biológico-genético de la especie humana, sino que es una creación
«artificial». El desarrollo de la cultura
depende de la capacidad humana de aprendizaje y de transmisión de conocimiento
a las generaciones de relevo.
En efecto, a diferencia del resto de los animales cuyo
comportamiento está rigurosamente regulado por inflexibles mecanismos
biológicos —los instintos, transmitidos como parte de la herencia biológica—,
los seres humanos carecen de instintos que sirvan como guía de sus conductas.
Lo que parece ser innato en el hombre es una serie de sistemas
de señales y de gestos universales etológicamente presentes, desde el mismo
nacimiento, en todas las sociedades;
pero su combinatoria social, su significado y su modo de integración en
conductas asumidas, permitidas u obligadas, eso ya es contingente y cultural.
Al afirmar el carácter «social» de la herencia cultural, lo que
se dice es que la cultura es una creación colectiva. Las sociedades humanas, en el proceso de su evolución, intentan
adaptarse del modo más eficiente posible a las condiciones medio-ambientales
(naturales), diseñando modelos de conducta compartidos por sus miembros.
Desde el punto de vista de su contenido, cultura está
constituida por las pautas integradas del conocimiento, creencias y conducta
humanos; incluye las capacidades y
habilidades adquiridas por los hombres en cuanto miembros de una sociedad
determinada. Así definida, la cultura
consiste en el lenguaje, las ideas, las creencias, las costumbres, los códigos,
las instituciones, los instrumentos, las técnicas, las obras de arte, los
rituales, las ceremonias y otros elementos relacionados.
Por todo lo dicho, se entiende que la cultura incluye todo lo
que puede ser considerado producto de la actividad humana. Sin embargo, en nuestra perspectiva,
consideramos a la cultura desde una perspectiva particular: en cuanto funciona como la gran matriz de la
conducta social. En efecto, los individuos
obtienen de la cultura los parámetros que dan sentido y regulan sus
conductas. Desde esta perspectiva de la
conducta, la cultura se estructura al menos en tres planos o niveles: las creencias, las estructuras valorativas y
los sistemas normativos. Las creencias
y los valores de la cultura proveen a los individuos de las motivaciones
particulares que movilizan la conducta.
El conocimiento de las creencias y valores de una cultura es la clave
para la comprensión del porqué los individuos actúan de determinado modo.
Una creencia es una afirmación que se considera verdadera. Además, las creencias son nuestras
interpretaciones de la experiencia: el
conjunto de ellas constituye nuestro modelo o idea del mundo. Las creencias son como filtros que afectan
la percepción que tenemos del mundo, de los demás y de nosotros mismos. Las creencias constituyen el sustrato más profundo
de una cultura: sobre ellas se
construye el complejo de las estructuras valorativas y de las normas de
acción.
La gente vive en el pasado mucho más de lo que solemos
imaginar. Esto se debe a que
interpretamos en mundo con ayuda de los mapas de la realidad que hemos
recibido en el proceso de socialización y que fueron diseñados a partir de
experiencias del pasado. Lo más fácil y
frecuente es el uso de los mapas prefabricados, que se basan en las
experiencias del pasado de los miembros de la colectividad.
Los cambios en las creencias son difíciles. Cuestionar una
creencia básica tiene como consecuencia la desestabilización de todas las
demás creencias vinculadas y de las estructuras valorativas construidas sobre
ellas. La inestabilidad de las creencias
produce inseguridad gnoseológica respecto a nuestra idea de mundo y ansiedad
psicológica; por este motivo somos reacios
a cambiar las propias creencias.
Normalmente, el cambio de creencias compartidas por una
colectividad se debe a dos tipos de fenómenos:
• Las experiencias que evidencian la inadecuación o
inviabilidad de una determinada idea de mundo.
• El cambio intergeneracional, por el que son relevadas las
cohortes de los individuos que forman la colectividad.
Las creencias influyen determinan-temente sobre las capacidades
individuales: los individuos sólo
hacen libremente lo que su sistema de creencias les permite hacer. Por ejemplo, basta creer que a partir de
determinada edad se es ya viejo para aprender, una creencia muy extendida, para
que, alcanzada esa edad, la capacidad de aprendizaje se reduzca drásticamente,
inclusive hasta anularse.
En el ámbito de nuestra investigación hemos prestado
atención a las creencias referidas a la atribución de causalidad: aquéllas por las cuales los individuos se
explican los cambios que se producen en la realidad que viven. Se llama «foco
o locus de control» a la instancia a la cual el individuo atribuye la
causalidad de la ocurrencia de cambios o transformaciones en la realidad que
él vive. La reacción de un individuo
ante un determinado acontecimiento, o ante el conjunto de los mismos, es totalmente
distinta cuando lo percibe como dependiente de su propia acción, que cuando lo
percibe como dependiente de otro agente, distinto a él mismo, y ubicado fuera
de él.
En términos generales, es posible distinguir entre foco de
control externo y foco de control interno.
El proceso de la modernidad cultural está íntimamente asociado a la
presencia de creencias correspondientes al «foco interno de control».
a. La noción de foco de control externo está asociada a
la creencia de que la ocurrencia o desarrollo de cambios en la realidad es
independiente de la capacidad, voluntad y conducta del individuo. Los cambios en la realidad son percibidos
como producto del azar, el destino, la suerte o de la acción y control de otros
poderes ajenos; o bien, son cambios
impredecibles e incontrolables debido a la gran complejidad de las fuerzas que
rodean al individuo.
La creencia en el locus de control externo está asociada a
otras creencias como por ejemplo:
• Los acontecimientos no responden a los esfuerzos desplegados
por el individuo. El mérito personal no
es reconocido.
• Creencia en un mundo difícil, complejo, lleno de tareas
irresolubles.
• Creencia en un mundo injusto
• Creencia en la insensibilidad del ámbito político
b. La noción de foco de control interno está asociada a
la creencia en que la ocurrencia y desarrollo de cambios en la realidad son
dependientes para su aparición y curso futuro, de la propia acción. La noción de foco de control interno está asociada,
pues, con creencias como por ejemplo:
• Creencia en la capacidad de intervención personal sobre la
realidad.
• Creencia en un mundo en el que las dificultades y problemas
tienen solución.
• Creencia en la posibilidad de un orden de relaciones justo,
que responde a las intervenciones de los individuos.
• Creencia en que los asuntos públicos pueden ser dirigidos
mediante la acción y presión de los interesados.
Como ha sido indicado, la noción de «foco interno de control»
está asociada a lo que podríamos llamar «precondiciones de modernidad mínima».
Las estructuras valorativas están constituidas por los valores
propiamente dichos, y por los modos de evaluación o preferencias valorativas.
a. Los valores, como su nombre lo indica, son objetos o
estados de cosas que se consideran valiosos hasta el punto de preferirlos
frente a otros objetos o estados de cosas, que bien podrían ser sacrificados
para obtener aquéllos. Los valores establecen
preferencias, es decir, motivan la acción, son lo que mueve a actuar a los
individuos. Sirven para juzgar si algo
es bueno o malo, valioso o despreciable.
Los valores son fundamentales pues dirigen las decisiones y
elecciones individuales. Los valores
tienen como objeto las acciones libres en las que el hombre se define a sí
mismo: en la medida en que los
individuos no son forzados exteriormente, sino que internamente deciden el
curso de sus acciones, lo hacen en razón de sus propios valores.
También los valores influyen o condicionan las capacidades
individuales, pues delimitan lo que es deseable hacer y alcanzar; es decir, predeciden las capacidades a ser
empeñadas en la acción, los modos de la acción y sus rumbos preferenciales.
Los valores y las creencias de los individuos delimitan lo que
les es factible.
b. Toda relación social expresa preferencias valorativas. Los modos de evaluación o preferencias
valorativas, por su parte, son las reglas empleadas para evaluar
individuos, objetos, situaciones y acciones. Gracias a los modos de evaluación
o preferencias valorativas, el mismo valor puede ser percibido de modo distinto
en contextos culturales diversos. El
proceso de evolución cultural permite descubrir nuevas relaciones entre valores
y hacer reajustes a su jerarquización.
Los modos de evaluación o preferencias valorativas han sido
tipificadas en un conjunto de dicotomías.
El primer término de las dicotomías caracteriza las preferencias valorativas
en el ámbito primario-familístico —ése es su «espacio natural» y allí siempre
tendrán vigencia—. El segundo término
de las dicotomías caracteriza las preferencias valorativas en los espacios
públicos de las sociedades de masas modernas.
Los problemas surgen cuando, en una sociedad de masas, las preferencias
valorativas propias del ámbito primario-familístico se extienden más allá de
sus «límites naturales», hasta el ámbito colectivo, público, institucional,
estableciéndose como patrones de valoración omnipresentes.
1. Afectividad •
Neutralidad afectiva: Esta
dicotomía se refiere al modo en que se disponen los actores a manejar las gratificaciones
de sus deseos y necesidades subjetivos.
En nuestra cultura, se tiende a privilegiar el polo de la afectividad,
es decir, se persigue la gratificación inmediata —a corto plazo— de los
deseos y necesidades subjetivos, evitando el diferimiento de la
gratificación inmediata en orden a gratificaciones futuras o a exigencias del
entorno social.
2. Particulartismo • Universalismo: Esta dicotomía se
refiere al modo en que se evalúan las situaciones. En nuestra cultura, la valoración de las situaciones en el ámbito
social-secundario preferentemente responde a los criterios del particularismo,
es decir, se tiende a actuar en función de lealtades particulares y no en
función de principios y normas universales.
3. Adscripción • Adquisición: Esta dicotomía se refiere a los criterios empleados para la
valoración de los actores sociales. En
nuestra cultura, preferentemente la valoración de los actores en el ámbito
social-secundario responde a los criterios de adscripción, es decir, se
valora a los actores en función de su posición social y las relaciones en las
que participan, y no en función de sus logros y desempeños.
Cuando la pauta valorativa dominante es la persecución de la
gratificación inmediata, el no posponer las recompensas, se da en los
actores una orientación hacia el presente, sin posibilidades de existencia
para una planificación organizada del porvenir.
4. Difusividad • Especificidad: Esta dicotomía se
refiere al modo como los actores enfrentan sus roles. En nuestra cultura se tiende a enfrentar los
propios roles actuando como «personas totales», sin distinguir espacios,
tiempos y contextos. Este hecho se traduce,
por ejemplo, en la dificultad para que los individuos asuman límites netos que
separan el orden de lo privado y el orden de lo público, lo personal y lo
profesional, lo individual y lo colectivo:
lo público, lo profesional y lo colectivo carecen de racionalidad
propia y se subordinan a la discrecionalidad y arbitrariedad particulares de
lo privado, lo personal y lo individual.
5. Orientación hacia sí • Orientación hacia la colectividad: Esta dicotomía se refiere a los intereses
que se privilegian en la actuación social.
En nuestra cultura se atiende prioritariamente a los propios intereses,
que privan sobre los colectivos, eludiendo la atención prioritaria a éstos.
Las normas son formulaciones que expresan la conducta
deseable. Son, en realidad, la
traducción de los valores en términos de conducta concreta. Sin las normas, los valores se mantienen
como entidades abstractas. Mediante las
normas, una cultura intenta proponer modelos de conducta que realizan
determinados valores o impiden su deterioro en situaciones concretas. Es claro que las normas son un instrumento
eficaz para el mantenimiento del orden social como realización o expresión de
los valores de la cultura.
La formulación de las normas es un hecho contingente respecto a
los valores que expresan, pues los cambios sociales imponen la necesidad de reformulación
de las normas para lograr eficientemente expresar y proteger los valores en las
situaciones cambiantes.
Nuestra investigación no se ha dedicado al estudio de las
normas de la cultura dominante en la sociedad venezolana por dos motivos: en primer lugar, porque toda cultura
establece normas numerosísimas para regular situaciones muy variadas, de modo
que su estudio exhaustivo es prácticamente imposible; y en segundo lugar, por
el carácter contingente de las normas, que las hace dependientes de las
estructuras valorativas y de las creencias.
Lo realmente decisivo es el estudio de las creencias y de las
estructuras valorativas.
La modernidad se gesta en Europa; la cultura tradicional de Venezuela no fue la matriz natural de
semejante proceso cultural. Al
contrario, la modernización se presenta como un proceso exógeno respecto a la
cultura tradicional venezolana.
La historia de la Venezuela Republicana bien podría verse bajo
la óptica de los reiterados intentos de implantación de la modernidad:
• El intento de la
Emancipación, para cuyo pensamiento la ruptura con la monarquía española era
la superación del obstáculo primordial a la modernidad;
• El de las élites
positivistas, con su pretensión de superar el obscurantismo que encadenaba al
atraso premoderno;
• El de la
institucionalización del Estado desde el s. XIX y de las fuerzas armadas al
inicio del presente;
• El de los
programas modernizadores de AD, COPEI y el PCV;
• El de la inserción
del país en el mercado internacional por medio del petróleo y la correlativa
transferencia interna de la Renta petrolera para la creación de «clases medias»
modernas con acceso al consumo que posibilitaran la democracia;
• El de la Iglesia
mediante la educación privada católica;
• El del «ideal
nacional» perezjimenista;
• El de la Gran Venezuela,
el de los dos intentos de ajuste estructural de la economía y hasta el de la
Agenda Venezuela.
El resultado de todos estos intentos, a fines del s. XX,
ciertamente no es una «sociedad moderna» en el sentido convencional de la
expresión, sino otra preñada de tensiones y discontinuidades producidas por la
implantación de algunos productos de la modernidad, pero toda ella edificada
sobre una matriz cultural premoderna que tenazmente se resiste a desaparecer y
que condiciona todos los modos y planos de relación.
En el s. XX, los intentos de inducir la modernidad en la
sociedad venezolana han contado como agente principal al Estado, como
posibilitante a la renta petrolera, como mecanismo inductor la distribución de
la renta y mediante las élites, el desarrollo social o el mercado.
Ahora bien, como hemos dicho, ningún modelo cultural con su
respectivo sistema de valores cambia fácilmente. Un modelo cultural vigente es un sistema de valores que se ha
acreditado por su capacidad para mantener la vida del grupo. Un nuevo modelo supone una incógnita y un
riesgo que únicamente se corre cuando el viejo sistema de valores ya no sea capaz
de asegurar la vida del grupo.
En el proceso de modernización de Venezuela, la renta petrolera
ha permitido «subsidiar» los productos de la modernidad, sin que éstos fueran
gestados necesariamente por la colectividad.
Es decir, se ha tenido acceso a los productos de la modernidad sin que
fuera necesario un cambio de los sistemas valorativos propios del modelo
cultural tradicional. El Estado, mediante
su función distribuidora de la renta petrolera, implantó un «baypass» cultural
que permitió el acceso al consumo de los bienes materiales de la modernidad sin
necesidad de que social y culturalmente hubiera sido necesaria la gestación de
un nuevo modelo de valoraciones culturales que le sirviera de sustrato.
Los productos de la modernidad —a los que ha dado acceso la
renta petrolera—, no garantizan el «ethos» de una cultura moderna. «Los reducidos grupos sociales —tecnócratas
por lo general— que sí han asimilado ese ethos, apenas pueden calificarse ya
como culturalmente latinoamericanos. La
gente no se identifica con ellos, ni siquiera los poderosos, y ellos no se identifican
con la gente. No hay tal cosa como una
modernidad latinoamericana» (González F., Raúl, «¿Tenemos los venezolanos que
ser modernos?, en SIC, abril 1994, p. 112).
De este modo, la modernidad es un modelo cultural ajeno e
impuesto.
En la cultura tradicional venezolana el individuo se vive
primariamente desde la relación con las personas que forman su círculo
primario de pertenencia, y sólo secundariamente en relación con las personas o
grupos que están fuera de ese círculo primario, con las instituciones o con las
cosas. Su «mundo de vida cotidiana» no
es la producción o la apropiación —relación con las cosas—, sino la convivencia
interpersonal al modo descrito al caracterizar las sociedades familistas premodernas. Las personas que están fuera del círculo
primario son menos importantes (menos «valiosas») que las incluídas en él. Y mucho menos valiosas todavía, son las
cosas.
La hipótesis del «familismo amoral criollo», sostiene que los
individuos socializados en nuestra cultura, consciente o inconscientemente,
asumen como regla preferencial de actuación la que impone «la maximización de
las ventajas materiales o de prestigio social e inmediatas («inmediatas» está
usado en el sentido de «a corto plazo») para sí mismos y para sus círculos
inmediatos de pertenencia, suponiendo que todos los demás actores hacen
exactamente lo mismo».
a. El ethos del
«familismo amoral criollo», a su vez, es el resultado de múltiples factores que
han operado conjuntamente en el proceso histórico de formación de la sociedad
venezolana, y que se concentran en la atipicidad e inestabilidad de las estructuras
familiares, y en la precaria implantación de todas las instituciones que
tradicionalmente desempeñan la función socializadora: familia, escuela, Iglesia, Estado, etc.
b. Tanto las
estructuras socializadoras como los contenidos mismos de la socialización
primaria en la cultura criolla venezolana, propician la transmisión y
perpetuación de un ethos caracterizado por el particularismo, el egocentrismo,
la implicación afectiva, la adscripción (reconocimiento a los actores por la
posición que ocupan en la estructura de relaciones) y la difusividad. Estas
características se oponen al universalismo, a la orientación hacia lo colectivo,
a la neutralidad afectiva (diferimiento disciplinado de las gratificaciones
inmediatas), al desempeño (reconocimiento a los actores en base a sus acciones,
logros y méritos) y a la especificidad, que son características del ethos
requerido por las comunidades políticas democráticas modernas.
c. La cultura
tradicional criolla se caracteriza por un apreciable vacío normativo en áreas
cruciales de la convivencia. En
terrenos tan fundamentales como el ejercicio de la sexualidad, la estructura
familiar, el ejercicio de la paternidad, la socialización en la primera
infancia, las relaciones entre el individuo y la colectividad, el trabajo y la
producción económica, las relaciones con las figuras que detentan autoridad,
etc... no existen normas claras y firmemente establecidas o institucionalizadas. En todos estos terrenos, la conducta de los
individuos es el resultado de adaptaciones individuales a las situaciones
particulares, dirigidas por la regla preferencial del familismo amoral. Este vacío normativo es consecuencia de la
precaria implantación institucional de la sociedad venezolana desde sus
orígenes y de la ineficiencia de los agentes socializadores primarios.
La presente hipótesis pierde vigencia relativa en los sectores
de la sociedad venezolana donde el proceso histórico de implantación ha
cristalizado en sólidas instituciones sociales tradicionales (los Andes y los
núcleos tradicionalmente conocidos como «godos»).
El familismo amoral es la condición por la cual los individuos
mantienen relaciones de lealtad y responsabilidad exclusiva o, al menos,
preferentemente con su núcleo primario de pertenencia y no hacia la colectividad
e instituciones de las que forman parte.
Este hecho explica la débil lealtad y compromiso de los individuos con
las instituciones sociales y con las empresas productivas.
El familismo amoral constituye un ethos especial que se opone o
bloquea el establecimiento de las que hemos llamado «condiciones de modernidad
mínima» (cf. apartado 4.1).
Tal vez, la denominación «familismo amoral» parezca repugnante,
pero debe tenerse en cuenta que pretende indicar que la moralización de las
relaciones se extiende sólo al ámbito de los círculos inmediatos de pertenencia. El alcance de las prescripciones morales se
identifica con la conducta de los relacionados entre sí y no con la conducta
referida a otros actores.
El ethos del «familismo amoral», en comunidades tradicionales,
rurales, reducidas en su tamaño, dispersas en el territorio y cuyas economías
se mantienen a niveles de subsistencia, resulta prácticamente funcional: equivale a la sobre-estimación de las
vinculaciones primarias de parentesco que de hecho constituyen la
colectividad. En tales contextos, la
conducta familista amoral no es percibida como violación a los patrones
morales, precisamente porque el contexto familista (la red de relaciones
primarias) se identifica prácticamente con la comunidad (sociedad).
Sin embargo, a la luz del proceso de modernización y en el
contexto de sociedades de masas, urbanizadas y que pretenden legitimar el
poder racionalmente, el «familismo amoral» se revela como factor restrictivo
de las posibilidades de ejercicio democrático, y como conducta que contraviene
las normas de una moral universalista.
En las sociedades modernas industriales y postindustriales en
ethos del familismo amoral tiene su espacio funcional propio y legítimo en el
ámbito de las relaciones primarias informales.
Pero su extensión a los ámbitos formales, institucionales, organizacionales
y colectivos resulta disfuncional.
Una de las conquistas sociales de la convivencia en las
sociedades modernas es la especificidad por la que los actores distinguen netamente
el ámbito familista-primario del ámbito universalista-secundario, y aplican a
cada uno su propia racionalidad ética.
Se proponen a continuación algunas implicaciones lógicas de carácter
descriptivo derivadas de la hipótesis del familismo amoral (cf. E. Bandfield,
"A predictive hypothesis", en: The
Moral Basis of a Backward Society, Illinois):
a. En una sociedad de
familistas amorales nadie promoverá el interés colectivo, excepto si ello
beneficia a su interés particular. En
otras palabras, la esperanza de ventajas materiales o de prestigio inmediatas
será el único motivo para interesarse por los asuntos públicos o colectivos.
Este principio es consistente con la ausencia de asociaciones
orientadas al mejoramiento de la comunidad, organizaciones de beneficencia y
ciudadanos prestigiosos que asuman iniciativas en beneficio de sus comunidades. También explica la ausencia de iniciativas
privadas de alcance colectivo.
La importancia de las asociaciones y organizaciones voluntarias
para el funcionamiento de la democracia, ha sido explicado a partir del caso de
los Estados Unidos (cfr. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México). En general, se reconoce a las organizaciones y asociaciones voluntarias
una función de propiciación de la movilidad social. Este hecho no es inconsistente respecto a la hipótesis básica
del familismo amoral: quienes
pertenecen a organizaciones y asociaciones voluntarias orientadas a "hacer
el bien a la comunidad" se procuran ventajas (es decir, status, poder,
prestigio,...etc.) que poco tienen que ver con los propósitos comunitarios
para los cuales existen esas organizaciones (y por eso las organizaciones son
funcionales para la movilidad social).
Aún así, estos propósitos comunitarios no carecen de importancia en la
motivación de los participantes. Es
más, la mayoría de las gratificaciones individuales que se garantizan de este
modo no se relacionan con ventajas materiales o de prestigio , o al menos no
con ventajas materiales o de prestigio o de prestigio inmediatas.
— La gente se mantiene al margen de las actividades
comunitarias y especialmente de la política.
Se suele aducir como justificación que todos los partidos son iguales y
que quienes pertenecen a ellos buscan el propio interés. Se aduce además que al pertenecer a un
partido se establece una especie de conflicto con los miembros de otros
partidos (Se podría perder clientes, por ejemplo.).
— Nadie se postula para cargos comunitarios porque se estima
que ya es bastante con las preocupaciones privadas para encima cargar con las
públicas. Además, se supone que quien
ocupa un cargo público debe soportar frecuentes exigencias de favores y
atenciones y debe dedicar todo el tiempo a atender nedesidades ajenas, dejando
de lado las propias.
— En relación con el trabajo, los individuos establecerán un
«margen discrecional de dedicación», de modo que tenderán a entregar a la
empresa lo estrictamente necesario para mantener el cargo, y considerarán
excesiva e injustificada cualquier exigencia que supere los mínimos
necesarios.
— Se supone que quienes entran en la contienda por puestos
públicos lo hacen para maximizar las ventajas personales en el ejercicio
público, o para someter a los pares.
Sin embargo, entre las ventajas obtenidas con un puesto publico, no está
el prestigio (que es inmaterial y no inmediato).
b. En una sociedad de
familistas amorales sólo los funcionarios se ocuparán de los asuntos públicos,
pues sólo ellos son pagados para hacerlo.
Cuando un ciudadano común muestra un serio interés por un problema
público, su interés tiende a ser considerado como impropio.
— El ciudadano que se interesa en problemas colectivos es
"mal visto" tanto por la burocracia competente en la resolución de
tales problemas como por sus pares. La
burocracia competente reaccionará desconociendo el derecho o autoridad del
ciudadano para elevar quejas o peticiones, porque considera que tales
intervenciones son una indebida intervención en sus competencias: una intrusión extraña en la esfera del
Estado. Esa convicción y sentimiento es
refrendada por la arrogancia de los funcionarios.
— El ciudadano individual, sin embargo, podría interesarse en
los problemas de otro individuo, sin despertar sospechas (v. gr. podría
ayudar a un trabajador anciano a obtener su jubilación). La dificultad surge cuando los problemas a
los que se atiende son colectivos.
— Los individuos no asumirán responsabilidades o roles de
servicio público porque suponen que esa es tarea de los funcionarios de la
burocracia o del Estado más en general.
En materias comunitarias, se espera que los funcionarios asuman las iniciativas
y resuelvan los problemas. Este hecho
llega al límite de que personas con prestigio ni siquiera ejercen su influencia
porque toda intervención en el ámbito de lo colectivo-público es entendido como
una intrusión en las competencias del Estado (v. gr. no se invierte en empresas
rentables económicamente y beneficiosas socialmente, porque se supone que es el
Estado el que tiene que hacer tales inversiones).
c. En una sociedad de
familistas amorales habrá muy poca vigilancia sobre los funcionarios, porque
hacerlo corresponde solamente a otros funcionarios. Análogamente, no se
desarrollará un sentido de tutela de los bienes de una institución —una
empresa, por ejemplo—, porque se supondrá que tal atención corresponde a
gerentes y propietarios.
— Los funcionarios sólo denunciarían casos de corrupción de sus
subalternos. Si los casos se producen
en otras dependencias burocráticas, aunque vinieran al conocimiento de tales
funcionarios, éstos no los denunciarían porque "no son asuntos suyos".
— Aunque sea posible probar un caso de corrupción, un ciudadano
no lo denunciaría porque probablemente terminaría siendo acusado y
víctima: no existe confianza en los
aparatos judiciales y se supone que "los corruptos" están en todas
las áreas y tienen inmenso poder para impedir las acciones de "los
honestos".
d. En una sociedad de
familistas amorales, será muy dificil lograr y mantener cualquier tipo de
organización (es decir, acción deliberadamente concertada):
i. Los incentivos
que hacen que la gente contribuya con su actividad a las organizaciones (es
decir, la identificación con los propósitos de la organización), son en grado
considerable, nada egocéntricos y a menudo son inmateriales (es decir, el interés
intrínseco en la participación como un "juego").
ii. Además, para que
la organización sea exitosa, es condición que entre los miembros exista cierta
confianza mutua y lealtad a la organización.
En una organización con alta moral de grupo, se da por descontado que
los miembros harán pequeños y hasta grandes sacrificios por ella.
— Las únicas organizaciones que existen son la Iglesia y el
Estado porque son sostenidas desde fuera; de otro modo no podrían
subsistir. Esa incapacidad para lo
organizacional obstaculiza todo tipo de desarrollo.
— La rivalidad entre los representantes de las organizaciones
bloquea las iniciativas de los mismos e impide la cooperación entre ellos. Además, si las iniciativas tienen distinto
origen y están apoyadas por alguna de las organizaciones existentes, serán
saboteadas por los representantes de las otras organizaciones.
— Los familistas amorales no desarrollan lealtad hacia las
organizaciones. Por ese motivo no
pueden constituir empresas exitosas: la
mística de la empresa se funda en la lealtad de sus empleados y en particular
a los equipos de trabajo; tales grupos
son inviables cuando la lealtad se reduce al ámbito del grupo primario de
pertenencia.
— La desconfianza entre grupos, estratos o clases sociales
impide la organización y procesos económicos más racionales. Así los individuos preferirán trabajos
anti-económicos de carácter informal (por cuenta propia) en lugar de trabajar
en grandes empresas, para evitar la relación con jefes y gerentes: ninguno piensa que los ingresos devengados
en una empresa organizada compensan el peso de la relación con los jefes (no deber obedecer a nadie, no tener que
actuar con miramientos, preocupación de perder la propia libertad, los
propietarios piensan que los obreros les roban, odio al rico que disfruta todo
el año y se acerca a la empresa a recoger sus beneficios).
e. En una sociedad de
familistas amorales, quienes ocupan cargos, al no sentir identificación con
los propósitos de la organización, no trabajarán más de lo necesario para
mantener los cargos, o (si es posible) lograr promociones. Igualmente, los profesionales y la gente
educada carecerán de vocación de servicio.
Es más, la posición lograda y el entrenamiento especial será considerado
por sus poseedores como armas a ser usadas contra otros como forma de obtener
ventajas para sí.
— Los trabajadores carecerán del sentido del deber y del
servicio. Rinden sólo el mínimo
indispensable. No partirá de ellos la
iniciativa de actualizarse o proveerse de recursos profesionales salvo en el
caso de que reciban inmediatas ventajas materiales o de prestigio. Nada se podrá esperar de ellos fuera de los
horarios o términos pautados de trabajo.
— El estudio y la capacitación son utilizados sólo para
incrementar la propia ventaja sobre los demás (desarrollo de la astucia propia
vs. ignorancia ajena).
f. En una sociedad de
familistas amorales se pasará por alto la ley cuando no haya que temer
castigos. Debido a eso, los individuos
no asumirán compromisos que dependan para su cumplimiento de procesos legales,
a menos que sea obvio que se cumplirá con la ley y sólo en el caso de que el
costo de asegurarse su cumplimiento no sea tan grande que el lograrlo sea de
muy poco provecho.
— Se da por supuesto que todo el que puede saltarse la ley, de
hecho lo hace. Se ignorarán incluso las
leyes del trabajo que regulan las relaciones con conciudadanos empleados
conocidos personalmente. Las víctimas
sólo pueden esperar justicia, si son del lugar y apelan a las autoridades, que
no impondrán la ley, sino que harán valer su "poder e influencia"
informales ante los poderosos fraudulentos.
— Con frecuencia las víctimas de la injusticia no acuden a las
autoridades por propio beneficio: las
represalias pueden ser permanentes. Es
mejor verse burlado que quedarse definitivamente sin trabajo.
g. El familista
amoral que ocupa puestos de responsabilidad aceptará sobornos siempre que pueda
hacerlo: no encontrará resistencias
internas. Pero hágalo o no, la sociedad
de familistas amorales asumirá que lo está haciendo.
— No es posible establecer el "quantum" de
corrupción, pero es evidente que todos creen que es común y que se supone que
no hay gestión pública inmune a las más variadas formas de injusticia. Se supone que los funcionarios actúan a
favor de aquellos que les hacen regalos; que los altos funcionarios obtienen
gruesas comisiones en los negocios públicos.
Soborno y favoritismo parecen a juicio de los familistas amorales,
prácticas universales, aún en el caso en que parecería dificil por los
estrictos controles externos.
h. En una sociedad de
familistas amorales, los débiles favorecerán un régimen que mantenga el orden
con mano fuerte. Un régimen
autoritario, en cuanto se supone que hace cumplir rigurosamente la ley, es
ventajoso para los débiles; a diferencia de un régimen no-autoritario, que
entre los familistas amorales se traduce en una situación en la que cada quien
trata de sacar el mayor provecho con el menor sacrificio, y en tal situación
los débiles siempre están en desventaja.
i. En una sociedad
de familistas amorales, la pretensión de cualquier persona o institución de
que su trabajo esté inspirado por el celo de servir a la comunidad y no por la
obtención de ventajas privadas, será tenida como fraudulenta.
— Si alguien se postula para cargos públicos se supone
universalmente que persigue inconfesados propósitos privados.
— Entre los familistas amorales se da la acusación universal, o
al menos la sospecha universal de hipocresía.
Tal acusación además de amarga es injusta y podría ser entendida como
expresión de sentimientos de culpa personales -por no practicar la caridad, que
sin embargo se mantiene en pie como una virtud-, y proyectados hostilmente
hacia instituciones y personas que predican y están llamadas a practicar de
algún modo el servicio coletivo.
j. En una sociedad de
familistas amorales no habrá conexión entre principios políticos abstractos (la
ideología) y la conducta concreta en las relaciones ordinarias de la vida
cotidiana.
— No deberá extrañar que los políticos de izquierda más
notables sean ricos prósperos que en cuanto particulares no toman iniciativas
en favor de la comunidad.
— La disonancia entre ideología y conducta concreta desacredita
a la ideología ante los ojos de los débiles.
k. En una sociedad de
familistas amorales lo que más se acerca a la relación de liderazgo es la
relación patrón-dependiente. Los
patrones o las personas prestigiosas pueden desarrollar una "clientela
propia" mediante pequeños favores materiales que convierten en deudora a
la clientela (deuda al menos de trato deferente). Los deudores serían en cierto modo "seguidores", pero
el "dador" no es propiamente un lider.
— Con frecuencia, los "notables" ni siquiera están
interesados en desarrollar "clientelas propias" porque las ventajas
a obtener de tal clientela no superan a los gastos e inconvenientes que supone
mantenerla.
— La clientela se revela necesaria a los "notables"
cuando están divididos en facciones competidoras o enfrentadas. Entonces, las respectivas clientelas
devienen campo de enfrentamiento y comienza a ser rentable mantenerlas y
hacerlas crecer.
l. El familista amoral utilizará su voto para garantizar la
mayor ventaja material o de prestigio inmediata. Aunque tenga ideas muy claras sobre sus intereses a largo plazo,
sus intereses de clase o el interés público, estas ideas no influirán sobre su
voto si está en juego de algún modo una ventaja material o de prestigio
inmediata pará sí o su familia.
— El familista amoral no negará su apoyo verbal a ningún
candidato que se lo pida, y sin embargo a la hora de votar lo hará por el
partido o candidato del que ha obtenido mayores ventajas materiales o de
prestigio o de prestigio inmediatas.
— La inconsistencia moral del candidato no afecta el voto si el
candidato ha prodigado ventajas materiales o de prestigio previamente y se presenta
como garantía de poder prodigarlas en el futuro.
— Los candidatos o partidos de oposición recibirán el apoyo si
llegan a convencer de que pueden realizar una obra material mayor o más rapidamente
que el partido o candidato del gobierno.
m. El familista amoral
valorará cosas que beneficien a la comunidad sólo en la medida en que él y los
suyos puedan aprovecharse de esos beneficios.
De hecho, votará contra medidas que aunque beneficien a la comunidad,
no le beneficien a él, y esto porque independientemente de que él siga en las
mismas condiciones objetivas, él se considerará perjudicado en la medida en
que sus vecinos mejoran. Por
consiguiente, es posible que medidas que decididamente benefician a la
comunidad, provoquen un voto de protesta de parte de quienes se sienten dejados
de lado en los beneficios derivables de la medida.
— La propaganda electoral acerca de inversiones realizadas y
obras cumplidas puede ser tan contraproducente cuanto sea eficaz en el caso de
que esas inversiones u obras no sean percibidas por los electores como
beneficios de los que directamente se ha beneficiado. En efecto, el familista amoral ante tal propaganda se pregunta
"¿Quién recibió los beneficios?, ¿por qué a mí no me llegó lo que en
justicia me correspondía?". La
situación se hace más compleja si se tiene en cuenta que jamás el familista
amoral considera haber recibido lo que piensa es su justa cuota de beneficios.
n. En una sociedad de
familistas amorales, los electores confiarán muy poco en las promesas de los
partidos. Utilizarán sus votos para
pagar los favores ya recibidos (suponendo que puede preverse su continuidad
futura) más que los favores que están en el estado de promesas.
— Por esto, el partido político gobernante que presenta a los
electores "obras ya realizadas" (posibles ventajas materiales o de
prestigio recibidas por el familista amoral), disfruta de una cierta ventaja
frente al partido de oposición que no puede presentar más que promesas.
— En cualquier caso, un cambio de partido o de gobernante será
evaluado en orden a su capacidad de superar a los anteriores en la concesión
de ventajas materiales o de prestigio inmediatas.
Lo anterior se
contrabalancea con el siguiente principio:
o. En una sociedad de
familistas amorales se asume que cualquiera sea el grupo en el poder, será
sectario y corrupto. Escasamente se
habrá concluído una elección cuando ya los electores estarán pensando que los
nuevos funcionarios se están enriqueciendo a expensas de quienes los eligieron
y que no tienen ninguna intención de realizar lo que prometieron. Por consiguiente, el elector orientado por
sus propios intereses, utilizará su voto no para pagar los beneficios
recibidos, sino los perjuicios; es decir, utilizará el voto para administrar
castigo.
— Incluso el elector puede castigar a un partido del que puede
esperar más ventajas que de cualquier otro, siempre que esté convencido de que
el partido ganará las elecciones a pesar de que él personalmente le retire el
voto. Esto es posible gracias al voto
secreto, que le permite saborear su venganza o sed de justicia, sin temer
represalias.
— Si muchos hacen el mismo cálculo anterior, a pesar de la
convicción de todos, el partido del que más ventajas pueden esperar perderá la
elección por vía de castigo.
p. A pesar del deseo
y la disposición de los electores de vender sus votos, no habrá maquinarias
políticas estables o fuertes en una sociedad de familistas amorales. Y esto, al menos por tres razones:
i. al ser el voto
secreto, no se puede confiar en que el elector amoral vote en el sentido que se
ha convenido.
ii. no habrán
suficientes ventajas materiales o de prestigio inmediatas que se deriven de tal
maquinaria para atraer seguros inversionistas en ellas,
iii. por lo dicho
anteriormente, será dificil que cualquier tipo de organización formal pueda
mantenerse.
— Las dádivas materiales de las campañas electorales no son
propiamente "compra de votos", sino más bien gestos de buena
voluntad de los partidos. Los
familistas amorales no negarán verbalmente su apoyo a nadie, pero no se puede
confiar en que voten como prometen, por eso ningún partido se tomará en serio
la intención de "comprar votos".
Con los "regalos de buena voluntad" se alcanzan montos
económicos triviales si se compara con lo que habría que pagar en caso de que
los electores exigieran retribución perentoria.
q. En una sociedad de
familistas amorales, los funcionarios de partido ofrecerán sus servicios al
mejor postor. Su tendencia a cambiar de
grupo político tendrá relación con los súbitos cambios en las fuerzas
proporcionales de los partidos en las elecciones.
— Los funcionarios pueden cambiar su afiliación política si el
canal de ventajas materiales o de prestigio que procede del propio partido, se
obstruye. Entonces se venderán al
partido que con más eficacia garantice la "ventaja material o de prestigio
inmediata".
Probablemente por primera vez en el país se trata de corroborar
empíricamente lo que en este estudio hemos considerados como los prerrequisitos
culturales para superar la pobreza[1].
El procesamiento de los datos recogidos por esta investigación
no ha culminado, es mucho el trabajo estadístico por hacer y aún falta mucho
por explotar de los datos recabados; sin embargo a la fecha ya tenemos las
verificaciones básicas que nos permiten afirmar positivamente la correlación de
ciertas variables que, hasta ahora, sólo podíamos mantener en el campo de las
hipótesis.
El objetivo del presente apartado consiste en mostrarle al
lector una síntesis de los principales hallazgos, orientados a soportar las
orientaciones de políticas que siguen a continuación.
Teniendo por sesgo lo señalado, este apartado mostrará dos
tipos de resultados. Primero la construcción de un conjunto de tipologías a
partir de las cuales se categoriza la población desde las variables explicadas
anteriormente. Aquí clasificaremos la población según el patrón de creencias
(Control interno vs. Control externo) y el marco de preferencias valorativas
(Moderno vs. Tradicional o Pre-moderno), según su condición de pobres o no
pobres.
El segundo conjunto de resultados refiere a la relación entre
las creencias, valores, condición de pobreza y los ámbitos axiológicos en los
que se desenvuelven los individuos categorizados. Estas relaciones entre los
aspectos culturales y los ámbitos escolares, familiares, asociativos, laborales,
religiosos y motivacionales, es crucial–para este primer informe de resultados
ya que de ellos se derivan las implicaciones prácticas que se desprenden de los
resultados obtenidos.
Hemos seleccionado a la región centro-norte costera del país
como el área geográfica a la que estarán referidos los siguientes resultados.
Este región comprende dos de los dominios de la encuesta, a saber, “Gran
Caracas” y “Región Central”, esto representa unas 6.030.015 personas mayores de
18 años que viven en esta zona del país, lo que representa el 45,42% de los
mayores de 18 años que vivían en el país para julio de 1998 (fecha de expansión
de la muestra), representados por 3.634 casos.
Evidentemente lo ideal hubiese sido presentar estos datos para
el total nacional, pero a la presente fecha esta información no esta
debidamente validada desde los procesamientos estadísticos establecidos.
Escogimos esta región del país por considerar que ésta constituye la zona más
desarrollada del país, de allí que estos deben ser los resultados más
favorables en razón de la evidente correlación entre modernidad y urbanización.
Sin embargo, esta afirmación queda sujeta al procesamiento completo de la
encuesta realizada.
Con la técnica de medición de las “Escalas de Lickert”, se
clasificó a la población entrevistada según sus creencias acerca de su nivel
(interno o externo) y tipo de control sobre la realidad, así como el tipo de
preferencias valorativas. En la tabla No. 1 se muestran los resultados
obtenidos para el ámbito geográfico “centro-norte costera”. Por los resultado
puede afirmarse que más del 80% de los venezolanos no parecen tener las
condiciones culturales requeridas por la modernidad, es decir, el 87,7% cree
que el curso de los acontecimientos le es ajeno, corresponde a una entidad
externa a el. Para el 37,1% tal carencia de control es absoluta.
Por el lado de los valores, el 86,2% deja ver preferencias
valorativas propias de la sociedad tradicional o pre moderna. Sólo el 0,4% de
los entrevistados muestran unas preferencias valorativas absolutamente
modernas; mientras que las preferencias absolutamente tradicionales alcanzan al
26,8% de los entrevistados.
Con estos resultados resulta imposible de sostener que la
cultura venezolana sea moderna, por el contrario sólo un nicho de modernidad
parece estar presente en esta zona del país y ella en ningún caso supera el 13%
de su población adulta.
Como era teóricamente esperable existe una alta correlación
entre las creencias y las preferencias valorativas, la cual para nuestro caso
alcanza el 0.351 (p=0.01)


A partir de la relación entre las dos variables que constituyen
las dimensiones culturales del problema integramos ambas con el fin de crear
una tipología de estructuras culturales que surgen de la relación de los tipos
de creencias (control interno vs. Interno) y las preferencias valorativas
(Tradicional vs. Moderno). Esto arroja una matriz 2x2 que da cuatro tipologías,
a saber:
·
Fatalistas: (78.5% del total de los entrevistados)
Aquellos individuos que tienen preferencias por valores de tipo tradicionales y
que atribuyen a situaciones no controladas por ellos la realidad que les
afecta.
·
Eclécticos: (8.8% de los entrevistados) Individuos cuyas preferencias
valorativas corresponden a sociedades modernas pero con control sobre la
realidad de tipo externa.
·
Familistas: (7.3% de los entrevistados) Son individuos
que tienen control sobre la realidad, pero sus preferencias valorativas
corresponden a patrones pre-modernos o tradicionales.
·
Racionalistas: (5.5% de los entrevistados) Es el tipo
cultural propio de los individuos que pertenecen a las sociedaes modernas, es
decir individuos con preferencias valorativas correspondientes a este tipo de
sociedades y causalidad de los hechos atribuida a ellos mismos.
En las tablas 2 y 2a. Se muestran los cruces de los cuatro
tipos culturales establecidos y el estrato socieconómico de pertenecia. Allí se
muestra el perfil cultural por estrato socioeconómico. En general la moda de la
distribución por estrato corresponde a la matriz cultural mayoritaria del país,
es decir, Fatalistas. Sin embargo, en
los sectores altos es donde tal preminencia es menor (47,3%); siendo en la
clase social más alta donde mayor grado de Racionalistas hay (26.4%). En los
grupos sociales más bajos la condición de fatalistas alcanza hasta un 90% de
los entrevistados, mientras que la condición de racionalistas es casi
inexistente (menos del 1%).
Estos resultados dan indicios de correslaciones positivas entre
los tipos culturales y la condición socioeconómica de los entrevistados. Tal
correlación es mayor para el caso de los valores (0.205) que para el caso del
control sobre la realidad (0.185), pero positiva en ambos casos.
Establecidas empíricamente las correslaciones entre las
creencias, los valores y la condición socioeconómica, pasamos a reliazar
algunas tipologías adicionales que se derivan de la combinación entre las
preferencias valorativas y la condición de pobreza de la población
entrevistada.
El cruce entre pobres y no pobres, y las preferencias
valorativas tradicional moderno nos proporciona cuatro nuevos tipos que hemos
denominado como tipología económico-cultural venezolana. Estos tipos son:
·
La Elite: que corresponde a los racionalistas que no están en condición
de pobreza (10%)
·
Los Rentistas: son individuos que carecen de los prerrequisitos
de la modernidad pero que socioeconómicamente no son pobres, en consecuencia el
origen de sus bienes materiales deben ser explicados en parte por la condición
distributiva originada en el Estado petrolero (45%). Se supone que este grupo,
bajo condiciones de competitividad tenderían a ser pobres.
·
Los Excluidos: bajo este rubro situamos al resto de los
individuos que carecen de los prerrequisitos culturales de la modernidad, pero
a su vez, se encuentran en condición de pobreza. Este sería un grupo
economico-cultural “coherente”, pero extraordinariamente grande (41%), cabría
esperar que para este grupo la condición de pobreza le es estructural.
·
Los Empobrecidos: representan el grupo más pequeño, sólo el
4% de la muestra. Se trata de individuos coyunturalmente pobres, o dicho de
otra forma, que con las oportunidades económicas a la mano tendrían las
condiciones culturales para dejar la pobreza. Probablemente se trate de
individuos que entraron en pobreza recientemente, cuestión que podremos constatar
en próximos procesamientos.


Una última tipología la establecimos a partir de la expectativa
de actuación que los entrevistados espera de los demás y de sí mismos. A partir
de situaciones imaginarias donde se sitúa a los entrevistados se clasifica a
los entrevistados en cuatro grupos posibles. Estos surgen de la combinación
entre el tipo de comportamiento declarado, para esas situaciones imaginarias,
como propias relacionadas con las que esperarían de los otros. Los cuatro
grupos son:
·
Adecuación Moderna: son individuos que se declaran con
comportamientos modernos (independientemente de los que reflejen sus
preferencias valorativas, a partir de los resultados de la Escala Lickert) y
que a su vez esperan que el resto de la colectividad actúe de modo similar a
ellos. Es la categoría que más casos concentró lo cual indica que casi un 40%
de los entrevistados espera comportarse en situación de forma moderna, al igual
que su colectividad.
·
Los Desarraigados: son la segunda categoría en importancia
(30%). Estos esperan de los otros comportamientos de tipo tradicional, mientras
que ellos lo haría de forma moderna. Cruzado con estrato socioeconómico esta
categoría la concentran los estratos altos de la población (37% para Alta y sólo
22% para el estrato en pobreza extrema).
·
Los Alienados: son individuos que esperan de los otros
comportamientos de tipo modernos pero los propios son tradicionales. Este tipo
no discrimina por grupo socioeconómico y para encontrar su explicación debemos
esperar por procesamientos de los datos más exhaustivos. En cualquier caso
parece ser una disfunción que sólo alcanza al 10% de la población entrevistada.
·
Adecuación Tradicional: es el otro tipo coherente, se evalúa a sí
mismo y a los otros en situaciones imaginarias actuando bajo pautas
tradicionales o pre-modernas. Alcanza un 19% de la población entrevistada.
En este apartado revisaremos el grado de correlación entre las tipologías
culturales construidas y las características de los entornos educativos,
familiares, asociativos, motivacionales, laborales y religiosos de los
individuos. Con estas asociaciones esperamos encontrar cuales son los ámbitos
de intervención social “más eficientes” en aras de lograr la modernización cultural
de la sociedad venezolana.
En el esquema adjunto se presentan los resultados de las
correlaciones entre las variables independientes (control sobre la realidad,
preferencias valorativas y estrato socio-económico) y las dependientes, es
decir, aquellas que indican los ámbitos.
Por los resultados de las correlaciones el principal ámbito
modernizador es la escuela medida como los años de exposición de los individuos
ella. En segundo lugar, el tipo de hogar de pertenencia del entrevistado,
caracterizado por el grado de estabilidad del hogar, raigambre familiar,etc. En
tercer lugar, el ámbito asociativo, en el sentido de la capacidad socializadora
moderna de los grupos asociativos de cualquier naturaleza (excepto los grupos
religiosos). En cuarto lugar el nivel de aspiraciones de los individuos en el
trabajo. En quinto lugar el propio ámbito laboral y por último el ámbito
religioso.
El genero no establece diferencias entre los individuos para
con sus preferencias valorativas y grado y tipo de control sobre la realidad.
La edad, aunque con muy baja intensidad, establece relaciones
inversas con las variables independientes (excluyendo el estrato de
pertenencia). Ello supondría que a mayor edad mayor control sobre la realidad y
preferencias valorativas más modernas.

El cambio modernizador de la cultura dominante en la sociedad
venezolana no se producirá espontáneamente.
La historia de los dos últimos siglos podría ser considerada como la
historia del fracaso de los sucesivos intentos modernizadores. Para que la cultura dominante en la sociedad
venezolana se modernice en plazos razonables será necesario convertir a la modernización
en el objetivo fundamental del proyecto de país para las próximas décadas.
Las intervenciones dirigidas a propiciar el cambio cultural
modernizador del país se proponen establecer y dar vigencia a las condiciones
mínimas de modernidad en los espacios públicos de la vida cotidiana de la
sociedad venezolana y reservar para el ámbito privado los modos de relación
particularista y las preferencias valorativas premodernas.
Esas condiciones mínimas de modernidad son:
a. El uso de la
racionalidad instrumental, del que depende la consideración de posibilidades y
viabilidades reales.
b. El establecimiento
de una relación con la naturaleza centrada en el sometimiento transformador mediante
la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción material.
c. El establecimiento
de una ética universalista.
d. El establecimiento
de sistemas de normas abstractas que constituyan las reglas de juego de los
espacios públicos (derecho, mercado, etc.).
Para alcanzar estas condiciones mínimas de modernidad es
necesaria la modificiación de creencias culturales básicas, y especialmente el
desarrollo de lo que hemos llamado «foco
interno de control». En otras
palabras, es necesario que los individuos descarten la convicción de que la
ocurrencia o desarrollo de cambios en la realidad que les afecta directamente
es independiente de la capacidad, voluntad y conducta propias; y que en su
lugar, se establezca la creencia de que los cambios en la realidad que les
afecta directamente dependen, al menos parcial y razonablemente, de la propia
acción.
En el caso de la cultura dominante en la sociedad venezolana, a
la creencia correspondiente al foco externo de control están asociadas otras
creencias básicas acerca de la realidad que la refuerzan y que deben ser modificadas,
entre ellas:
a. Que la sociedad
venezolana es rica por disponer de recursos naturales abundantes.
b. Que todo ciudadano
tiene derecho a disfrutar de bienestar social independientemente de sus
prestaciones a la colectividad en términos de producción y participación en la
vida colectiva.
d. Que la democracia es
un medio para alcanzar fines particulares, y no un fin en sí misma en cuanto
forma para resolver del modo más equitativo posible los conflictos de intereses
en una sociedad de masas pluralista.
e. Que el modo de
establecer relaciones equitativas en la sociedad es la intervención estatal
(democracia intervencionista) y no la acción autónoma de los actores de la
sociedad civil.
f. Que el papel del
Estado debe caracterizarse por el asistencialismo paternalista y populista, en
lugar de ser árbitro garante del orden abstracto de relaciones.
g. Que a los derechos
reconocidos no les corresponde como contraparte derechos y obligaciones
simétricos.
Finalmente, las intervenciones dirigidas al cambio cultural
modernizador tendrían que crear y rescatar instituciones —espacios públicos—
en las que los modos de valoración o preferencias valorativas se caracterizaran
por:
a. Neutralidad
afectiva en la evaluación de situaciones:
Esto quiere decir que, en los espacios institucionales, los individuos
deben someterse a una disciplina normativa que inhibe la expresión de sus
sentimientos e impulsos subjetivos y apoya el diferimiento de las
gratificaciones inmediatas en aras de gratificaciones futuras, de carácter
objetivo.
b. Principios
universalistas que trascienden el sistema particular de relaciones: Esto quiere decir que, en los espacios institucionales,
los individuos juzgan las situaciones, los objetos y a los demás actores de
acuerdo con criterios generales universalmente aplicables e independientes de
características que tengan alguna relación particular con ellos mismos.
c. Desempeño como
criterio de evaluación de los actores:
Esto quiere decir que, en los espacios institucionales, el individuo
atribuye a los demás actores un reconocimiento en base a lo que hacen o al
resultado de sus acciones. En el tratamiento
diferencial de los objetos sociales se debe dar prioridad a cualquier
realización específica (pasada, presente o futura) de los actores, antes que
a los atributos que poseen (incluyendo el status social, el hecho de ser
miembro de colectividades y el de poseer bienes).
d. Especificidad en
el ejercicio de roles: Esto quiere
decir que, en los espacios institucionales, el individuo considera a su propio
rol y a los demás actores con los que entra en relación, exclusivamente bajo el
aspecto de la relación formal o la esfera específica que se establece en el
terreno institucional, excluyendo la admisión de otros compromisos
empíricamente posibles. Este criterio
permite la neta separación entre la esfera de lo público y la de lo privado, lo
personal y lo institucional, tanto en la relación con otros actores como en el
manejo de los medios institucionales.
e. Orientación hacia
los fines colectivos: Esto quiere
decir que, en los espacios institucionales, el individuo debe actuar en función
de los objetivos e intereses compartidos con la colectividad. La orientación hacia los fines colectivos
implica la reducción del ámbito de discrecionalidad para la obtención de
ventajas privadas o particulares, sin tener en cuenta el contenido del interés,
o sus efectos sobre los intereses de los otros actores.
a. El motor fundamental
del proceso modernizador de la cultura dominante en Venezuela no puede ser un
agente externo, sino las expectativas y demandas de libertad, igualdad —los dos
componentes del proyecto democrático occidental— y equidad que son una
constante histórica y tienen cuerpo en el momento actual. Un componente del proceso de cambio cultural
deseado es la difusión de la convicción de que esas expectativas y demandas no
son viables sino a través de la modernización cultural.
b. El reiterado fracaso
histórico en el logro de las expectativas y demandas de libertad, igualdad y
equidad ha generado una desencanto que hace inverosímil la factibilidad del
proceso. Este hecho impone como
condición la creación o consolidación y mantenimiento de experiencias exitosas
de modernización que evidencien la posibilidad del proceso, lleguen a ser
«socialmente visibles» y puedan ser consideradas por la colectividad como
logros propios.
En el intento de hacer «socialmente visibles» las experiencias
exitosas de modernización es preciso modificar el estilo propio de los
gobiernos: lo que debe hacerse
«socialmente visible» no son obras materiales, sino experiencias culturales,
institucionales, organizativas, ciudadanas ;
deben ser presentadas como experiencias culminadas y no como promesas o
proyectos futuros; y debe evidenciarse
que su protagonista es la colectividad y no el gobernante o algún individuo
particular.
c. El cambio
modernizador de la cultura dominante en la sociedad venezolana, evidentemente,
implica un proceso educativo. Ahora
bien, de ningún modo debe pensarse que ese proceso educativo consiste en la
asimilación o aprendizaje de determinados contenidos. Dicho provocativamente, no se trata de
«enseñar valores». De lo que se trata
es de establecer una ética universalista y de construir órdenes abstractos de
relaciones sociales.
Toda la enseñanza de contenidos es perfectamente inútil si los
individuos no quedan incluidos en espacios institucionales que funcionan en
términos de una ética universalista y un orden abstracto de relaciones. Lo decisivo no es «lo que se enseñe»
sino «cómo se enseñe». Lo que está
en juego no son unos «valores nuevos», sino el modo de percibir los valores, su
Jerarquización en los distintos espacios —privado y público o colectivo— y las
estrategias de decisión en cada ámbito.
La escuela y toda la educación formal está perdida para el
intento modernizador si es una prolongación del mundo familístico y,
entonces, no supone una ruptura con los modos de valorar y relacionarse en el
grupo primario de pertenencia. Los
resultados de nuestra investigación evidencian que la escuela básica no altera
los modos de valorar y relacionarse propios del ámbito familista; y la única explicación verosímil es que la
escuela, independientemente de los contenidos que imparte, funciona como
prolongación de la familia. En otras
palabras, los escolares no son iniciados en un nuevo modo de valorar y
relacionarse, sino que aprenden a tener por deseable lo contrario de lo que se
hace de hecho, interiorizando probablemente la imposibilidad de lo deseado.
d. Si lo decisivo en el proceso educativo es que los individuos
sean incluidos en espacios institucionales que funcionan en términos de una
ética universalista y un orden abstracto de relaciones, el papel del Estado
como institución social es primordial.
Junto con la escuela, es la única institución de cobertura universal,
que en todas las sociedades de occidente ha jugado un papel decisivo en el
proceso modernizador.
Ateniéndonos al marco general planteado, a continuación
revisaremos las posibilidades de intervención sobre las instituciones sociales
que contribuyen a la modificación de las creencias culturales y las
preferencias valorativas observadas.
La familia es la institución que contribuye más
consistentemente a la difusión, perpetuación y reproducción de los modelos
premodernos de conducta. El aprendizaje
de los modos de valoración se produce en la primera infancia y se perpetúa a lo
largo de toda la existencia social, a menos de que otras instituciones,
distintas a la familia, hagan inviables o ineficaces los modos de valorar y las
conductas premodernas.
Los agentes socializadores en la familia son los padres y,
fundamentalmente, la madre. Hay
evidencia de que en los hogares en los que ha presencia de la imagen paterna
no se produce o es débil o intermitente, la probabilidad de que los modos de
valoración premodernos sean los definitivos es mayor.
Para la difusión de los modos de valoración modernos es
importante la presencia de la figura paterna.
El padre aporta al proceso de socialización elementos distintos a los
que aporta la madre. Concretamente nos
referimos a la racionalidad instrumental, el sentido de orden normativo, la
apertura a los espacios sociales abiertos, el sentido de responsabilidad, la
visión de futuro, el cálculo. Estos
elementos predisponen en favor de los modos de valoración propios de la
modernidad.
La conformación de la familia y la estabilidad de los vínculos
relacionales entre el hombre y la mujer son, dicho sin matizaciones,
condiciones de modernidad. La precaria
estructura familiar en condiciones de sobrevivencia conspira contra la posibilidad
de socializar en términos modernos. La
estructura familiar matricentrada reproduce los modos de valoración premodernos. La precariedad e inestabilidad de las
condiciones materiales de sobrevivencia obligan a las estructuras familiares
a adaptaciones defensivas frente a las situaciones carenciales, que tienen como
consecuencia la perpetuación de los modos valorativos premodernos.
Por este motivo, una condición para la que exista la familia
socializadora en términos de modernidad, es su mínima posibilidad
material: no es posible garantizar las
condiciones materiales mínimas de su posibilidad en esquemas económicos de sobrevivencia
que introducen en la convivencia la inestabilidad, la precariedad y la
incertidumbre.
Un bienestar material mínimo amplía las posibilidades de
estabilidad de las relaciones de pareja que es condición para la socialización
en términos modernos. Dicho de otro
modo: para que la familia pueda
constituirse en agencia socializadora de modernidad es condición previa la
superación de las condiciones de penuria propias de la marginalidad. En consecuencia, es muy escaso el margen de
intervención desde la familia para superar la cultura que reproduce la pobreza.
Reconocemos un valor especial al relanzamiento de las
instituciones del Estado como factor de cambio cultural. En las décadas de 1940 a 1970 el Estado
venezolano operó como propulsor fundamental de modernidad. El deterioro del Estado en las últimas dos
décadas ha propiciado, por el contrario, la regresión y el deterioro del
proceso de modernización.
Por lo que se refiere al Estado, el proceso histórico reciente
presenta algunas características peculiares que son relevantes a la hora de
considerarlo como institución capaz de inducir cambios culturales
modernizadores:
a. Una situación difusa
en la que los límites entre las instancias político-jurídicas y las civiles,
económicas, sociales y culturales, no son netos ni específicos. En su acción, el Estado termina confundiéndose
con la sociedad civil y con el ámbito de los intereses de los individuos; de este modo termina siendo incontrolable.
b. El surgimiento de un
Estado con vocación centralista, que se corresponde con la concentración
de recursos procedentes de la renta petrolera; y que produjo una incontrolada proliferación burocrática.
c. La dinámica
estatizante, por la cual queda distorsionada la relación entre Estado y sociedad
civil, Estado y ciudadanía. Las
relaciones entre el Estado y la ciudadanía se configuran en términos de
paternalismo clientelar, que adquiere innumerables formas concretas.
d. Otra característica
estructural es la partidización del Estado.
Los partidos políticos, en su actividad, no operan como organizaciones
portadoras de ideologías sociales y políticas, sino como mecanismos de
asignación de cargos públicos y de distribución de privilegios a costa de recursos
públicos.
e. Los centros de poder
y la dirección de la sociedad. En los
partidos se fue estratificando un sector dirigente —que no necesariamente
coincide con la dirección formal— que tiene el privilegio del ejercicio
paraestatal del poder. Estos núcleos
dirigentes se relacionan especialmente con los centros dirigentes de la
sociedad, especialmente los que representan los intereses económicos más
ligados a las políticas del Estado.
Los núcleos dirigentes, que concentran poder, tienen la
peculiaridad de no estar incrustados en las instituciones del Estado: se sitúan al margen de los mecanismos
formales de funcionamiento, aunque ejercen su acción a través de ellos —de las
instancias Estatales—.
A estos núcleos de poder paraestatal no les interesa la
institucionalización, pues de esa manera el poder tendría que ser ejercido
desde los órganos regulares del Estado, y se verían obligados a hacer valer
sus influencias a través de mediaciones más complejas. No les interesa la institucionalidad porque
de esa manera perderían el poder que ostentan.
f. Independientemente
de la conciencia que hayan tenido los actores, el Estado venezolano no surgió
con la vocación original de administrar los recursos colectivos en términos de
servicio a la ciudadanía, sino como mecanismo para el «reparto del botín»
constituido por la renta petrolera.
Por este motivo, la corrupción administrativa es un componente
estructural del Estado venezolano: no
funciona ni produce los resultados elementales esperables sino mediante
mecanismos viciosos.
g. Con el paso del
tiempo se ha producido la descomposición interna del Estado, que se manifestó
hace un par de décadas en la incapacidad para gerenciar los recursos
abundantes frente a los problemas y demandas sociales crecientes, y en los
últimos años, en su déficit crónico, el deterioro general de los servicios
públicos, y su progresiva desintegración institucional.
h. Paralelamente se
produjo el desgaste del liderazgo fáctico, que devino rentista-intermediador: su poder consiste en la capacidad para administrar
su capacidad de intervención personal y burocrática en el Estado.
i. El problema real no
es que el Estado omnipotente aplasta a la sociedad civil, sino que independientemente
de sus dimensiones, el Estado venezolano es muy débil y no es el centro del poder,
sino del reparto particularista de ventajas.
j. Toda política
pública es el resultado de negociaciones dentro del Estado y fuera del él, y
por lo tanto, siempre expresa las fuerzas sociales que se debaten. Pero en el estado venezolano, a la dinámica
natural se añade una serie de cortocircuitos administrativos generados por la
alta concentración de decisiones en el mismo nivel, y por el hecho de que
los resortes reales del poder están en el núcleo político-económico
descrito. En estas condiciones, las
políticas públicas no pueden resultar sino contradictorias, tardías, poco
fundamentadas y determinadas fuera de los mecanismos que teóricamente deberían
concebirlas y desarrollarlas.
El problema es el siguiente:
los modos de relación premodernos, al extenderse hasta los espacios
colectivos-sociales, imponen su lógica, dando lugar a formas
institucionalizadas de injusticia; las
relaciones cristalizadas entre el Estado y la sociedad civil venezolana,
desconocen la dignidad y la capacidad de los individuos y organizaciones,
propiciando actitudes y comportamientos pasivos, clientelares, paternalistas,
que además de ser formas de institucionalización de la injusticia, son
indignos de la condición humana personal;
las vocaciones centralista, clientelar y partidizada del Estado venezolano,
atentan contra la dignidad de las personas y consagran injusticias sociales.
Para que el Estado venezolano actúe como institución
modernizadora será precisa una profunda reforma que rescate y cree espacios públicos
—institucionales— en los que se haga realidad una ética universalista y un
sistema de relaciones abstractas con la ciudadanía.
La Reforma del Estado venezolano de ningún modo puede
reducirse a la reforma de la burocracia pública: de lo que se trata es de reformar toda la sociedad venezolana,
incidiendo en ella desde las instituciones del Estado. Lo que se pretende es que las instituciones
del Estado puedan funcionar como palancas movilizadoras de toda la sociedad.
Para obtener ese efecto final, se ha definido un conjunto de
«líneas maestras» en las que se hacen manifiestos los ambiciosos alcances de
la Reforma
a. Las reformas
políticas: Dirigidas a elevar
sustancialmente la calidad de la representación y la participación en el sistema
político. Se persigue el desarrollo de
la condición ciudadana y la corrección de la distorsionada relación entre el
Estado y la ciudadanía, así como los excesos de algunas instituciones. El lineamiento más general es el de
rearticular la relación entre el Estado y la ciudadanía y mejorar la calidad
del liderazgo nacional.
b. La
descentralización: Que pretende profundizar
la democratización de la gestión pública y hacer más eficiente el funcionamiento
del Estado. La concentración política y
administrativa actual anula la efectividad de la labor Estatal. La descentralización, por otro lado, es la
expresión territorial de la redistribución del poder social.
c. Fortalecimiento
del Estado de Derecho: Que persigue
la garantía real de las libertades y de que cada agente social pueda contar
con un horizonte confiable para sus actividades y relaciones. La democracia no es real si cada ciudadano
individual no dispone de la garantía efectiva de estar tutelado y protegido
por el Estado de toda arbitrariedad, ya sea procedente de otros individuos,
ya lo sea de las instituciones del Estado.
Efectos del fortalecimiento del Estado de Derecho son el estímulo y legitimidad
de la iniciativa libre del ciudadano y el sometimiento al cauce de la
institucionalidad de organismos e individuos representantes del Estado.
d. Profesionalización
y des-partidización de la función pública: Se pretende que la función pública responda a criterios fundados
en el mérito, antes que a los criterios clientelares, partidistas,
sectoriales o grupales.
La descomposición interna del Estado ha tenido un efecto
ideológico correlativo: la visión del
empleado público como superfluo (perfectamente prescindible porque su cargo no
respondería a criterios objetivos de necesidad social, sino a favores particulares
clientelares-partidistas), ineficiente y corrupto. A semejante visión le corresponde la experiencia subjetiva de parte
del empleado público.
Para contrarrestar estos males se proponen dos horizontes: la profesionalización de la carrera pública
y la neta separación entre el funcionamiento de la administración pública y
las relaciones de poder partidista.
e. Desarrollo de las
capacidades del Estado para formular políticas públicas: Con ello se persigue dotar al Estado de lineamientos
estratégicos para el desempeño de sus actividades clave para beneficio de la
ciudadanía, en áreas como la económica, la social, la educativa, la
científico-tecnología y la cultural.
Es preciso implantar la convicción de que el Estado no es el
ejecutor universal de la sociedad, sino que su papel se cifra primordialmente
en la formulación de estrategias, es decir, en el diseño del proyecto de
sociedad que deseamos, y en la convocatoria y construcción de los consensos sociales
en torno a tal proyecto y estrategias.
Como he indicado, la reforma del Estado es el impulso inicial
de una modernización radical de toda la sociedad venezolana. En otras palabras, el contenido último de la
Reforma pretende que construyamos una sociedad que funcione «según la razón»,
que es punto de encuentro universal de todos los hombres. Los criterios fundamentales que orientan esa
transformación son los siguientes:
a. La
institucionalización del Estado:
que persigue el paso de un Estado fragmentado a un Estado coherente.
Promover un Estado eficiente, con objetivos y metas claras,
capaz de disponer de los mecanismos adecuados de decisión, de ejecutar con el
mínimo costo económico y social, y de evaluar sus acciones.
No sólo es un problema de coherencia y eficiencia
administrativa, sino de institucionalización:
el poder debe estar donde la Constitución y las leyes lo determinan, y
no donde los poderes fácticos particularistas lo mantienen secuestrado.
Para lograr la institucionalización del Estado es necesario
promover el Estado del Derecho. El
Estado de Derecho se fortalece, en primer lugar, con la vigorización del poder
judicial, pero además con la corrección de las arbitrariedades y discrecionalidad
en todas las ramas del poder público.
b. El
fortalecimiento de la organización ciudadana.
El único modo de neutralizar o equilibrar la concentración del
poder es con el contrapeso de la presencia ciudadana.
c. Descentralización
del Estado y de la sociedad.
Crear instancias de participación democrática más extendidas y
gobernables e impulsar la descongestión del Estado y permitir su eficiencia. Surgimiento de nuevos liderazgos. Poner al estado al servicio de la gente.
d. La transformación
del papel de los partidos políticos.
Superación de la condición clientelar que les sustenta como
organizaciones de masas: no pueden
ser mecanismos privilegiados para llegar al Estado ni para obtener de éste lo
que por las vías normales e institucionalizadas se hace imposible. Democratización interna y calificación de su
liderazgo.
e. Emergencia de un
liderazgo alternativo.
El proceso de descentralización del poder ha abierto el paso a
un nuevo liderazgo político que emerge de las regiones y se edifica en la
gestión local exitosa. Por primera vez
en la historia democrática de Venezuela aparece un liderazgo real que no debe
su existencia ni sus posibilidades a las cúpulas de los partidos políticos
tradicionales.
f. La planificación
como instrumento para superar la fragmentación del Estado.
Es un proceso político para lograr la convergencia y el compromiso
de los diversos sectores y agentes económico-sociales.
g. Definición de los
grandes objetivos nacionales.
Centrar el papel del Estado en la precisión de los objetivos
esenciales de la sociedad, y no implicarse directamente en el plano micro-social.
h. Precisión de las
fronteras entre el sector público y el privado.
El problema del Estado venezolano no es el exceso de poder,
sino precisamente su carencia y falta de institucionalidad.
La privatización no debe plantearse como reducción del poder
del Estado, sino como descarga o alivio de actividades que no se corresponden
con su naturaleza.
El presupuesto para la acción modernizadora del Estado consiste
en que dé claras señales de una ruptura con el ámbito familístico de las
pertenencias primarias y exija del ciudadano la adaptación a normas y
procedimientos abstractos, objetivos y universales. Tiene que ser evidente que actuar siguiendo las pautas de la
modernidad produce dividendos al individuo;
además, tiene que ser claro que la impunidad de conductas premodernas no
es posible.
El Estado venezolano es la institución que posee, pese a su
deterioro interno, mayor cobertura y contacto con el ciudadano. En el futuro inmediato, es evidente que
seguirá siendo una institución fundamental de la sociedad. La modernización del Estado y la
recuperación de su eficiencia en sus funciones básicas, es un componente
fundamental de la superación de los modelos familistas de relación de los
individuos con «lo público».
Aparte del Estado, la otra institución social que posee
inmediata capacidad de incidencia en los procesos socializadores es la
escuela. La experiencia de los países
desarrollados y de los adelantos de la modernización en sociedades
subdesarrolladas no dejan duda acerca del aporte decisivo de los procesos de
la educación formal en la superación de los modos valorativos premodernos.
El hecho empírico más importante revelado por la investigación
en relación al papel del sistema educativo es el siguiente: la escuela básica venezolana —al menos
nueve años de exposición de los individuos a la acción educativa—, es ineficaz
en orden a la socialización en los modos valorativos y modelos de conducta
modernos. La asimilación de los modos
valorativos modernos se alcanza sólo entre los que culminan la educación
secundaria. El dato es importante si se
tiene en cuenta que el 60% de la fuerza de trabajo del país no ha superado la
escuela básica.
La deserción escolar se acentúa definitivamente al final de la
educación primaria —al concluir sexto grado—, y es de origen social: los niños abandonan la escuela porque el
costo de oportunidad de su permanencia en la escuela es mayor que el implicado
en la deserción, que les libera para el ingreso en el sector informal de la economía. Desde otro ángulo, se puede decir que sólo
quienes disfrutan de condiciones materiales que no conspiran en favor de la
deserción, en sus familias, culminan la educación secundaria y tienen
posibilidades de asimilar en el último segmento de la educación secundaria, los
modos de valoración propios de la modernidad.
Los docentes parecen perpetuadores de los modos de valoración y
los patrones de conducta premodernos.
La educación de los nuevos miembros de la sociedad está confiada a
docentes que reproducen el pasado.
Las intervenciones en el sistema educativo podrían orientarse
en las siguientes direcciones:
a. Reducción
drástica de la deserción escolar al final de la primaria mediante
estímulos económicos —que hagan rentable estudiar y dejen en desventaja a la
oportunidad de desertar— y refuerzos pedagógicos (que se le vea el queso a la
tostada de la escuela). La permanencia
en el sistema educativo tiene que verse como productora de ventajas económicas.
b. Hacer que la escuela
básica socialice para la modernidad.
Un hallazgo empírico sorprendente indica que al final de la escuela
básica, después de nueve años de exposición al sistema de educación formal, los
alumnos no presentan diferencias significativas en sus creencias básicas ni en
sus pautas valorativas respecto a quienes no han recibido educación
formal. Los diferencias significativas
aparecen sólo entre quienes han concluido la educación secundaria. Es necesario que la escuela básica socialice
para la modernidad; en otras palabras,
la experiencia escolar debe establecer una discontinuidad real en materia de
creencias y pautas valorativas respecto al hogar familiar, dominado por los
modos premodernos. Y esto implica la revisión
de los contenidos de la enseñanza, la capacitación de los docentes y la
reforma de las reglas de juego en la escuela.
De nuevo, lo que ha de pretenderse es que la escuela se convierta en un
espacio en el que tenga vigencia una ética universalista y se establezca un
sistema de relaciones abstractas, no sólo entre docentes, administradores y
directivos, sino entre estudiantes y con toda la comunidad educativa.
Los cambios pertinentes en los modos de evaluación o
preferencias valorativas señalados son la pauta para la creación de tales
espacios. Nunca se insistirá
suficientemente en que estos cambios en las «reglas de juego» son mucho más
importantes que los cambios en los contenidos materiales de la educación.
c. Orientación de la
escuela hacia el mercado de trabajo. Es
un hecho reconocido la desvinculación del sistema escolar venezolano del
mercado de trabajo. Para las familias
pobres, una prolongada escolaridad de los hijos equivale a altos costos de todo
tipo, que culmina sin la adquisición de ninguna destreza o habilidad específica
que permita la inserción inicial en el mercado de trabajo. La consecuencia más probable de esta
desvinculación es la deserción precoz —al inicio de la adolescencia— o la no
prosecución de estudios al final de la educación media y, en ambos casos, la
incorporación del joven al mercado informal del trabajo. Parece conveniente, al menos para las
escuelas que atienden a la población pobre, que el programa escolar se
complemente con la capacitación técnica para el trabajo de modo que, al concluir
la educación básica, los alumnos estén en capacidad de insertarse en el mercado
de trabajo, provistos de alguna capacidad y calificación técnica.
Las asociaciones voluntarias desempeñan un papel importante en
la tarea socializadora en orden a la modernización. Los individuos con experiencia en asociaciones y organizaciones
ciudadanas desarrollan capacidades como:
a. Compartir objetivos
o fines comunes, distintos de los intereses particulares, además de la capacidad
para jerarquizar en espacios públicos dando prioridad a los intereses
colectivos sobre los individuales o particulares.
b. Dividir socialmente
el trabajo colectivo y compartir tareas en equipo.
c. Asumir normas abstractas-universalistas de funcionamiento.
Es fácil apreciar que estas capacidades están vinculadas con
las condiciones de modernidad mínima que hemos enunciado.
El surgimiento y conservación de asociaciones voluntarias de ciudadanos
probablemente es un proceso que sería automáticamente estimulado si se produce
la reforma del Estado y un incremento sensible de su eficiencia funcional. Las mismas asociaciones u organizaciones
ciudadanas tendrían además un papel no desdeñable como grupos de presión sobre
la burocracia estatal en orden a su modernización.
Para cumplir con el propósito modernizador de la sociedad —más
allá de la socialización modernizadora de sus propios miembros—, las asociaciones
de ciudadanos tendrían que contar con capacidad de presencia en los Medios de
Comunicación Social, de convocatoria para movilizaciones de demostración y de
acción ante el sistema de justicia.
Las asociaciones de ciudadanos corren tres riesgos que deberían
ser neutralizados: en la medida en que
sus miembros y sus planteamientos sean culturalmente modernos podrían generar
disonancia con el entorno y no llegar a captar voluntades; reeditar los modos particularistas de
relación para asegurar el apoyo político y la eficacia de sus presiones; y, que
probada su capacidad de presión, incurran en reivindicacionismo, al modo de
los gremios de la Venezuela rentista.
Entre los resultados más llamativos de la encuesta realizada
está la escasa contribución a la modernización cultural de obreros y empleados
tanto en el sector público como en el privado.
La cuarta parte de la fuerza laboral es empleada por el sector público y
dos tercios de la fuerza laboral del sector privado se ubica en el sector de servicios
y comercio.
La mitad de la fuerza laboral del país se ubica actualmente en
el sector informal de la economía. La
mayor parte del empleo en el sector informal está constituida por empleos
precarios. Las posibilidades de
incidencia directa a través de la organización económica se reducen mucho
fuera del sector formal de la economía.
Sólo se descubren diferencias significativas en la fuerza
laboral de las grandes empresas privadas:
sus empleados y obreros, en conjunto, aparecen como culturalmente más
modernos que el resto de la fuerza laboral.
Esta diferencia, en principio, debe ser atribuida a que la complejidad
propia de las grandes empresas exige un orden de relaciones más racional y
abstracto que el que posiblemente se mantiene en medianas y pequeñas empresas,
y a que, probablemente, sólo las grandes empresas hacen inversiones
significativas en la capacitación de su personal.
El análisis preliminar de los datos hace pensar que la pequeña
y mediana empresa, lejos de modernizar a la fuerza laboral, funciona como prolongación
de los contextos familistas y particularistas de pertenencia primaria. Algo semejante hay que decir del empleo
público.
Lo señalado en relación con la reforma del Estado: la profesionalización y des-partidización
de la función pública, el fortalecimiento del Estado de Derecho, la
institucionalización del Estado, y la precisión de las fronteras entre el
sector público y el privado, son, sin duda, elementos de socialización
modernizadora de la fuerza laboral empleada en el sector público.
En relación con el empleo en el sector privado, y especialmente
en relación con pequeñas y medianas empresas, aparte de la creciente
racionalidad requerida para la competencia en mercados abiertos y en la
economía global, que probablemente tiene efectos socializadores modernos,
podría pensarse en formas de incidencia indirecta, a través del
condicionamiento del crédito al cumplimiento de pautas institucionales de
organización y al sometimiento a programas de capacitación técnica y administrativa.
Parece pertinente preguntarse hasta qué punto las regulaciones
laborales proteccionistas actúan como refuerzo de los marcos culturales
premodernos, y consecuentemente, si de una progresiva liberalización del
mercado laboral cabe esperar cierta modernización cultural de obreros y
empleados.
Del mismo modo, habría que preguntarse si en el contexto de la
cultura dominante en la sociedad venezolana el planteamiento de los nuevos
estilos gerenciales —en ruptura con las estructuras jerárquicas piramidales y
el énfasis en los aspectos formales de la organización—no requiere una
particular cautela para evitar su re-conversión a los modos premodernos de relación
y valoración.
Cuestiones de América Nº
12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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[1] Para una revisión de los
aspectos técnicos del estudio de campo realizado, véase el documento No. 12 de
la presente colección.