Cuestiones de América
Buscando el dominio
desesperadamente
William D. Hartung *
La política exterior agresiva y unilateral ejercida
por George W. Bush,
refleja actitudes
imperiales sin control que no se veían desde el auge del periodo de
intervencionismo directo estadunidense en América Latina, a
pricinpios del siglo xx. La nueva “doctrina de previsión” sostiene que
Estados Unidos se reserva el derecho de atacar a cualquier nación que pueda tener la intención
de dañarlo, aunque no haya una agresión inminente de por medio.
GUERRA NO DECLARADA CONTRA NORMAS INTERNACIONALES
El gobierno de George W.
Bush ha adoptado una
política exterior agresiva y unilateral que refleja actitudes imperiales sin
control que no se veían desde el auge del periodo de intervencionismo directo
estadunidense en América Latina, a principios del siglo xx. En esta ocasión,
sin embargo, el objetivo primordial de la política estadunidense es establecer
dominio en una escala global más que regional, y se busca en un mundo de armas
nucleares en el que la acumulación de armamentos o un mal cálculo militar
pueden conducir a una destrucción sin precedente.
Bajo el disfraz de “modernizar”
las fuerzas y la estrategia militar estadunidense, los creadores de las
políticas del gobierno de Bush han lanzado una guerra no declarada contra las
normas internacionales y la Constitución de su propio país. De la evasión del
Tratado de Misiles Antibalísticos a la apertura de una vía a la militarización
del espacio y la declaración de una doctrina de “golpear primero” que demanda
acción militar estadunidense para derrocar regímenes que el presidente de
Estados Unidos considere amenazantes, el gobierno ha actuado sin miramientos
para destruir todo obstáculo a su intervención militar.
En consonancia con su deseo de
máxima libertad de acción, el gobierno de Bush ha dejado de poner el énfasis en
las alianzas formales y los acuerdos bilaterales a favor de lo que el secretario
de la Defensa, Donald Rumsfeld, ha descrito como “coaliciones rotatorias”,
compuestas de naciones que reciben ayuda y armas estadunidenses a cambio de dar
apoyo a los objetivos militares de corto plazo de Washington. Al mantener el
enfoque en la fuerza militar como herramienta básica de la política exterior,
el gobierno de Bush se ha embarcado en la mayor acumulación de poderío militar
desde la era Reagan, adquiriendo desde barcos y aviones de combate de la época
de la guerra fría hasta los llamados sistemas transformables, como son
vehículos aéreos no tripulados y armas nucleares de bajo impacto.
“Dispara primero, pregunta
después”
En un discurso pronunciado en
junio de 2002, en West Point, el presidente Bush reveló la nueva “doctrina de
previsión” de su gobierno, la cual sostiene que Estados Unidos se reserva el
derecho de atacar a cualquier nación que pueda tener la intención de dañarlo,
aunque no haya un ataque inminente de por medio. Al parecer esta política fue
diseñada para racionalizar la presunta invasión de Irak, una vez que los
esfuerzos de vincular a Bagdad con los atentados del 11 de septiembre o con
algún otro plan específico de atacar a EU resultaron infructuosos. Pero
evidentemente va mucho más allá.
La nueva planificación del
Pentágono considera el rápido desarrollo de novedosos sistemas, como un misil
hipersónico Mach-10, que puede ser enviado desde el espacio contra blancos
situados en cualquier lugar de la Tierra en cuestión de minutos, después de que
se tome la decisión de atacar.
Si bien ya antes Washington se
ha embarcado en ataques de “previsión”, desde la invasión de Panamá en 1989,
hasta los actuales bombardeos contra Irak, la doctrina de Bush busca elevar
este concepto de táctica ocasional a principio rector de la política exterior
estadunidense. Además, no hay límites establecidos al nuevo énfasis en este
tipo de ataques, los cuales podrían involucrar cualquier cosa, desde un “cambio
de régimen” hasta un ataque nuclear sobre instalaciones donde se presuma que se
fabrican armas químicas o biológicas.
El probable efecto lateral de
esta doctrina será legitimar la noción de golpear primero, e incrementar la
posibilidad de que una nación que tema una agresión estadunidense busque
golpear antes a las fuerzas o los intereses estadunidenses, de manera abierta o
encubierta. La noción de atacar a otra nación sólo en legítima defensa,
principio bien establecido del derecho internacional que ya ha sido bastante
violado de por sí, se vería seriamente socavada si la doctrina de prevención se
vuelve un componente duradero de la política exterior de Washington.
El retorno de los guerreros
La doctrina nuclear del
gobierno de Bush representa una enorme desviación de las políticas de los
gobiernos posteriores a la guerra fría, tanto demócratas como
“republicanos. Existen tres aspectos particularmente problemáticos en esta
doctrina. En primer lugar, expande la lista de objetivos nucleares del
Pentágono al requerir detallados planes de contingencia para atacar una amplia
gama de adversarios potenciales, sea que posean armas nucleares o no. China,
Irak, Libia, Corea del Norte, Rusia y Siria se mencionan explícitamente en la
revisión de esta postura, pero no necesariamente son los únicos blancos.
En segundo lugar, el enfoque de
Bush amplía las circunstancias bajo las cuales se consideraría emplear armas
nucleares mucho más allá de situaciones en las que estuviera en riesgo la
supervivencia de la nación, por ejemplo en represalia a un ataque químico o
biológico, una agresión de Irak a Israel o a alguno de sus vecinos, un ataque
de Norcorea a Sudcorea, un conflicto militar sobre el estatus de Taiwán o
incluso en respuesta a “acontecimientos militares sorpresivos”.
En tercer lugar, el gobierno
considera la creación de una nueva generación de armas nucleares más
“utilizables”, que irían desde sistemas de bajo impacto diseñados para usarse
contra búnkers subterráneos, hasta cabezas nucleares que pueden insertarse en
interceptores de misiles basados en tierra, como parte del sistema misilístico
múltiple de defensa.
Junto con estos cambios, el
gobierno de Bush busca construir un sistema misilístico de defensa que
incorporaría interceptores basados en tierra, en el mar, en aviones y a la
larga en el espacio exterior. Si bien los funcionarios de Washington dan con
frecuencia la impresión de que este sistema tiene el objetivo de defender al
país de un ataque no provocado con un misil balístico de largo alcance, en la
práctica su uso más probable sería como respaldo a un primer golpe estadunidense
contra un Estado armado con misiles balísticos y cierta clase de armas de
destrucción masiva (nucleares, químicas o biológicas). El sistema misilístico
de defensa tendría la tarea de interceptar cualquier clase de misiles
balísticos que no fueran destruidos por Estados Unidos en el ataque inicial.
Con frecuencia se alude a esta secuencia potencial de acontecimientos con el
eufemismo de que es una forma de “preservar la libertad de acción”
estadunidense en un conflicto regional que involucrara a Norcorea, Irak o a
cualquier otro Estado que pudiese contar con armas nucleares, dando a
Washington la capacidad de destruir los misiles del adversario en el contexto
de una acción militar contra Estados Unidos.
Hasta cierto grado, los
peligros de la doctrina nuclear de Bush han sido oscurecidos por la publicidad
dada al acuerdo sobre armamentos que signaron Bush y Putin en mayo de 2002,
conforme al cual Washington y Moscú han acordado retirar más de dos tercios de
sus armas nucleares estratégicas de su emplazamiento activo. Por desgracia,
este acuerdo está tan lleno de cabos sueltos que es más probable que estimule
el desarrollo de armas nucleares en vez de reducirlas.
Compra de accesos y aliados
La preferencia del gobierno de
Bush por las soluciones unilaterales -lo, en el mejor de los casos, coaliciones
multilaterales ad hoc en las cuales EU tome todas las decisiones claves-
plantea un serio desafío a su ambiciosa estrategia global: cómo puede
Washington ejercer influencia en cada rincón del globo sin recurrir a un
incremento masivo del personal militar. Hasta ahora, la
solución ha sido dotar pródigamente de armas, ayuda y entrenamiento a los
aliados de momento a cambio de su apoyo para lograr los objetivos
estadunidenses.
Desde el 11 de septiembre,
Estados Unidos ha ofrecido armas y adiestramiento a India, Pakistán, Yemen,
Katar, la ex república soviética de Georgia, Uzbekistán, Tadjikistán, Filipinas
e Indonesia, basado en el papel que pueden tener en el combate al terrorismo
dentro de sus propios países o en sus vecinos. Como resultado, el gasto en
ayuda militar se ha incrementado 28 por ciento del año fiscal 2001 a 2002,
mientras que los fondos para el adiestramiento de fuerzas militares extranjeras
ha aumentado en más de un tercio. Además del valor que un acuerdo armamentista
o misión de entrenamiento en particular pueda tener para combatir a Al Qaeda o
cualquier otra “red terrorista de alcance global”, como las describió el
presidente Bush, también puede servir como forma de asegurar acceso a
instalaciones militares (Filipinas, Uzbekistán, Tadjikistán, Katar) o de
desarrollar relaciones con fuerzas militares en regiones de interés (Yemen,
Georgia) y facilitar una invasión.
Esta política de cambiar ayuda,
armas y entrenamiento por acceso e influencia fue también seguida durante los
gobiernos de George Bush padre y de Bill Clinton, pero el actual gobierno ha
sido más dinámico en reabrir o expandir relaciones de aprovisionamiento con
naciones que tienen historiales cuestionables en derechos humanos, como Uzbekistán
e Indonesia. También ha realizado considerables envíos secretos de armas a
“señores de la guerra” en Afganistán, primero como forma de presionar al
Talibán y luego a cambio de asistencia en rastrear operativos talibanes o de Al
Qaeda. Aliados estadunidenses y funcionarios a cargo de la ayuda en Afganistán
han sugerido que ésta continúa y el envío de armas está incrementando el
poderío de incontables “señores de la guerra” a costa del vacilante gobierno de
coalición afgano, pero hasta ahora estas advertencias han encontrado oídos
sordos en Washington.
Prevención, no previsión
En vez de promover una doctrina
de “previsión” que avivará la tensiones globales e incrementará la probabilidad
de conflicto, la política estadunidense debería basarse en prevenir la
propagación de armas de destrucción masiva y reducir la probabilidad de
conflicto. Esto requerirá del uso de muchas de las herramientas diplomáticas,
económicas y políticas que el gobierno de Bush ha hecho a un lado en su
insensata búsqueda de la superioridad militar permanente.
Una estrategia preventiva debe
empezar con un compromiso de sujetarse a los tratados multilaterales vigentes
diseñados para detener la propagación de armas nucleares, biológicas y
químicas.
Estados Unidos debe también
usar sus considerables recursos políticos y financieros para ayudar a
fortalecer la revisión, verificación y aplicación de estos acuerdos. En
cumplimiento con su obligación de dar pasos urgentes para eliminar su arsenal
nuclear, conforme a los términos del Tratado de No Proliferación Nuclear, Bush
y Putin deben acelerar la reducción de sus armamentos nucleares, y
complementarla con un acuerdo vinculatorio de destruir todas las cabezas
nucleares no emplazadas y otros materiales, tan pronto sea posible.
Para cortar el flujo de armas y
de tecnología armamentista a redes terroristas como Al Qaeda, el gobierno
estadunidense debe encabezar los esfuerzos para volver a regular la economía
global a fin de frenar el lavado de dinero, perseguir a las empresas
ilegales de corretaje y transporte, y promover acuerdos regionales e
internacionales que limiten el tráfico de armas ligeras. Estos pasos requieren,
con justa razón, revertir por completo la ideología unilateral del gobierno;
los acuerdos amplios de cooperación tienen mucho más probabilidades de promover
el avance en la eliminación de armas letales que las amenazas militares
lanzadas sin ton ni son.
Como primer paso hacia la
desmilitarización de la política exterior estadunidense, una estrategia
preventiva restructuraría las fuerzas armadas de Washington a fin de que puedan
combatir en un conflicto de proporciones mayores, pero también de participar en
operaciones para mantener la paz. Hoy que el gasto militar consume más de la
mitad de las asignaciones presupuestales discrecionales, este cambio de
estrategia también liberará fondos para la educación, la protección ambiental,
la vivienda, el transporte y otros componentes necesarios de una sociedad
fuerte y resistente. En paralelo a los recortes del gasto militar, debe intensificarse
la diplomacia bilateral y multilateral en asuntos tales como lograr la
suspensión de los programas nucleares y de misiles balísticos de Norcorea y
mantener las tecnologías militares peligrosas fuera del alcance del régimen de
Saddam Hussein en Irak.
Por último, como inversión en
la estabilidad global, Estados Unidos debe recortar de 7 mil a 8 mil millones
de dólares por año en sus programas de subsidio a las exportaciones de armas,
mientras eleva la ayuda no militar al exterior de 0.1 a 0.7 por ciento del
producto interno bruto.
* La Jornada, México,
11 de septiembre de 2002. Hartung es director del Centro de Recursos del
Comercio de Armas y miembro titular del Instituto de Políticas Mundiales de la
Nueva Escuela de Nueva York. Traducción: Jorge Anaya.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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