Cuestiones de
América
EU: ¿Superpotencia
para rato?
lucía luna/apro *
Parece ya un lugar común hablar de Estados Unidos
como la potencia única y hegemónica del momento. Sin embargo, pocas veces como
en esta última semana se ha plasmado con tanta nitidez el papel dominante que
Washington juega a nivel mundial, desde el fin del bipolarismo. Por una parte
la administración de George W. Bush discute si atacar a Irak sola o acompañada
y, por la otra, se abstiene de participar en la llamada Cumbre de la Tierra, en
Johannesburgo, porque no está dispuesta a contraer ningún compromiso que afecte
sus intereses.
En ambos casos, muchos países y cientos de millones
de vidas humanas están en juego. Si se ataca a Irak, Medio Oriente y buena
parte de Asia Central podrían incendiarse. Focos de ignición ya hay muchos
encendidos y no parece que los guerreros de Washington piensen en apagar unos
antes de encender otros. Por lo que toca al desarrollo sustentable de la
Tierra, es decir, la armonía entre mercado y medio ambiente, los paladines del
“big business” no están dispuestos a ceder un ápice. Aunque representen al país
más contaminante y depredador del planeta, ya lo dijo George W. el año pasado,
al negarse a firmar el Protocolo de Kyoto: “Estados Unidos no va a hacer nada
que afecte su modo de vida”. Aunque afecte el de otros; y háganle como quieran.
Para muchas naciones y sobre todo para América
Latina, esta actitud soberbia, intervencionista y avasalladora no es nueva, por
lo que, probablemente, ni siquiera noten la diferencia. Pero lo novedoso es
que, derrumbados los otros contrapesos, este mismo modelo se está extendiendo a
nivel mundial. Tanto, que los expertos en el tema se afanan en definir si se
trata de un nuevo “imperio global”, una “superpotencia” o una “hiperpotencia”.
Nadie, en todo caso, cuestiona que sea la única, absoluta y todopoderosa
potencia de la actual coyuntura histórica y que su dominio se avizora para
largo.
Cuando mucho –y es lo que se ha ventilado en los
últimos días– el planteamiento es si a pesar de su poder, el imperio debe
buscar consensos para sus acciones en el exterior o actuar, con la preeminencia
de su fuerza, en forma unilateral. Esto y no una simple pugna entre “halcones”
y “palomas” en el gabinete de Bush es lo que está en juego. Es decir, si
Estados Unidos, con ese poder indiscutible que ahora tiene, habrá de
convertirse en un verdadero líder mundial o en un vulgar tirano que abusa de su
fuerza, sólo que ahora a nivel global.
Sobre este dilema, los profesores Stephen G. Brooks
y William C. Wohlforth, del Departamento de Gobierno del Dartmouth College,
publican un interesante artículo en la edición julio/agosto de la revista Foreign
Affairs. Titulado “La primacía (norte) americana en perspectiva”, el texto resulta
particularmente ilustrativo, porque no se basa en certitudes morales, políticas
o ideológicas sino expone el conjunto de variables objetivas que colocan a una
nación en una posición de poder y en este caso, a Estados Unidos, de poder
absoluto.
El planteamiento de una única superpotencia y de un
mundo unipolar, recuerdan los académicos, lleva ya años y no ha logrado un
consenso ni siquiera dentro de la propia Unión Americana, aunque en los hechos
se caminara aceleradamente hacia allá. Pero, si a nivel teórico no se ha
llegado a conclusiones acordes, los atentados del 11 de septiembre y la
respuesta que la administración Bush les ha dado hasta ahora, sólo han servido
para reforzar la evidencia de que Washington detenta una posición de poder
única. “Si la primacía que tiene Estados Unidos hoy no significa unipolaridad,
entonces ninguna otra cosa lo será jamás”, señalan Brooks y Wohlforth.
Los argumentos: en el ámbito militar, EU va a
gastar en 2003 más que sus 15 o 20 seguidores más cercanos combinados. Tiene
una apabullante superioridad nuclear, la fuerza aérea más poderosa del mundo y
la única marina de guerra que puede calificarse como tal. Y su superioridad
militar es todavía más evidente en calidad que en cantidad. Encabeza el uso de
la tecnología más avanzada en comunicaciones e información sobre los frentes de
batalla y puede destruir objetivos a larga distancia con extraordinaria
precisión. En investigación y desarrollo gasta tres veces más que las seis
potencias militares que le siguen y la brecha en esta materia, lejos de
aminorar, se ensancha. “Ningún Estado en la historia moderna de la política
internacional ha llegado tan cerca del predominio militar que estas cifras
sugieren y Estados Unidos lo está logrando con sólo un 3.5% de su PIB”, subrayan
los investigadores.
En cuanto a su dominio económico –comparado con las
otras naciones ricas o con todo el resto del mundo combinado– éste sobrepasa el
de cualquier gran potencia en la historia moderna, exceptuando la propia
situación de Estados Unidos en la postguerra (1945). Actualmente su economía es
dos veces más grande que la de Japón, su más cercano competidor, y el sólo
estado de California representa la quinta economía más grande del mundo, por
encima de Francia. Es el destino preferido por la fuerza de trabajo más
calificada del mundo y lo mismo se puede decir de las empresas extranjeras. En
1999 atrajo un tercio de la inversión foránea directa de todo el mundo.
Las dos variable anteriores sin duda descansan en
la posición líder de EU, también a nivel tecnológico. Las estadísticas de todo
el decenio de los noventa permiten calcular que los norteamericanos gastaron en
investigación y desarrollo casi la misma cantidad que los siete otros países
más ricos combinados. Cierto es que la larga expansión económica de los noventa
se ha frenado, dice el texto, pero se requeriría de muchos factores negativos
combinados y un buen tiempo, para hacer retroceder a la economía estadunidense
a sus niveles de 1991.
Más allá de estos datos en sí ya apabullantes, lo
que verdaderamente coloca a Estados Unidos en su posición de superpotencia, es
el dominio de todas estas áreas de manera simultánea. En la Era Moderna,
ninguna de las potencias precedentes acumuló poder territorial, comercial,
naval, militar, tecnológico, cultural, etc. al mismo tiempo; siempre era una u
otra cosa, pero no todo al mismo tiempo, subrayan Brooks y Wohlforth. E
inevitable surge la siguiente pregunta: ¿puede esto durar?
Según la mayoría de los teóricos los grandes
poderes siempre llevan intrínseca su propia derrota, al concitar la formación
de poderes contrarios. Pero estos, naturalmente, necesitan ser superiores y no
es el caso, según los analistas del Dartmaouth College. “Bordeado en el este y
el oeste por océanos y en el sur y el norte por vecinos débiles y amistosos,
Estados Unidos es menos vulnerable y menos amenazante, a la vez, que otros
aspirantes hegemónicos”. No es el caso de sus eventuales competidores –China,
Rusia, Japón o Alemania– que al incrementar su poderío se convertirían
inmediatamente en una amenaza para sus vecinos y la lógica política adelanta
que a los Estados les preocupa más la seguridad regional que un equilibrio
global.
Pero además de su conveniente posición geográfica,
la Unión Americana tiene otras ventajas prácticas sobre anteriores imperios.
Mantiene el poder sobre un gobierno unificado, lo que le permite tomar
decisiones rápidas y eficientes, sin necesidad de reunir y coordinar
capacidades militares dispersas. Es grande y rico, lo que no ocurre con sus
potenciales competidores, que son lo uno o lo otro, y además varios de ellos
han sido sus aliados por decenios y se han beneficiado de esta posición, por lo
que cualquier movimiento en contrario les implicaría romper el status quo y
correr altísimos riesgos con muy bajas probabilidades de éxito. Y la pregunta
clave sería: ¿para qué?
En el afán por encontrar algún tipo de balance,
algunos apuntan hacia la Unión Europea. Pero esta posibilidad también la
desestiman los colaboradores de Foreign Affairs, por lo menos en el
corto plazo. Ciertamente, aceptan, si la UE pudiera conjuntar todo su potencial
militar y económico y actuar como una sola entidad, constituiría otro polo de
poder. Pero apenas está en condiciones de poner en marcha una fuerza conjunta
(60,000 efectivos) de reacción rápida para operaciones menores de tipo
humanitario, construir una infraestructura militar internacionalmente
competitiva le tomaría por lo menos un decenio y la obligaría a desviar
recursos de necesidades más apremiantes y, aparte, primero tendría que romper
con la OTAN.
Este improbable desarrollo, se da además en
momentos en que la UE todavía está en proceso de incorporar nuevos miembros;
otros se niegan a integrarse o a participar plenamente en las decisiones
comunitarias, por motivos de soberanía; no existe una paridad económica,
política, social, legal o cultural entre todos ellos y, mucho menos, un órgano
de decisión que pueda actuar rápida y eficazmente en su nombre, ya no digamos
en el terreno militar, sino en cuestiones económicas, tecnológicas, ecológicas,
de población o de cualquier otra índole que tengan repercusión a nivel
internacional. En este marco, constituir un contrapoder para Estados Unidos,
parece más un buen deseo que una realidad.
Las posibilidades de Rusia y China como posibles
retadoras, también se ven remotas. Ambas tienen, sin duda, enormes territorios,
pero muchos vecinos recelosos, que objetarían cualquier escalada militar. Por
lo demás, Rusia pasa por uno de sus peores momentos económicos y está no sólo
imposibilitada de renovar su infraestructura bélica, sino inclusive de mantener
la que tiene, que se deteriora a pasos agigantados. China, a pesar de contar
con una quinta parte de la población mundial y un crecimiento económico
asombroso, mantiene todavía un planta productiva primaria y tendría que
multiplicar por lo menos veinte veces sus gastos en desarrollo tecnológico,
para alcanzar en 2020 un tercio de las capacidades de Estados Unidos.
No siquiera juntas se observa que estén en camino
de construir un contrapeso al poderío norteamericano. Pese a los coqueteos e
inclusive acuerdos de amistad que ambas han firmado, la brecha histórica entre
Rusia y China sigue siendo demasiado grande y, por lo demás, ambas naciones se
han acercado por su cuenta a Estados Unidos, en busca de beneficios económicos
más inmediatos y tangibles. Lo otro sería más bien un recurso estratégico para
evitar demasiada injerencia de los norteamericanos en sus asuntos internos y,
quizás, frenar ciertas iniciativas internacionales, siempre que el costo
político no les resulte demasiado alto.
Pintado así, el poderío norteamericano no tendrá
contrapeso en mucho tiempo. Lo que en opinión de los autores Brooks y Wohlforth
no significa que Washington debería actuar sin contención alguna y sin
generosidad. Su sola preeminencia crea ya demasiada animadversión y aunque
nadie esté en posición de confrontarla en términos de igualdad, si crea
situaciones de violencia, de destrucción y de malestar como los atentados de
hace un año. Siempre será mejor para todos, piensan, ejercer un liderazgo
constructivo, que erigirse en el “bravucón global”.
Hasta ahora, evidentemente, el núcleo duro de la
administración Bush no lo ha entendido así. Al contrario, en los últimos días
ha dado muestras de querer aprovechar la coyuntura, toda, para sus propios
fines e intereses. De momento, es probable que lo logre. Consolidará su poder;
pero, para todos, el mundo será un lugar peor donde vivir.
* Proceso,
México, 14 de septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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