11 de Septiembre
Howard Zinn *
Muchos estadunidenses dudaban que atacar
Afganistán fuese la respuesta. Sin embargo, su oposición
a la guerra los atrapó en un círculo donde estaban superados
en número; terminaron por dar la espalda a los temas más críticos que
los ocupaba antesde los atentados
Fuego
y humo cayeron en cascada por las Torres Gemelas el 11 de septiembre, y miles de
personas atrapadas, quemadas y aplastadas por un acto de horror indescriptible
petrificaron a la nación. Gente de todos los puntos del espectro político
estaba traumatizada.
El
primero en recuperarse fue el presidente George W. Bush, quien inmediatamente
declaró una “guerra contra el terrorismo”. Esto alivió la parálisis de muchos
estadunidenses, quienes dirigieron su atención a la acción militar que,
supuestamente, localizaría y destruiría a los responsables de los atroces
acontecimientos.
Ello
implicó también que la mayor parte de la opinión pública estadunidense dejara
de lado todas las inquietudes anteriores al 11 de septiembre; preocupaciones
reales y problemas que de pronto parecieron eclipsados por dos realidades
inminentes: el terrorismo y la guerra.
Muchos
estadunidenses no creían que empezar el bombardeo contra Afganistán fuese la
respuesta apropiada. Sin embargo, su oposición a la guerra los atrapó dentro de
un círculo en el cual se encontraban superados en número, así que terminaron
por dar la espalda a los asuntos más críticos que los ocupaban antes del 11 de
septiembre y quedaron detrás de la cortina de humo. En meses anteriores una
buena cantidad de ellos creía que la administración Bush había llegado al poder
no por voluntad popular, sino gracias a una mayoría políticamente motivada en
la Suprema Corte de Justicia; sin embargo, fue invadida por la sensación de que
estaba viviendo, esencialmente, en un país ocupado.
Algo
andaba mal con el sistema político que lo permitió. Ya se había empezado a
hablar de llevar a cabo un cambio estructural: abolir los colegios electorales,
el voto preferencial para la presidencia, la representación proporcional para
elegir al Congreso.
No
obstante, el 11 de septiembre dio al traste con esa discusión; de hecho, el
dudosamente electo presidente pudo reunir apoyo abrumador porque la nación se
encontraba en guerra. Antes de ese día fatídico existía alarma creciente
respecto a las políticas ambientales que el gobierno estaba emprendiendo:
apertura de áreas de flora y fauna a la exploración petrolífera, permiso a
empresas de seguir contaminando el aire con altos niveles de autoemisiones,
negativa a firmar el Tratado de Kyoto, que se propone reducir el calentamiento
de la atmósfera, y una serie de planes que incluyen la desregulación de
actividades corporativas que dañan el ambiente.
Una
vez que la guerra comenzó, y en un ambiente donde el miedo al terrorismo
predominaba sobre todo lo demás, era difícil escuchar voces de protesta por los
ataques abiertos de la administración Bush contra el ambiente: menoscabo del
Acta de Aire Limpio de 1970, reactivación de plantas nucleares, recorte de
miles de millones de dólares destinados a la conservación de recursos
naturales. Durante los años 90, a medida que la población se acercaba al nuevo
milenio, empezaba a haber entre la gente una conciencia creciente acerca de los
niveles indignantes que estaba alcanzando la mala distribución de la riqueza en
el país más rico del mundo. En buena parte como resultado de los cambios en el
régimen impositivo emprendidos en los años 70 y 80, en la actualidad uno por
ciento de los estadunidenses poseía más de 40 por ciento de la riqueza. Entre
1980 y 1995 el promedio de precios del índice Dow Jones había subido 400 por
ciento, mientras que el poder adquisitivo de los trabajadores decayó 15 por
ciento. Cuarenta millones de personas se encontraban sin seguro social, y los
niños, especialmente afroestadunidenses, murieron de enfermedad y malnutrición
a una tasa más alta que la de cualquier otro país industrializado. La multiplicación
de personas sin techo, así como las crecientes dificultades para pagar una
vivienda eran una realidad que en ese momento estaban provocando un escándalo
nacional.
La
presidencia de Clinton no tomó pasos firmes para lidiar con los problemas de la
injusticia económica. La administración Bush llegó al poder con una inclinación
sin reparo hacia los negocios y contra los derechos laborales. En la atmósfera
del militarismo y el ondeo de la bandera patria que acompañó a la guerra, el
Partido Demócrata, que ocasional y cautelosamente se había pronunciado en favor
de la igualdad económica (después de todo, también sus vínculos estaban con el
poder corporativo), permaneció intimidado y silencioso.
Desde
el 11 de septiembre los estadunidenses que no veían en la guerra una respuesta
justificada al terrorismo, no pudieron concentrarse fácilmente en los asuntos
tradicionales del progresismo -las demandas de los pobres, de los sin hogar, de
las víctimas de los prejuicios clasistas y racistas. Irónicamente, su fuerte
repulsión contra la guerra dejó poco espacio libre para tratar esos problemas
donde encontrarían gran apoyo: la opinión pública.
Un
año ha pasado desde que las Torres Gemelas colapsaron. Después de 10 meses del
bombardeo sin tregua en Afganistán y alarmas continuas relacionadas con
terroristas en todas partes, parece cada vez más vacía la retórica del
gobierno, según la cual “estamos ganando la guerra contra el terror” (discurso
del informe de gobierno de Bush). Los escándalos corporativos que han desmoronado
las esperanzas de los pensionados y devorado los ahorros de la clase
trabajadora, han revelado las conexiones corruptas que vienen de largo entre el
gobierno y los grandes negocios.
Lo que
queda por ver es si una nueva agenda centrada no sólo en la abolición de la
guerra, sino en la distribución humana y racional de la enorme riqueza del
país, será sometida a debate y revisión. El reto de un nuevo y vigoroso
movimiento de ciudadanos será presentarla como una visión que inspire a un
público estadunidense cada vez más receptivo.
* La Jornada, 11
de septiembre de 2002. Zinn es profesor emérito de Ciencias Políticas en la
Universidad de Boston y autor de The Peoples History of the United States (La
otra historia de Estados Unidos).
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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