Cuestiones de América
Un
futuro compartido
William Clinton *
La realidad central del mundo del siglo XXI, como demuestran
la difusión del terrorismo y la vulnerabilidad de Estados Unidos es que nuestra
era es globalmente interdependiente pero dista de estar integrada. El 11 de
setiembre aprendimos que las mismas fuerzas de la globalización que ayudamos a
crear fronteras y comercio abiertos, turismo fácil, comunicaciones
instantáneas, transferencias inmediatas y un mayor acceso a la información y la
tecnología pueden usarse para construir o destruir, para unir o dividir.
Al mismo tiempo, las antiguas confrontaciones adquirieron
una urgencia aterradora, especialmente el conflicto entre India y Pakistán por
Cachemira y el estancamiento del proceso de pacificación en Oriente Medio. En
el corazón de todas estas luchas se libra una batalla global de ideas, sobre
todo en el mundo islámico, donde las rivalidades fundamentalistas apelaron a la
religión para justificar el asesinato de inocentes como una herramienta
política legítima bendecida por Alá. Esta batalla épica gira alrededor de tres
interrogantes antiguas y fundamentales: ¿podemos tener comunidades inclusivas o
debemos ser exclusivos? ¿podemos tener un futuro en común o nuestros futuros
deben ser separados?
En la primera mitad del siglo XX casi destruimos el planeta.
La idea de una comunidad de cooperación global recién se institucionalizó
cuando se creó la ONU en 1945, y lograrla no fue una posibilidad práctica hasta
que, en los 70, China decidió avanzar hacia el resto del mundo y, en 1989, cayó
el Muro de Berlín. Desde entonces, el mundo está sumido en un conflicto
religioso, racial, étnico y tribal.
Nuestro desafío consiste en descifrar de qué manera la gente
puede disfrutar de los beneficios y la identidad de sus propias comunidades y,
al mismo tiempo, formar parte de comunidades más amplias. La Unión Europea es
un ejemplo de cómo ex enemigos pueden conservar su identidad nacional y, aún
así, ser aliados estrechos.
Una idea de comunidad exige creer en un futuro compartido en
el que todos cuentan, donde todos desempeñan un papel y donde lo mejor para
todos es ayudarnos mutuamente. Creer en un futuro compartido exige rechazar la
postura fundamentalista y radical de creerse dueño de toda la verdad y
favorecer la idea de que la vida es un viaje en busca de la verdad y que todos
tenemos algo para aportar. Eso nos lleva a lo que valoramos en la comunidad
integrada: nuestras diferencias importan, pero nuestra humanidad común importa
más.
La gente que apoya a Osama bin Laden y cree en su visión del
mundo quiere comunidades exclusivas, no inclusivas. Insisten en un futuro
separado basado en su versión de la verdad. El mundo político e ideológico
necesita hacer lo que ya hizo el mundo económico: desarrollar y concretar una
conciencia global que permita la inclusión, un futuro compartido, una búsqueda
cooperativa de la verdad.
Llevar estas ideas a la práctica tomará tiempo y demandará
más conversaciones. Debemos combatir el terrorismo y la violencia que amenazan
con desestabilizar el mundo con una seguridad agresiva y una política exterior
destinada a producir más socios y menos terroristas.
Nuestra política de seguridad debe incluir cinco elementos:
primero, debemos apoyar al presidente Bush en su misión de sacar a Bin Laden y
otros líderes de Al-Qaeda de Afganistán; segundo, debemos hacer todo lo posible
para terminar con el programa de misiles nucleares de Corea del Norte; tercero,
debemos limitar la producción y distribución de armas químicas, biológicas y
nucleares de pequeña escala; cuarto, debemos aumentar la capacidad de nuestros
amigos para hacer frente al terrorismo; quinto, tenemos que mejorar las
defensas y la cooperación internas. En este último punto, apoyo la creación de
un nuevo Departamento de Seguridad Interior siempre que tenga autoridad para
mantener a todas las agencias vinculadas en estrecha cooperación.
El primer paso consiste en tener más instituciones
internacionales, y más efectivas. Ya vimos el éxito del TLC y de la OMC e
hicimos lo correcto al ratificar la Convención de Armas Químicas, expandir la
OTAN y apoyar el crecimiento de la UE.
El segundo pilar de esta estrategia debe ser aliviar la
deuda de los países pobres. Las medidas que tomamos en este sentido en 2000 ya
produjeron algunos resultados asombrosos, porque se basaron en el requerimiento
de que todos los ahorros estuvieran destinados a la educación, la atención
sanitaria y el desarrollo. En tercer lugar, deberíamos aumentar la inversión en
asistencia externa. Estados Unidos invierte en asistencia extranjera un
porcentaje menor de sus ingresos que cualquier otro país desarrollado. El
secretario general de la ONU pidió 10 mil millones de dólares anuales para
combatir el sida y otras enfermedades infecciosas. Nosotros deberíamos aportar
nuestra parte.
Por último, deberíamos intensificar nuestros esfuerzos para
alcanzar la paz en los lugares más conflictivos del mundo: Oriente Medio y el
subcontinente indio.
Con una política de seguridad fuerte, un esfuerzo vigoroso
por crear más socios y menos terroristas y una lucha para ganar la batalla de
las ideas, Estados Unidos puede hacer mucho para que el mundo se integre en una
comunidad global que cree un mundo apropiado para todos nuestros hijos.
* El
Universal, México, 11 de septiembre de 2002. Bill Clinton fue presidente de Estados Unidos de 1993 al 2001.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
Regresar
a la Página Principal...