Cuestiones de América
Daño colateral
Robert Fisk *
La
“guerra al terror” de George W. Bush
llegó a la aldea en el desierto de Hajibirgit a la medianoche del 22 de mayo.
Haji Birgit Khan, de 85 años y larga barba, jefe pashtún de la aldea y de 12
mil familias tribales de la zona, estaba recostado en un trozo de pasto, frente
a su casa. Faqir Mohamed, que dormía entre sus ovejas y cabras sobre la arena,
hacia el sur, oyó de pronto “grandes aviones que avanzaban”. Incluso de noche
hace tanto calor que muchos aldeanos pasan las horas de oscuridad a la
intemperie, si bien Mohamedin y los suyos estaban dentro de su casa de paredes
de adobe. El 22 de mayo había 105 familias en Hajibirgit, y a todas las
despertó el rugido de los motores de helicópteros, el matraqueo de las aspas
del rotor y los gritos de los estadunidenses.
Testigos vieron a Haji Birgit
Khan correr con torpeza desde su pequeño patio hacia la mezquita de la aldea,
edificio rectangular de cemento, de paredes blancas, que cuenta con una bocina y
unos cuantos tapetes tejidos. Varios hombres armados corrieron tras él. Hakim,
uno de los pastores, vio que los hombres del helicóptero seguían al anciano
hacia el interior de la mezquita y escuchó disparos. “Cuando nuestra gente lo
encontró estaba muerto y tenía un balazo en la cabeza”, dice, y señala hacia
abajo, al piso de la mezquita, donde se ve un orificio de bala y una mancha de
sangre seca. “Encontramos pedazos de su cerebro en la pared.”
Por toda la aldea se producían
explosiones en los patios y entradas de las casuchas. “Los estadunidenses nos
arrojaban granadas de humo y de pánico”, recuerda Mohamedin. “Nos las lanzaban
por docenas y gritaban todo el tiempo. No entendíamos su idioma, pero con ellos
venían tiradores afganos con la cara ennegrecida. Varios se pusieron a amarrar
a nuestras mujeres y los estadunidenses les levantaban la burka para verles el
rostro. Y entonces vimos a la niña que corría.”
Abdul Satar narra que la niña
tenía tres años y que salió de su casa corriendo y chillando de miedo; que se
llamaba Zarguna y era hija de un hombre llamado Abdul Shakour, y que alguien la
vio perder el equilibrio y caer al pozo de la aldea, que tiene 20 metros de
profundidad y está situado al otro lado de la mezquita. Durante la noche
permaneció allí, sola, al parecer con la espalda rota por el golpe, y se ahogó.
Otros niños del pueblo hallaron su cuerpo en la mañana.
Los estadunidenses no prestaron
atención al incidente. Por la descripción que los aldeanos hicieron de sus
ropas, había entre los atacantes tanto Fuerzas Especiales estadunidenses como
unidades de las Fuerzas Especiales afganas, tropas brutales y mal disciplinadas
procedentes de la antigua policía secreta Khad de Kabul. También había 150
soldados del escuadrón 101 aerotransportado de Estados Unidos, cuya base está
en Fort Campbell, Kentucky, muy lejos de Hajibirgit, que está en pleno
desierto, a 80 kilómetros de la ciudad de Kandahar, en el suroeste de
Afganistán. Y los estadunidenses estaban obsesionados con una idea: que en la
aldea había líderes talibanes y del movimiento Al Qaeda de Osama Bin Laden.
Días después, un antiguo
miembro de la unidad de Fuerzas Especiales de una de las coaliciones aliadas de
Estados Unidos a quien me encontré me dio su propia explicación de la conducta
de los soldados estadunidenses. “Cuando nosotros entramos en una aldea y vemos
un granjero de barba, vemos un afgano de barba”, me dijo. “Cuando los
estadunidenses entran en una aldea y ven un granjero de barba, ven a Osama Bin
Laden.”
Todas las mujeres y niños
recibieron la orden de reunirse en un extremo del poblado. “Nos empujaban y nos
sacaban a jalones de nuestras casas”, dice Mohamedin. “Algunos de los afganos
nos insultaban, y mientras tanto lanzaban granadas a nuestras casas.” Al otro
día, los pocos aldeanos que lograron escapar recogieron las granadas de pánico
con ayuda de niños. Había docenas, como pocillos cilíndricos verdes con nombres
y cifras estampadas. Una dice “7 BANG Delay: 1.5 secs NIC-01/06-07”, otra “1
BANG, 170 dB Delay: 1.5 secs”. Estas fueron las granadas que aterrorizaron a
Zarguna y finalmente causaron su muerte. Parte regular del equipo de las
Fuerzas Especiales de Estados Unidos, son fabricadas en Alemania por la firma
Nico-Pyrotechnik de Hamburgo, de allí las siglas “NIC” que llevan. La
abreviatura “dB” quiere decir decibeles, en tanto las expresiones “Delay” y
“secs” se refieren a los segundos que tardan en hacer explosión.
Las fechas impresas en las
granadas indican que algunas fueron fabricadas hace pocos meses, por ejemplo en
marzo. La compañía alemana las llama oficialmente “cartuchos de luz y sonido
(pánico) de 40 por 46 milímetros”. Pero los estadunidenses también disparaban
balas. Entre varios acribillaron un automóvil averiado en el que dormía otro
aldeano, un taxista llamado Abdullah, quien resultó gravemente herido, al igual
que el hijo de Haji Birgit Khan.
Un vocero militar estadunidense
afirmó más tarde que los soldados de su país se habían “encontrado bajo fuego”
en la aldea y que mataron a un hombre e hirieron a dos “sospechosos de ser
talibanes o miembros de Al Qaeda”. La implicación -que Haji Birgit Khan a sus
85 años era un pistolero- es ridícula.
Los dos heridos eran
presuntamente el hijo de Khan y Abdullah, el taxista. La aseveración de que
fueran talibanes o miembros de Al Qaeda es palpablemente falsa, puesto que
ambos fueron puestos en libertad. “Algunos de los afganos que traían los
estadunidenses les gritaban '¡cállense!' a los niños que lloraban”, recuerda
Faqir Mohamed.
“Nos hicieron tendernos en el
suelo y nos pusieron unas esposas de plástico en las muñecas. Mientras más las
jalábamos, más nos apretaban y lastimaban. Luego nos vendaron los ojos y nos
empujaron hacia los helicópteros, y nos daban de puñetazos mientras
caminábamos.”
En total los estadunidenses se
llevaron a los helicópteros a 55 aldeanos vendados de los ojos y esposados.
Mohamedin estaba entre ellos, al igual que Abdul-Shakour, quien ignoraba aún
que su hija yacía muerta en el pozo. El prisionero afgano número 56 en entrar
al helicóptero ya estaba muerto: los estadunidenses decidieron llevarse el
cuerpo del anciano Haji Birgit Khan.
Los aldeanos relatan que cuando
los helicópteros aterrizaron en el aeropuerto de Kandahar ?cuartel del
regimiento 101 aerotransportado? los hicieron entrar en un contenedor. Les
amarraron las piernas y luego sujetaron las esposas de las manos y una de las
piernas a postes atornillados al piso del contenedor, y les pusieron pesados
sacos sobre la cabeza. Abdul Satar fue de los primeros a quienes sacaron de
esta pequeña y calurosa prisión. “Entraron dos estadunidenses y me quitaron la
ropa a jalones”, narró. “Cuando la tela resistía, la cortaban con tijeras. Me
sacaron desnudo para que me afeitaran y me tomaran una fotografía. ¿Por qué me
quitaron la barba? La había llevado toda la vida.”
De allí, desnudo, lo condujeron
a una tienda para interrogarlo, donde le quitaron la venda de los ojos. “Había
un intérprete afgano, un pashtún con acento de Kandahar, y varios soldados
estadunidenses, tanto hombres como mujeres, unos de pie y otros sentados frente
a escritorios”, recuerda. “Estaba yo allí desnudo, con las manos atadas. Me
preguntaron '¿a qué te dedicas?' 'Soy pastor', les contesté. '¿Por qué no les
preguntan a sus soldados qué estaba haciendo?' 'Dínoslo tú', me respondieron.
'¿Qué armas portabas?' Les dije que ninguna.
“Uno me preguntó: '¿Portabas
algún arma durante el periodo ruso (la ocupación), en la guerra civil y en el
periodo talibán?' Les dije que durante mucho tiempo estuve como refugiado.”
De los testimonios de los
afganos resulta imposible identificar qué unidades estadunidenses participaron
en los interrogatorios. Algunos soldados llevaban boinas con insignias cafés o
amarillas, otros vestían de civil pero en apariencia traían cascos con
camuflaje de hojas. El intérprete afgano traía su atuendo tradicional. El
interrogatorio de Hakim fue un poco más largo que el de Mohamedin, y también él
tuvo que permanecer desnudo todo el tiempo.
La incursión
estadunidense en una aldea del
desierto abrió la puerta al pillaje de la policía de Hamid Karzai
“Querían que les dijera mi edad
y a qué me dedicaba. Les dije que tenía 60 años y era granjero. Luego me
preguntaron: '¿Hay árabes, talibanes, iraníes o extranjeros en tu pueblo?' Les
dije que no. Luego me preguntaron que cuántos cuartos tenía mi casa y si tenía
teléfono satelital. Les dije que no, que ni siquiera tengo luz eléctrica. Luego
preguntaron: '¿los talibanes eran buenos o malos?' Les dije que nunca vinieron
a la aldea y que no sabría decirles. '¿Y los estadunidenses? ¿Cómo son los
estadunidenses?' Les dije que ellos y (el presidente Hamid) Karzai nos habían
liberado pero que no entendía qué crimen habíamos cometido y por qué nos
trataban así. ¿Qué más querían que les dijera?”
Unas horas después, les dieron
a los aldeanos unas vestimentas de color amarillo brillante y los llevaron a
una serie de jaulas hechas con alambre de púas, colocadas sobre la arena de la
base -una especie de Guantánamo en miniatura-, donde les dieron pan, arroz,
frijoles y agua embotellada. A los más jóvenes los pusieron en jaulas aparte.
No hubo más interrogatorios, pero los tuvieron cinco días en las jaulas. Entre
tanto, los estadunidenses intentaban identificar al hombre de 85 años. No les
preguntaron a los aldeanos, que lo habrían identificado de inmediato, quizá
porque no deseaban que supieran que estaba muerto. Al final le dieron a la Cruz
Roja Internacional una foto del rostro del cadáver, y la organización respondió
de inmediato que se trataba quizá del líder tribal más importante en la zona
situada al occidente de la ciudad.
“Cuando por fin nos sacaron de
las jaulas, cinco asesores estadunidenses nos esperaban”, relata Mohamedin.
“Mediante un intérprete nos dijeron que querían que aceptáramos sus disculpas
por habernos maltratado, que lo sentían. ¿Qué podíamos decir? Eramos
prisioneros. Uno de los asesores nos dijo que nos iban a ayudar. ¿Qué quiere
decir eso?” Una flota de helicópteros llevó a los 55 hombres al estadio de
futbol de Kandahar, donde se realizaban ejecuciones en tiempos de los
talibanes, y allí los pusieron en libertad, todavía vestidos con uniformes de
prisión, cada uno con una pulsera de plástico con un número de identificación. Ident-A-Band
made by Hollister (Banda identificadora hecha por Hollister), decía cada
una. Sólo entonces se enteraron de que el viejo Haji Birgit Khan había sido
asesinado durante la incursión aérea de la semana anterior. Y sólo entonces
supo Abdul-Shakour que su hijita Zarguna estaba muerta.
Al principio el Pentágono dijo
que era “difícil creer” que a los aldeanos y aldeanas les hubieran atado las
manos, pero dadas las descripciones idénticas que hicieron mujeres afganas del
tratamiento recibido después del bombardeo estadunidense del lugar de una boda
en Uruzgan, ocurrido con posterioridad a la incursión en Hajibirgit, parece que
eso fue exactamente lo que hicieron los estadunidenses o sus aliados afganos.
Un portavoz militar de Estados Unidos aseguró que las fuerzas de su país habían
encontrado en la aldea “artículos relevantes para la inteligencia”, armas y
gran cantidad de dinero. Jamás se precisó cuáles eran esos “artículos”. Las
armas eran casi seguramente para protección personal contra ladrones, y en
cuanto al dinero, sigue siendo un recuerdo amargo para los aldeanos. Abdul
Satar dice que le quitaron 10 mil rupias paquistaníes (unos 200 dólares), y
Hakim, que perdió 150 mil rupias (3 mil dólares) que tenía ahorradas. “Cuando
nos soltaron, los estadunidenses nos dieron dos mil rupias a cada uno (unos 40
dólares). Nos gustaría que nos dieran el resto de nuestro dinero.”
Sin embargo, en Hajibirgit les
esperaba a su regreso una tragedia mucho mayor. En su ausencia -sin armas para
defender los hogares, y con los hombres en poder de los estadunidenses- los
ladrones habían caído sobre el pueblo. Un grupo de hombres de la provincia de
Helmand, cuyo líder es Abdul Rahman Khan, en otro tiempo brutal y rapaz
luchador mujaidín contra los rusos y hoy jefe de policía del gobierno de
Karzai, asoló el pueblo cuando los estadunidenses se llevaron a los aldeanos.
Noventa y cinco de las 105 familias habían huido hacia las montañas, dejando
sus chozas de adobe a merced del pillaje.
Para cualquiera que hoy cruza
el desierto hacia Hajibirgit resultan obvias las perturbadoras interrogantes
que surgen en su mente. ¿Quién les dijo a los estadunidenses que fueran a ese
pueblo? ¿Quién les dijo que allí podrían encontrar dirigentes talibanes y de Al
Qaeda? ¿Sería acaso Abdul Rahman Khan, el despiadado jefe policiaco cuyos
hombres se dieron tanta prisa en saquear las casuchas de adobe cuando terminó
la incursión? Hoy, Hajibirgit es virtualmente un pueblo fantasma; su jefe
tribal ha muerto, la mayoría de sus casas están abandonadas. Apenas si quedan
unos 40 pobladores. Unos días después todos se reunieron en la tumba de piedra
de Zarguna para recordar a la niña sacrificada.
“Somos pobres, ¿qué podemos
hacer?”, me preguntó Mohamedin.
No supe qué contestar. La
“guerra al terror” del presidente Bush, su lucha del “bien contra el mal”,
descendió sobre Hajibirgit.
Y hoy, Hajibirgit ha muerto.
* La Jornada, México,
11 de septiembre de 2002. Publicado originalmente en The Independent. Traducción: Jorge Anaya.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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