Cuestiones de
América
Eugenio
Anguiano *
SE CUMPLE UN
AÑO DE LOS ATAQUES terroristas contra la torres gemelas de Manhattan y el
edificio del Pentágono en Washington que, en opinión de muchos, marcan el fin
de una era la de inmunidad de Estados Unidos y el inicio de otra donde el orden
político mundial, ya no depende únicamente de los balances de poder que puedan
establecerse entre dos superpotencias (la situación que prevalecía durante el
periodo de la guerra fría ), o entre grupos de países, sino de la
interacción entre estados-nación y los nuevos actores del escenario
internacional, entre los que destaca el terrorismo.
Este primer aniversario, que desde hace por lo menos
una semana ha estado en el centro de la atención de todos los medios de
información del mundo, se presta a reflexiones de muy variada índole, una de
las cuales se relaciona con los resultados de la campaña contra el terrorismo
lanzada por el presidente George W. Bush, como respuesta a los atentados
perpetrados en el corazón del sistema financiero y militar estadounidense, y
que, en el lapso de menos de dos horas, costaran la vida a más de 3 mil
personas en Nueva York, Washington y Pennsylvania. La magnitud relativa del
daño sufrido es mayor que el experimentado en Pearl Harbor, y que el resultante
de una década de acciones bélicas en Vietnam, en las que murieron unos 50 mil
combatientes estadounidenses, no civiles como hace un año.
El nuevo enemigo de Estados Unidos es el “terrorismo
global”, como calificara George W. Bush en septiembre pasado a un fenómeno que
no tiene rostro ni insignias nacionales y posee el don de la ubicuidad; en ese
entonces, el actual huésped de la Casa Blanca también anunciaría una campaña de
largo plazo contra ese enemigo, que sería diplomática, política, económica y
militar (en ese orden). Dicha campaña partía de una premisa expresada por el
presidente estadounidense George W. Bush en forma brutalmente unilateral: “o
están ustedes (el resto del mundo) con nosotros o con los terroristas”. A esta
mal llamada “doctrina” se agregó más tarde un objetivo lo suficientemente vago,
como para justificar casi cualquier acción ofensiva: “atacaremos al terrorismo
en cualquiera de sus formas y a los estados que lo amparan”.
Según algunos, lo logrado en 12 meses de campaña
antiterrorismo ha sido magro y costoso, pues entre otras cosas se ha matado a
más personas, combatientes y no combatientes, que las victimadas hace un año en
Estados Unidos. Para otros, entre ellos el “eje del mal” formado por los
halcones Donald Rumsfeld-Dick Cheney (Defensa y vicepresidencia de EU), los
resultados han sido buenos: porque se aniquiló al régimen oscurantista de los
talibán en Afganistán; las medidas de intercepción de potenciales terroristas
han funcionado bien, en tanto no se han registrado hasta ahora nuevos atentados
y, sobre todo, las acciones terroristas del 11 de septiembre de 2001 no
pudieron desquiciar la economía o el sistema financiero estadounidenses, ni
provocar una nueva crisis del capitalismo (esto han estado a punto de lograrlo
corporaciones como Enron, WorldCom y similares).
Podría argüirse que esas son victorias pírricas, en
particular el devastador ataque lanzado contra el sufrido pueblo afgano, ya que
la organización Al-Qaeda parece seguir operando con ese u otro nombre y Osama
bin Laden no ha sido capturado “vivo o muerto”, como prometiera Bush. Es más,
los recientes atentados en Kabul y en Kandahar, donde el presidente Karsai
apenas sobrevivió a un intento de asesinato, reflejan la enorme vulnerabilidad
del régimen instalado en Afganistán por Estados Unidos y sus aliados.
Ahora, el gobierno de George W. Bush se apresta a
poner en práctica otro componente de su estrategia en esta prolongada guerra
contra el terrorismo: la táctica preventiva; atacar al enemigo antes de que
éste lo haga. Parece, entonces, inminente, que Washington desate su furia
bélica contra el sanguinario dictador de Irak, Saddam Hussein, a quien en los
años 80 los propios estadounidenses apoyaran en su enfrentamiento contra Irán.
Los gobiernos de Francia, Rusia y China se oponen a una acción de tal
envergadura, alegando, entre otras razones, que no hay pruebas contundentes de
que el gobierno iraquí posea o esté a punto de tener armas de destrucción
masiva, ni tampoco que estuviera dispuesto a emplearlas, a no ser que se vea
agredido.
En estos días se verá si Bush y su incondicional
aliado, Tony Blair, podrán convencer a los otros miembros permanentes del
Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, para que
respalden la aventura contra Bagdad, que Estados Unidos de todas maneras parece
decidido a correr. En un libro recientemente traducido al español, el filósofo
francés André Glucksmann reflexiona sobre la incapacidad de los europeos para
darse cuenta de que estamos viviendo una era mundial en la que el nihilismo,
una ideología nacida en Europa hace dos siglos, renace con una fuerza
revitalizada; si esto fuera cierto, lo que enfrenta Estados Unidos no es, como
afirman algunos, la mera cosecha de lo que sembró, sino algo todavía más
complejo y terrible.
* El
Universal, México, 11 de septiembre de 2002. Eugenio Anguiano es diplomático, director del Centro de Estudios de Asia y África de El
Colegio de México.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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