Cuestiones de América
El mega-terrorismo
globalizado: enemigo de la humanidad
Carlos Escudé *
El 11
de setiembre de 2001 los norteamericanos descubrieron algo que los argentinos
ya sabíamos: que existe un mega-terrorismo globalizado inspirado en el extremismo
islámico, que puede pegar en cualquier tiempo y lugar. Lo intuimos cuando la
Embajada de Israel en Buenos Aires fue arrasada en 1992, y lo supimos a ciencia
cierta cuando en 1994 uno de los mayores atentados terroristas de esa década en
el mundo entero devastó una institución argentina, la AMIA.
Desde
entonces los argentinos más esclarecidos supieron que la moderna metodología
terrorista del suicidio asesino de inspiración mística podía usarse en
cualquier parte del planeta. Los norteamericanos, en cambio, percibieron estos
hechos trágicos como parte de un acontecer provinciano y extranjero. Cuando a
fines de 1999 una seguidilla de atentados sembró el terror en Moscú, los
yanquis siguieron sin entender nada y atribuyeron la tragedia a los excesos de
represión rusos contra los separatistas chechenios.
Sólo
cuando el terror pegó en casa de una manera masiva estuvieron el pueblo y
gobierno de los Estados Unidos dispuestos a reconocer que la humanidad
civilizada toda se enfrentaba al mayor peligro de la historia registrada: una
red de redes del terror imposible de disuadir porque sus células están
dispuestas a recurrir al suicidio para asesinar el mayor número posible de
civiles inocentes.
A
diferencia de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, en
que ambas partes pretendían destruir a la otra autopreservándose, con este
enemigo no funciona el “equilibrio del terror” de la “destrucción mutuamente
asegurada”. Para colmo, éste es un adversario que se nutrió de armas y
tecnologías de destrucción masiva durante toda la década del ´90. En aquel
entonces, el colapso de mandos en Rusia que siguió a la debacle soviética puso
en manos de quien pudiera comprarlos la ferretería y tecnología de empobrecidos
militares y científicos de la ex URSS, antes mimados pero ahora hambrientos y
frustrados. Por lo tanto, a semejanza de la ex Unión Soviética, este terrorismo
tiene acceso a armas químicas, bacteriológicas y, eventualmente, incluso
nucleares. En una era de proliferación de armas de destrucción masiva, cada
mes, año y década que transcurren sin su eliminación significa un aumento de su
capacidad para extorsionar al mundo y una disminución de las probabilidades de
supervivencia de la especie humana.
Por
otra parte, su objetivo es la destrucción de Occidente. Aunque el conflicto de
Israel-Palestina sea una de las justificaciones usadas por este terrorismo, sus
causas últimas provienen de una interpretación extremista del Corán
particularmente vigente en los reinos y emiratos árabes del golfo Pérsico. Sus
principales cultores no son palestinos y no se detendrían siquiera ante el más
generoso de los acuerdos de paz en Medio Oriente.
Cuando
los norteamericanos percibieron trágicamente la magnitud del peligro, se
encontraron con un gobierno ruso dispuesto a permitir la instalación de bases
yanquis en lo que había sido territorio soviético, Uzbekistán y Kirguistán.
Gracias a la emergencia de un enemigo común a las dos superpotencias nucleares,
los Estados Unidos instalaban una base aérea a apenas doscientas millas de la
China.
Mientras
tanto, en nuestra pueblerina argentina olvidábamos que nosotros fuimos víctimas
de este flagelo antes que los norteamericanos. No faltaron quienes con
ignorancia y necedad se regodearon en la aparente vulnerabilidad norteamericana.
No sabían que el presupuesto militar norteamericano, aun antes del 11 de
setiembre, equivalía a la suma de los nueve presupuestos que le siguen. Así
como el actual peligro no tiene precedentes en la historia, tampoco los tiene
el predominio militar mundial de los Estados Unidos, que supera con creces al
que alguna vez tuvieran Gran Bretaña o el Imperio Romano.
No hay margen para la neutralidad en esta guerra que continuará muchos años. Y
es justo que así sea.
* Página/12,
Buenos Aires, 11 de septiembre de 2002. Carlos Escudé es especialista en
relaciones internacionales.
Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre
de 2002
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