Cuestiones de América

 

Nueva York, entre la violencia y la inseguridad

Jim Cason y David Brooks *

 

El derrumbe de las torres gemelas fue un “desastre ambiental de primer orden” y se ignora; la sensación de inseguridad conviene al gobierno; los inmigrantes siempre son utilizados para justificar atropellos a la libertad de todos


Nueva York sigue atrapada entre la tragedia, la inseguridad, un desastre ambiental del cual nadie quiere hablar y el deseo de distanciarse del 11 de septiembre de 2001, esto es, todo lo que rompe la imagen oficial de una ciudad unida, orgullosa y de vuelta a la “normalidad”, afirma Juan González, columnista del Daily News y uno de los cronistas más reconocidos de esta metrópoli.

Sabio de las esquinas, las sombras, las calles de Nueva York, González señala que hay dos grandes vertientes para explicar esta ciudad a un año de los atentados y la destrucción de las Torres Gemelas: una nueva inseguridad social, donde 70 por ciento de la población dice que espera en cualquier momento otro ataque, y los efectos casi totalmente escondidos por las autoridades de lo que también fue “un desastre ambiental de primer orden”.

Mientras los políticos y diversas agrupaciones organizan decenas de actos para conmemorar el 11 de septiembre en Nueva York, González señala que mucha gente prefiere buscar la forma de distanciarse de esa fecha y todo lo que significa.

Lo más notable durante este año, dice, es “que por primera vez los neoyorquinos tienen una conciencia de inseguridad, en todo sentido, de ser vulnerables”. Así, “muchos desean ver para adelante, la gente no está tan centrada en el aniversario como lo proyectan los medios”.

González, autor de una historia de los latinos en Estados Unidos (Harvest of Empire), y uno de los periodistas hispanos (de origen puertorriqueño) más reconocidos nacionalmente, señala que “el sentido de inseguridad entre la comunidad latina aquí es tal vez más grande que entre otros sectores”.

¿Por qué? Explica: “Los inmigrantes en particular tenían la idea de que Estados Unidos era un lugar para escaparse de la violencia que muchos de ellos han vivido en sus países -por ejemplo, los salvadoreños y los guatemaltecos-, y esta parte de la comunidad latina más nueva se encuentra aquí enfrentando este gran hecho violento”.

La inseguridad también es alimentada, indica, con la falta de respuesta a la pregunta que ha estado en el aire durante todo este año: ¿por qué pasó?

González critica que con todos los medios de comunicación existentes en este país, “la gente aún no entiende por qué ocurrió este hecho, y esto representa un peligro mayor, porque con esta ignorancia el gobierno puede hacer lo que quiera sin el freno de la población, con gente que no cuenta con la información. Así son los sectores más conservadores, los que pueden operar y promover ideas como la creación de una guardia civil, documentos de identidad nacional, las propuestas de Ashcroft”. En este clima, agrega, “la gente está dispuesta a ceder libertades, libertades que se conquistaron después de décadas de lucha social para conseguirlas”.

-¿Pero por qué la gente está dispuesta a esto? -se le pregunta.

-En un país de inmigrantes, en momentos de crisis como el actual, estas medidas siempre se aplican a un grupo minoritario, para que todos los demás digan, ese no soy yo, esos son “los otros”. Esa capacidad para dividir a los sectores sociales, a los grupos raciales, abre el camino para este fenómeno. No es que no haya protestas. Por ejemplo, todos los sábados hay una manifestación ante un centro de detenciones en Brooklyn por parte de familiares y simpatizantes de los árabe-estadunidenses detenidos, aunque nadie sabe exactamente dónde los tienen encarcelados. Estos son en verdad los “desaparecidos” de Estados Unidos.

-¿Pero qué pasó con la solidaridad humana de los primeros días después del atentado?

-La gente sí se unió. Como en todo desastre, en cualquier parte del mundo, la gente sintió que tenía algo más en común, hubo mayor solidaridad, hubo todo tipo de solidaridad.

“Pero aquí también hay un peligro: que esa unidad se exprese de repente como Estados Unidos contra el resto del mundo, en lugar de reconocer que este tipo de cosas están ocurriendo en otras partes del mundo, y que las cosas tienen que cambiar hacia algo más humano, a través de una verdadera unidad entre humanos.”

Sin embargo, agrega, a pesar de una mayor disposición de los ciudadanos de Nueva York a ayudarse entre sí, las divisiones regresaron para minar esa solidaridad. Esto, comenta González, empezó a manifestarse en cosas como la distribución de la asistencia gubernamental, donde de 66 mil solicitudes de asistencia federal, el gobierno sólo ha atendido 6 mil; también en la forma en que todos buscan sacar lo suyo de los 21 mil millones de dólares de fondos federales entregados a la ciudad para la recuperación.

El periodista también destaca que siguen creciendo los cuestionamientos sobre la forma en que respondieron las autoridades al desastre y se empieza a empañar la imagen de esfuerzos “heroicos” de quienes estaban a cargo de enfrentar la tragedia. Primero, todavía se estudia por qué cayeron las torres tan rápido, una hora después de los impactos de los aviones, y si había fallas de ingeniería y arquitectura que se hayan ocultado.

"El gobierno miente sobre los peligros ambientales... la gente teme más ataques"

Por otro lado, se investiga por qué tuvieron que perecer 343 bomberos, y si esto se podría haber evitado con una mayor coordinación, comunicación y habilidad de sus jefes. “Hay una serie de asuntos que cambian las imágenes oficiales sobre el heroísmo e interrogantes sobre si murieron más personas de lo registrado", afirma González. Entre 300 y 400 familias de bomberos que murieron o resultaron heridos han presentado demandas contra el gobierno de la ciudad, señalando la falta de equipo de protección y otras cosas.

“El gobierno mintió y sigue mintiendo sobre los peligros ambientales en la zona de las Torres Gemelas”, afirma González, quien investigó y reportó extensamente sobre la crisis ambiental del desastre, y que acaba de publicar un libro al respecto (Fallout: the environmental consequences of the World Trade Center collapse).

El ahora presidente de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos comenta que, al derrumbarse las torres, se creó un infernal caldo de sustancias tóxicas: asbestos, plomo, mercurio, PVC, dioxina, entre otras. Sin embargo, menos de una semana después del desastre, el 17 de septiembre, las autoridades federales y municipales anunciaron que el ambiente de la zona era lo suficientemente sano como para permitir el retorno de cientos de miles de trabajadores y empleados a las oficinas del sector financiero de Nueva York. “Tenían prisa por reabrir las sedes de las operaciones bursátiles y todo ese mundo financiero que está ubicado en esa zona; esa era la prioridad”, dice González.

Pero ahí había más de seis incendios inapagables que quemaban tóxicos y los lanzaban al aire, mientras el polvo -también tóxico- producto del desastre cubría edificios, tiendas y terrenos por cuadras. Además, 200 mil galones de combustible se habían derramado al suelo al destruirse una planta eléctrica, ubicada al lado de las torres, lo que alimentó el fuego.

Los resultados se empiezan a conocer, comenta González. Unos 700 bomberos que trabajaron en la zona padecen algún tipo de problema de respiración; 300 de éstos están tan graves que no pueden trabajar. Se sabe que la mitad de los 79 voluntarios de servicios de emergencia que llegaron desde Ohio están enfermos, y que la mitad de los 395 trabajadores de emergencia procedentes de California y que trabajaron en la zona también resultaron afectados.

Pero, señala González, el gobierno sigue insistiendo en que no hubo ni hay peligro, y hoy la zona está completamente habitada de nuevo. “En 15 años empezaremos a ver los efectos reales”, advierte el periodista.

Así, este 11 de septiembre Nueva York recibirá la celebración de los políticos, habrá grandes actos para conmemorar a los héroes y se hablará de la unidad y el orgullo ciudadanos en estos días para marcar el aniversario. Mientras tanto, en las calles, la gente buscará recordar cómo se sentía no vivir bajo la amenaza de más ataques, del aire que respira, del polvo que pisa y cómo defenderse del miedo al prójimo por su color o apariencia, y también de las mentiras oficiales.

Perdurará tal vez la nostalgia de un futuro posible, donde la solidaridad humana se exprese durante más tiempo de lo que dura un desastre.

Eso contará González a lo largo del próximo año.

* La Jornada, México, 11 de septiembre de 2002.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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