Cuestiones de
América
Raúl Zibechi *
Nada nueva ha parido el
último año en el continente. Pero todas las tendencias que se venían perfilando
se han intensificado hasta hacer estallar crisis nacionales y amenazan con sumir
a toda la región en la inestabilidad y el desorden.
Con razón se sostiene que las
Torres Gemelas se cayeron sobre el pueblo palestino. Este acierto se basa en el
hecho indudable de que fue el primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien
mejor aprovechó la ocasión que le brindaron los ataques del 11 de setiembre
para implementar su política de militarización del conflicto. Sharon no se
cansó de repetir, a lo largo de todo un año, que no existe la menor diferencia
entre Bin Laden y Al Qaeda y la Intifada palestina.
Con ese argumento, que la
política de atentados indiscriminados contra la población civil judía
contribuye a hacer creíble, los halcones de Israel consiguieron fortalecer sus
apoyos entre sus pares estadounidenses y hasta cierta neutralidad benevoloente
de buena parte de los países europeos. Fuera de duda, el pueblo palestino ha
sido el más afectado por el nuevo clima mundial que ya se respiraba antes de
los atentados, pero que cobró nuevo impulso a raíz de ellos.
Sin embargo, la nueva situación
afecta a todos los pueblos del Tercer Mundo y de forma particular a los de
América Latina. Como amplias zonas del planeta, unos cuantos países al sur del
Río Bravo sufren el creciente desinterés de las potencias centrales que ya no
aspiran siquiera a mantenerlos como reservorios de materias primas, cada vez
menos necesarias ante los desarrollos científicos recientes que tienden a
utilizar una gama cada vez menor de recursos naturales.
En pocos años, según todos los
expertos, las empresas multinacionales estarán en condiciones de producir
insumos sin recurrir a materias primas del mundo natural, en base al desarrollo
de una nueva generación de tecnologías, las nanotecnologías, capaces de
producir cambios en el mundo no animado modificando el componente molecular de
algunos elementos. Estas vienen a completar las biotecnologías que han sido
capaces de modificar la naturaleza, creando desde productos transgénicos hasta
animales clonados.
Así las cosas, son cada vez más
las zonas y regiones del continente latinoamericano que han sido abandonadas a
su suerte, después de esquilmarlas convenientemente, lo que significa dejarlas
en manos de sus voraces elites.
Polarizacion regional
El agravamiento del conflicto colombiano
y la inestabilidad en Venezuela son quizá los dos ejemplos más visibles, en la
región, de la creciente polarización mundial posterior al 11 de setiembre.
Ciertamente, el Plan Colombia cobró renovados bríos y Washington decidió que ya
era hora de quitarle el taparrabos, declarando que efectivamente se trata,
antes que nada, de un plan con objetivos de carácter militar.
Los estrategas han definido,
hace ya cierto tiempo, que el Plan Colombia es la continuación casi natural del
Plan Puebla-Panamá. La zona que va desde la Amazonía hasta la zona de Puebla,
en México, es la más rica del mundo en cuanto a biodiversidad. El dominio de
esta zona le permitiría a Estados Unidos un casi monopolio del control de la
vida y de la producción de vida. Pero en esa zona están concentrados también
los recursos petroleros del continente. Por primera vez en su historia la
superpotencia depende del petróleo importado. En pocos años, dos de cada tres
barriles que se consuman en Estados Unidos serán importados. En la región del
Plan Puebla-Panamá y del Plan Colombia (México, Colombia, Ecuador, Venezuela y
América Central) hay recursos petrolíferos que le permitirían empatar con los
de Medio Oriente.
A este conjunto de intereses se
suma la búsqueda de un nuevo canal interoceánico –ya que el de Panamá se
encuentra saturado y no permite, además, el paso de los superpetroleros y
grandes portacontenedores–, probablemente en la zona del istmo de Tehuantepec.
Por último, aparece la necesidad de extender la zona de maquilas desde la
frontera con México hacia el sur, ya que en las viejas fábricas maquiladoras
los trabajadores comienzan a organizarse con la consiguiente disminución de las
ganancias. La zona maquiladora, controlada por Estados Undios, es clave para
mantener a largo plazo la capacidad del capital multinacional de competir con
los productos fabricados en China y otros países emergentes, donde los salarios
son considerablemente más bajos y no existen restricciones laborales ni
medioambientales.
México fue el país al que la
administración Bush prestó atención inmediatamente después de los atentados,
cerrando un acuerdo que garantiza tanto el suministro de petróleo como la
disposición de sus elites de cumplir el papel asignado por Washington. Los
problemas serios empiezan más al sur.
Colombia es el escenario
mayormente complejo a mediano plazo, desde el punto de vista militar. Además de
sus reservas petrolíferas, tiene una situación geopolítica privilegiada: salida
a dos océanos y frontera común con cinco países clave que pueden ser
desestabilizados por la llegada masiva de refugiados. El triunfo del
ultraderechista Alvaro Uribe es una buena señal para Washington, ya que es el
tipo de político que está llamado a cumplir el papel de guerrero guardando las
formas mínimas del ejercicio democrático. Por primera vez llega al gobierno un
hombre de los paramilitares, dispuesto a hacer la guerra a cualquier precio. Se
trata de un viraje de largo aliento en la sociedad colombiana, que no saldrá
sin traumas de esta experiencia militarista. El caso colombiano ilustra sobre
cómo el nuevo escenario mundial es propicio para una radicalización de los
grupos dominantes, funcional a la estrategia actual del Pentágono, pero con
raíces profundas en cada una de las sociedades.
El otro buen ejemplo es
Venezuela. Que se trata de un país clave en la estrategia estadounidense, y que
se pretende derribar a Hugo Chávez, no cabe la menor duda. El golpe de abril
está ahí, como prueba irrefutable. Pero el caso es otro. No basta con que
Washington aliente a los recalcitrantes venezolanos a dar un golpe, ganar la
calle y derribar a un presidente legítimo. Lo nuevo es que hay una derecha
política, social y cultural con apoyo de masas, poderosa y combativa, apoyada
en el empresariado, el sindicalismo y una parte de la clase obrera (sector
privilegiado en países donde dos tercios de la población sobrevive en la
informalidad).
Esta nueva derecha, reclutada
entre las clases medias, que odia a los pobres y no dudaría un instante en
echárselos a los leones, es un producto cultural del neoliberalismo. Sus puntos
de referencia están en el “sueño americano”, imitan a los ricos, quieren
parecerse a los poderosos, miran con horror la posibilidad de caer en las
amarguras que da la pobreza, son ambiciosos y consumistas y tienen poca estima
por las tradiciones culturales de sus propios países. Tanto en Colombia como en
Venezuela son un sector político-social en alza. No creen en la democracia más
que como pantalla para consumo externo y se asientan en las peores tradiciones
clientelares y caudillistas. Esta es la base social en la que se apoyan los
halcones de Washington para dominar el continente.
Sobre la base del Plan
Colombia, el Pentágono ha diseñado un proyecto de expansión regional, tanto
militar como económico y político, que tiene uno de sus ejes de expansión en
Ecuador, donde se ha instalado la base militar de Manta y desde hace dos años
se procedió a la dolarización de la economía. El segundo paso, a través de la
promoción de la Comunidad Andina (CAN), es el control de Perú y Bolivia. En el
primero, la política de privatizaciones ha sufrido reveses por las revueltas
populares, y en Bolivia se acaricia el proyecto de controlar un gasoducto.
* ALAI, América Latina en Movimiento; 12 de
Septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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