Cuestiones de América 

 

Efectos del 11 sobre el 16

Leo Zuckermann *


HOY SE CONMEMORA el primer aniversario de los ataques terroristas a Nueva York y Washington. En cinco días se conmemorará un año más del comienzo de la guerra que desembocó en la Independencia mexicana. Paradójicamente estos dos actos están relacionados. Y es que el acto del 11 produjo una nueva realidad mundial que desafía el concepto mismo de la independencia de México como nación, precisamente lo que se celebra el 16. ¿Cuáles son las consecuencias del 11 para el 16?

La caída del Muro de Berlín en 1989 y el eventual desmantelamiento de la Unión Soviética significaron el término de la bipolaridad. A partir de entonces, Estados Unidos se convirtió en el único país dominante del escenario mundial. La hegemonía norteamericana se impuso sin recato durante la última década del siglo XX. La Comunidad Europea fue un tibio contrapeso, pero nada más. Como todo imperio, los estadounidenses trataron de instaurar en el mundo sus instituciones e ideología. Las de la democracia anglosajona en lo político y las del libre mercado en lo económico. Pero las hegemonías también producen reacciones de las de poblaciones que se ven amenazadas en sus intereses y creencias. Los fundamentalistas musulmanes resultaron ser los más hostiles a la hegemonía norteamericana y, hace un año, despiadadamente los atacaron en el corazón de su territorio. Por su parte, los estadounidenses reaccionaron reforzando su nacionalismo e imperialismo. Por un lado, se fortaleció la identidad patriótica de esa sociedad. Históricamente es sabido que la humillación fortalece el nacionalismo. Bin Laden lo logró: hoy los norteamericanos son más nacionalistas que nunca. Por otro lado, EU cerró filas en su pretensión de dominio del escenario internacional. El presidente Bush claramente lo dijo: “O están con nosotros o están con los terroristas”. Quedó claro que el imperio dominante quería, como todos los imperios de la historia, la uniformidad institucional e ideológica.

Pero, en este mundo unipolar, el nacionalismo todavía existe. Y la nación es la especificidad institucional. Cada país busca sus fórmulas específicas en contraposición de las misiones universalistas. Esto es parte de la idea a menudo romántica de la Independencia. Los franceses, por ejemplo, pueden estar de acuerdo con la visión occidental de los estadounidenses, pero les choca que Washington les imponga una política y más aún una guerra. Por eso, Jacques Chirac, su presidente, dice que ambas naciones “están siempre juntas” y que “nunca se han fallado la una a la otra”. Pero, en la misma entrevista, declara que los franceses no son lacayos de EU.

Para todas las naciones de Occidente las repercusiones del 11 de septiembre son un dolor de cabeza. Los países tienen una dura disyuntiva que resolver: hasta qué punto tienen que apoyar al imperio estadounidense, del cual dependen en muchos rubros (sobre todo militar y económicamente), y hasta qué punto tienen que pugnar por una posición más independiente digna de sus aspiraciones nacionalistas. La misma disyuntiva la tiene México. Con una diferencia: que este país es el vecino débil que comparte más de 3 mil kilómetros de frontera y que ha comenzado un proceso de integración económica con el poderoso imperio hoy agraviado.

Según B.C. Shafer, el nacionalismo es “aquel sentimiento que unifica a un grupo de personas que comparten una experiencia histórica real o imaginaria y que tienen la aspiración común de vivir en conjunto como un grupo separado en el futuro”. Ciertamente los mexicanos comparten experiencias históricas, entre ellas el gran agravio que significó la invasión norteamericana de 1846-1848 que implicó la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Para México fue una gran humillación. La ofensa dejó una huella en el nacionalismo mexicano: la desconfianza de las intenciones del vecino del norte. A pesar de que los estadounidenses volvieron a invadir el territorio nacional durante la Revolución, durante el siglo XX hubo un mayor acercamiento con la que se convertiría en la superpotencia mundial. La aproximación se dio más por la sociedad por los flujos económicos y migratorios que por el Estado. Pero, con la caída del Muro de Berlín, el gobierno mexicano correctamente entendió que, en un mundo unipolar, a México le convenía un mayor acercamiento con EU. De ahí que los lazos se hayan estrechado más, sobre todo como la firma del TLC en 1993. Así que la historia nos ha separado y unido a los estadounidenses.

¿Y cuáles son hoy las aspiraciones mexicanas que menciona Shafer en su definición de nacionalismo? Más allá de un amor por lo propio (la tierra, la raza, la lengua, la comida y la cultura), las aspiraciones nacionalistas también pasan por la relación con los estadounidenses. Y aquí es donde la sociedad mexicana está dividida. Hay tres segmentos: los pro-norteamericanos, los antiyanquis y los desorientados. La revisión de datos de encuestas demuestra, primero, que aproximadamente un cuarto de la población mexicana admira a EU y, por tanto, está dispuesta a profundizar la integración con ese país. En la encuesta de Consulta-Mitofsky de octubre pasado, incluso 15% de la población dijo que México debía mandar tropas a Afganistán para apoyar a EU. En segundo lugar están los antiyanquis que rechazan todo lo que venga de ese país. Son, aproximadamente 20% de la población. Consistentemente opina que todos los males del mundo vienen del vecino del norte y que, por tanto, lo mejor que México podría hacer es rechazar cualquier acercamiento con esta fuente del mal planetario. En tercer lugar se encuentran los que están a la mitad del camino. Es la mayoría de la población, que simplemente no acaba de tener una opinión contundente al respecto. Oscila entre posturas de aproximación y de aislamiento. Más, menos o igual integración con EU. Esas son las opciones mexicanas frente a un vecino que hoy es más nacionalista que nunca y con abiertas pretensiones hegemónicas. Y la verdad es que no acabamos de decidir qué hacer. Lo mismo ellos. No tienen idea de qué tipo de relación quieren con los mexicanos, particularmente desde hace un año. Así que estamos entrampados, aunque el destino de ambas naciones está más vinculado que nunca. Lo más fácil sería evadir todo este tema. Pero es imposible. Porque más tarde que nunca lo del 11 necesariamente nos obligará a replantearnos lo del 16.

* El Universal, México, 11 de septiembre de 2002. Zuckermann es profesor-investigador del CIDE.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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